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viernes, 25 de enero de 2013

Ana María Shua


Fiestita con animación



Las luces estaban apagadas y los altoparlantes funcionaban a todo volumen.

-¡Todos a saltar en un pie! -gritaba atronadoramente una de las animadoras, disfrazada de ratón. Y los chicos, como autómatas enloquecidos, saltaban ferozmente en un pie.

-Ahora, ¡todos en pareja para el concurso de baile! Cada vez que pare la música, uno abre las piernas y el otro tiene que pasar por abajo del puente. ¡Hay premios para los ganadores!
Excitados por la potencia del sonido y por las luces estroboscópicas, los chicos obedecían, sin embargo, las consignas de las animadoras, moviéndose al ritmo pesado y monótono de la música en un frenesí colectivo.

-Cómo se divierten, qué piolas que son. ¿Te acordás qué bobitos éramos nosotros a los siete años? -le preguntó, sonriente, el padre de la cumpleañera a la mamá de uno de los invitados, gritándole al oído para hacerse escuchar.

-Y qué querés... Nosotros no teníamos televisión: tienen otro nivel de información -le contestó la señora, sin muchas esperanzas de que su comentario fuera oído.

No habían visto que Silvita, la homenajeada, se las había arreglado para atravesar la loca confusión y estaba hablando con otra de las animadoras, disfrazada de conejo. Se encendieron las luces.

-Silvita quiere mostrarnos a todos un truco de magia -dijo Conejito-, ¡Va a hacer desaparecer a una persona!

-¿A quién querés hacer desaparecer? -preguntó Ratón.

-A mi hermanita -dijo Silvia, decidida, hablando por el micrófono.

Carolina, una chiquita de cinco años, preciosa con su vestidito rosa, pasó al frente sin timidez.

Era evidente que habían practicado el truco antes de la fiesta, porque dejó que su hermana la metiera debajo de la mesa y estirara el borde del mantel hasta hacerlo llegar al suelo, volcando un vaso de Coca Cola y amenazando con hacer caer todo lo demás. Conejito pidió un trapo y la mucama vino corriendo a limpiar el estropicio.

-¡Abracadabra la puerta se abra y ya está! -dijo Silvita.

Y cuando levantaron el mantel, Carolina ya no estaba debajo de la mesa. A los chicos el truco no los impresionó: estaban cansados y querían que se apagaran las velitas para comerse los adornos de azúcar de la torta. Pero los grandes quedaron sinceramente asombrados. Los padres de Silvia la miraban con orgullo.

-Ahora hacela aparecer otra vez -dijo Ratón.

-No sé cómo se hace -dijo Silvita-. El truco lo aprendí en la tele y en la parte de aparecer papi me cambió de canal porque quería ver el partido.

Todos se rieron y Ratón se metió debajo de la mesa para sacar a Carolina. Pero Carolina no estaba. La buscaron en la cocina y en el baño de arriba, debajo de los sillones, detrás de la biblioteca. La buscaron metódicamente, revisando todo el piso de arriba, palmo a palmo, sin encontrarla.

-¿Dónde está Carolina, Silvita? -preguntó la madre, un poco preocupada.

-¡Desapareció! -dijo Silvia-. Y ahora quiero apagar las velitas. El muñequito de chocolate me lo como yo.

El departamento era un dúplex. El papá de las nenas había estado parado cerca de la escalera durante todo el truco y nadie podría haber bajado por allí sin que él lo viera. Sin embargo, siguieron la búsqueda en el piso de abajo. Pero Carolina no estaba.

A las diez de la noche, cuando hacía ya mucho tiempo que se había ido el último invitado y todos los rincones de la casa habían sido revisados varias veces, dieron parte a la policía y empezaron a llamar a las comisarías y a los hospitales.

-Qué tonta fui esa noche -les decía, muchos años después, la señora Silvia, a un grupo de amigas que habían venido para acompañarla en el velorio de su marido-. ¡Con lo bien que me vendría tener una hermana en este trance! -y se echó a llorar otra vez.

Ana María Shua
Que tengas una vida interesante (2009), Emecé Editores, 2010

domingo, 8 de mayo de 2011

Ana María Shua "Octavio, el invasor"



Ana María Shua


http://2.bp.blogspot.com/_


Estaba preparado para la violencia aterradora de la luz y el sonido, pero no para la presión, la brutal presión de la atmósfera sumada a la gravedad terrestre, ejerciéndose sobre ese cuerpo tan distinto del suyo, cuyas reacciones no había aprendido todavía a controlar. Un cuerpo desconocido en un mundo desconocido. Ahora, cuando después del dolor y de la angustia del pasaje esperaba encontrar alguna forma de alivio, todo el horror de la situación caía sobre él.
Sólo las penosas sensaciones de la transmigración podían compararse a la experiencia que acababa de atravesar, pero después de la transmigración había tenido unos meses de descanso, casi podría decirse de convalecencia, en una oscuridad cálida adonde los sonidos y la luz llegaban muy amortiguados y el líquido en el que flotaba atenuaba la gravedad del planeta.
Ahora, en cambo, sintió frío, sintió un malestar profundo, se sintió transportado de un lado al otro, sintió que su cuerpo necesitaba desesperadamente oxígeno, pero ¿cómo y dónde obtenerlo? Un alarido se le escapó de su boca, y supo que algo se expandía en su interior, un ingenioso mecanismo automático que le permitiría utilizar el oxígeno del aire para sobrevivir.
Varón dijo la partera - dijo el obstreta -. Un varoncito sano y hermoso, señora. ¿Cómo lo va a llamar?.
Octavio - contestó la mujer, agotada por el esfuerzo y colmada de esa pura felicidad física que sólo puede proporcionar la brusca interrupción del dolor.
Octavio descubrió, como un elemento más del horror en el que se encontraba inmerso, que era incapaz de organizar en percepción sus sensaciones: con toda probabilidad debían estar sonando en ese momento voces humanas, pero no podía distinguirlas en la masa indiferenciada de sonidos que lo asfixiaba.
Otra vez se sintió transportado, algo o alguien lo tocaba y movía partes de su cuerpo. La luz lo dañaba. De pronto lo alzaron por el aire para depositarlo sobre un cuerpo tibio y blando. Dejó de aullar: desde el interior de ese lugar cálido provenía, amortiguado, el ritmo acompasado, tranquilizador, que había escuchado durante su convaleciente espera, en los meses que siguieron a la transmigración. El terror disminuyó. Comenzó a sentirse inexplicablemente seguro, en paz. Allí estaba, por fin, formando parte de las avanzadas, en este nuevo intento de invasión que, esta vez, no fracasaría. Tenía el deber de sentirse orgulloso, pero el cansancio luchó contra el orgullo hasta vencerlo: sobre el pecho de la hembra terrestre que creía ser su madre, se quedó, por primera vez en este mundo, profundamente dormido.
Despertó un tiempo después, imposible calcular cuánto. Se sentía más lúcido y comprendía que ninguna preparación previa hubiera sido suficiente para responder coherentemente a las brutales exigencias de ese cuerpo que habitaba y que sólo ahora, a partir del nacimiento, se imponían en toda su crudeza. Era razonable que la transmigración no se hubiera intentado jamás en especímenes adultos: el brusco cambio de conducta, la repentina torpeza en el manejo de su cuerpo, hubieran sido inmediatamente detectados por el enemigo.
Octavio había aprendido, antes de partir, el idioma que se hablaba en esa zona de la Tierra. O, al menos, sus principales rasgos. Porque recién ahora se daba cuenta de la diferencia entre la adquisición de una lengua en abstracto y su integración con los hechos biológicos y culturales en los que esa lengua se había constituido. La palabra «cabeza», por ejemplo, había comenzado a cobrar su verdadero sentido (o, al menos, uno de ellos), cuando la fuerza gigantesca que lo empujara hacia adelante lo había obligado a utilizar esa parte de su cuerpo (que latía aún dolorosamente, deformada) como ariete para abrirse paso por un conducto demasiado estrecho.
Recordó que otros como él habían sido destinados a las mismas coordenadas espaciotemporales. Se preguntó si algunos de sus poderes habrían sobrevivido a la transmigración y si serían capaces de utilizarlos. Consiguió enviar algunas débiles ondas que obtuvieron inmediata respuesta: eran nueve y estaban allí, muy cerca de él y, como él, llenos de miedo, de dolor y de pena. Sería necesario esperar mucho más de lo previsto antes de empezar a organizarse para proseguir con los planes. Su extraño cuerpo volvió a agitarse y a temblar incontroladamente, y Octavio lanzó un largo aullido al que sus compañeros respondieron: así, en ese lugar desconocido y terrible, lloraron juntos la nostalgia del planeta natal.
Dos enfermeras entraron en la nursery.
Qué cosa dijo la más joven. Se larga a llorar uno y parece que los otros se contagian, en seguida se arma el coro.
Vamos, apurate, que hay que bañarlos a todos y llevarlos a las habitaciones dijo la otra, que consideraba su trabajo monótono y mal pago y estaba harta de escuchar siempre los mismos comentarios.
Fue la más joven de las enfermeras la que llevó a Octavio, limpio y cambiado, hasta la habitación donde lo esperaba su madre.
Toc toc, ¡buenos días, mamita! dijo la enfermera, que era naturalmente simpática y cariñosa y sabía hacer valer sus cualidades a la hora de ganarse la propina.
Aunque sus sensaciones seguían constituyendo una masa informe y caótica, Octavio ya era capaz de reconocer aquellas que se repetían y supo, entonces, que la mujer que creía ser su madre lo recibía en sus brazos. Pudo, incluso, desglosar el sonido de su voz de los demás ruidos ambientales. De acuerdo con sus instrucciones, Octavio debía conseguir que se lo alimentara artificialmente: era preferible reducir a su mínima expresión el contacto físico con el enemigo.
Miralo al muy vagoneta, no se quiere prender al pecho.
Acordate que con Ale al principio pasó lo mismo, hay que tener paciencia. Avisá a la nursery que te lo dejen en la pieza. Si no, te lo llenan de suero glucosado y cuando lo traen ya no tiene hambre dijo la abuela de Octavio.
En el sanatorio no aprobaban la práctica del rooming in, que consistía en permitir que los bebés permanecieran con sus madres en lugar de ser remitidos a la nursery después de cada mamada. Hubo un pequeño forcejeo con la jefa de nurses hasta que se comprobó que existía la autorización expresa del pediatra. Octavio no estaba todavía en condiciones de enterarse de estos detalles y sólo supo que lo mantenían ahora muy lejos de sus compañeros, de los que le llegaba a veces, alguna remota vibración.
Cuando la dolorosa sensación que provenía del interior de su cuerpo se hizo intolerable, Octavio comenzó a gritar otra vez. Fue alzado en el aire y llevado hasta ese lugar cálido y mullido del que, a pesar de sus instrucciones, odiaba separarse. Y cuando algo le acarició la mejilla, no pudo evitar que su cabeza girara y sus labios se entreabrieran. Desesperado, frenéticamente, buscó alivio para la sensación quemante que le desgarraba las entrañas. Antes de darse cuenta de lo que hacía, Octavio estaba succionando con avidez el pezón de su «madre». Odiándose a sí mismo, comprendió que toda su voluntad no lograría desprenderlo de la fuente de alivio, el cuerpo mismo de un ser humano. Las palabras «dulce» y «tibio» que, en relación con los órganos que en su mundo organizaban la experiencia, le habían parecido términos simbólicos, se llenaban ahora de significado concreto. Tratando de persuadirse de que esa pequeña concesión en nada afectaría su misión, Octavio volvió a quedarse dormido.
Unos días después Octavio había logrado, mediante una penosa ejercitación, permanecer despierto algunas horas. Ya podía levantar la cabeza y enfocar durante algunos segundos la mirada, aunque los movimientos de sus apéndices eran todavía totalmente incoordinados. Mamaba regularmente cada tres horas. Reconocía las voces humanas y distinguía las palabras, aunque estaba lejos de haber aprehendido suficientes elementos de la cultura en la que estaba inmerso como para llegar a una comprensión cabal. Esperaba ansiosamente el momento en que sería capaz de una comunicación racional con esa raza inferior a la que debía informar de sus planes de dominio, hacer sentir su poder. Fue entonces cuando recibió el primer ataque.
Lo esperaba. Ya había intentado comunicarse telepáticamente con él, sin obtener respuesta. Aparentemente el traidor había perdido parte de sus poderes o se negaba a utilizarlos. Como una descarga eléctrica había sentido el contacto con esa masa roja de odio en movimiento. Lo llamaban Ale y también Alejandro, chiquito, nene, tesoro. Había formado parte de una de las tantas invasiones que fracasaron, hacía ya dos años, perdiéndose todo contacto con los que intervinieron en ella. Ale era un traidor a su mundo y a su causa; era lógico prever que trataría de librarse de él por cualquier medio.
Mientras la mujer estaba en el baño, Ale se apoyó en el moisés con toda la fuerza de su cuerpecito hasta volcarlo. Octavio fue despedido por el aire y golpeó con fuerza contra el piso. Aulló de dolor. La mujer corrió hacia la habitación, gritando. Ale miraba espantado los pobres resultados de su acción, que podía tener, por otra parte, terribles consecuencias para su propia persona. Sin hacer caso dé él, la mujer alzó a Octavio y lo apretó suavemente contra su pecho, canturreando para calmarlo.
Avergonzándose de sí mismo, Octavio respiró el olor de la mujer y lloró y lloró hasta lograr que le pusieran el pezón en la boca. Aunque no tenía hambre, mamó con ganas mientras el dolor desaparecía poco a poco. Para no volverse loco Octavio trató de pensar en el momento en el que por fin llegaría a dominar la palabra, la palabra liberadora, el lenguaje que, fingiendo comunicarlo, serviría, en cambio, para establecer la necesaria distancia entre su cuerpo y ese otro en cuyo calor se complacía.
Frustrado en su intento de agresión directa y vigilado de cerca por la mujer, el Traidor tuvo que contentarse con expresar su hostilidad en forma más disimulada, con besos que se transformaban en mordiscos y caricias en las que se hacían sentir las uñas. En dos oportunidades sus abrazos le produjeron un principio de asfixia: Cada vez volvía a rescatarlo la intervención de la mujer.
De algún modo, Octavio logró sobrevivir. Había aprendido mucho. Cuando entendió que se esperaba de él una respuesta a ciertos gestos, empezó a devolver las sonrisas, estirando la boca en una mueca vacía que los humanos festejaban como si estuviera colmada de sentido. La mujer lo sacaba a pasear en el cochecito y él levantaba la cabeza todo lo posible, apoyándose en los antebrazos, para observar el movimiento de las calles. Algo en su mirada debía llamar la atención, porque la gente se detenía para mirarlo y hacer comentarios.
¡Qué divino! decían casi todos. Y la palabra «divino», que hacía referencia a una fuerza desconocida y suprema, te parecía a Octavio peligrosamente reveladora: tal vez se estuviera descuidando en la ocultación de sus poderes.
¡Qué divino! decía la gente. ¡Cómo levanta la cabecita! Y cuando Octavio sonreía, insistían complacidos. ¡Éste sí que no tiene problemas!
  Octavio conocía ya las costumbres de la casa, y la repetición de ciertos hábitos le daba una sensación de seguridad. Los ruidos violentos, en cambio, volvían a sumirlo en un terror descontrolado, retrotrayéndolo al dolor de la transmigración. Relegando sus intenciones ascéticas, Octavio no temía ya a entregarse a los placeres animales que le proponía su nuevo cuerpo. Le gustaba que lo introdujeran en agua tibia, que lo cambiaran, dejando al aire las zonas de su piel escaldadas por la orina, le gustaba mas que nada el contacto con la piel de la mujer. Poco a poco se hacía dueño de sus movimientos. Pero a pesar de sus esfuerzos por mantenerla viva, la feroz energía destructiva con la que había llegado a este mundo iba atenuándose junto con los recuerdos del planeta de origen.
Octavio ni siquiera tenía pruebas de que subsistieran en toda su fuerza los poderes con los que debía iniciar la conquista y que todavía no había llegado el momento de probar. Ale, era evidente, ya no los tenía: desde allí y a causa de su traición, debían haberlo despojado de ellos. En varias oportunidades se encontró por la calle con otros como él y se alegró de comprobar que aún eran capaces de responder a sus vibraciones. No siempre, sin embargo, obtenía contestación. Una tarde de sol, en la plaza, se encontró con un bebé de mayor tamaño, de sexo femenino que rechazó con fuerza su aproximación mental.
En la casa había también un hombre pero (afortunadamente) Octavio no se sentía físicamente atraído hacia él, como le sucedía con la mujer. El hombre permanecía menos tiempo en la casa y, aunque lo sostenía frecuentemente en sus brazos, emanaba de él un halo de hostilidad que Octavio percibía como se percibe un olor ácido, punzante, y que por momentos se le hacía intolerable. Entonces lloraba con fuerza hasta que la mujer iba a buscarlo, enojada.
¡Cómo puede ser que a esta altura todavía no sepas tener a un bebe en brazos!
Un día, cuándo Octavio ya había logrado darse vuelta boca arriba a voluntad y asir algunos objetos con las manos, él y el hombre quedaron solos en la casa.  Por primera vez, torpemente, el hombre quiso cambiarlo, y Octavio consiguió emitir en el momento preciso un chorro de orina que mojó la cara de su padre.
El hombre trabajaba en una especie de depósito donde se almacenaban en grandes cantidades los papeles que los humanos utilizaban como medio de intercambio. Octavio comprobó que estos papeles eran también motivo de discusión entre el hombre y la mujer y, sin saber muy bien de qué se trataba, tomó el partido de ella. Ya había decidido que, cuando se completaran los planes de invasión, esa mujer, que tanto y tan estrechamente había colaborado con el invasor, merecería gozar de algún tipo de privilegio especial. No habría,  perdón, en cambio para los traidores. A Octavio comenzaba a molestarle que la mujer alzara en brazos o alimentara a Alejandro. Hubiera querido prevenirla contra él: un traidor es siempre peligroso, aun para el enemigo que lo ha aceptado entre sus huestes.
El pediatra estaba muy satisfecho con los progresos de Octavio, que había engordado y crecido razonablemente y ya podía permanecer unos segundos sentado sin apoyo.
¿Viste qué mirada que tiene? A veces me parece que entiende todo decía la mujer, que tenía mucha confianza con el médico y lo tuteaba.
Estos bichos entienden más de lo que uno se imagina contestaba el doctor, sonriendo. Y Octavio devolvía una sonrisa que ya no era sólo una mueca vacía.
Mamá destetó a Octavio a los siete meses y medio. Aunque ya tenía dos dientes y podía mascullar unas pocas sílabas sin sentido para los demás, Octavio seguía usando cada vez con más oportunidad y precisión su recurso preferido: el llanto. El destete no fue fácil porque el bebé rechazaba la comida sólida y no mostraba entusiasmo por el biberón. Octavio sabía que debía sentirse satisfecho y aun agradecido de que un objeto de metal cargado de comida o una tetina de goma se interpusieran entre su cuerpo y el de la mujer, pero no encontraba en su interior ninguna fuente de alegría. Ahora podía permanecer mucho tiempo sentado y arrastrarse por el piso. Pronto llegaría el gran momento en que lograría pronunciar su primera palabra y se contentaba con soñar  el brusco viraje que se produciría entonces en sus relaciones con los humanos. Sin embargo sus planes se le aparecían confusos, lejanos. A veces su vida anterior le resultaba difícil de recordar o la recordaba brumosa y caótica como un sueño.
La presencia de la mujer y no le era imprescindible, porque su alimentación no dependía directamente de ella, de su cuerpo. Imposible explicarse, entonces, por qué su ausencia se le hacía cada vez más intolerable. Verla desaparecer detrás de una puerta sin saber cuándo volvería le provocaba un dolor casi físico que se expresaba en gritos agudos. Ella solía jugar a las escondidas, tapándose la cara con un trapo y gritando, absurdamente: «¡No tá mamá, no tá!». Se destapaba después y volvía a gritar: «¡Acá tá mamá!». Octavio disimulaba con risas la angustia que le provocaba la desaparición de ese rostro que sabía, embargo, tan próximo.
En forma inesperada y al mismo tiempo que adquiría mayor dominio sobre su cuerpo, Octavio comenzó a padecer una secuela psíquica del Gran Viaje: los rostros humanos desconocidos lo asustaban. Trató de racionalizar su terror diciéndose que cada nuevo humano que se acercaba a él podía ser un enemigo al tanto de sus planes. Ese temor a los desconocidos produjo un cambio en sus relaciones con su familia terrestre. Ya no sentía esa tranquilizadora mezcla de odio y desprecio por el Traidor. Ale, a su vez,  parecía percibir la diferencia y lo besaba o lo acariciaba a veces sin utilizar sus muestras de cariño para disimular un ataque. Octavio no quería confesarse hasta qué punto lo comprendía ahora, qué próximo se sentía a él.
Cuando la mujer, que había empezado a trabajar fuera de la casa, salía por algunas horas dejándolos al cuidado de otra persona, Ale y Octavio se sentían extrañamente solidarios en su pena. Octavio llegó al extremo de aceptar con placer que el hombre lo tuviera en sus brazos, pronunciando extraños sonidos que no pertenecían a ningún idioma terrestre, como si buscara algún lenguaje que pudiera aproximarlos.
Y llegó, por fin, la palabra. La primera palabra. La utilizó con éxito para llamar a su lado a la mujer, que estaba en ese momento fuera de la habitación. Octavio había dicho claramente «mamá». Ya era, para entonces, completamente humano. Una vez más la milenaria, infinita invasión había fracasado.


Que tengas una vida intersante, Emecé (2009)

Ana María Shua "La cama o la vida"

La cama o la vida
Ana María SHUA

Entonces ella entró sin apuro, decidida y tímida al mismo tiempo como lo exigía la época, con una suerte de audacia contenida, al departamento de él, y él la llevó sin contemplaciones al dormitorio, mejor no distraerse, mejor no darle tiempo a retroceder, a recordar impedimentos, la voz convirtiéndose en barrera, mejor el silencio de los cuerpos, allí, en el dormitorio, el maldito, soberbio, brutal colchón de agua, uno de los primero del país, orgullo de su dueño, hinchado, definitivo, prohibido, cayeron sobre él, y mientras se desvestían con la torpeza intensa, irrecuperable, de la primera vez, ella aprendía de a poco a montarlo, a mantenerse sobre él, un colchón de agua exigía ser domado, exigía cierta pericia de jinete pero después qué gloria, qué acompañamiento, qué juego de oleajes y de jugos y cómo aprendió ella a disfrutarla, a esa cama loca, mientras él aprendía todo sobre ella, olores, vellos, el roce nunca rutinario de las lenguas, un día ya tan confiados quedándose dormidos para despertarse casi contra el suelo, mojados, en medio de un lago, riéndose, tocándose, arreando con el agua, puteando contra el maldito plástico pinchado, desnudos, empujando el agua con secadores y baldes y trapos y gritos y juegos y el vecino de abajo quejándose de humedad en el techo, sus líquidos de amor exagerados filtrándose hasta el departamento del vecino, motivo de quejas del consorcio y se reían, y escurrían, perseguían el agua, se perseguían. Pero después, entre ellos, ya no todo era un juego, y las caricias llegaban más allá de la piel, se acariciaban los pulmones y el páncreas, ya no era sólo amor de bocas, era amor de amígdalas y almas y separarse dolía después de tanto amor, entonces ella se quedaba a dormir, cada vez más seguido y el oleaje era menos gracioso, placentero, tan loco como siempre pero no tan divino, cada vez que uno se movía en el sueño, las olas sacudían al otro, se dormía salteado, con problemas, despertarse con el colchón pinchado y obligaciones matutinas fue penoso, quisieron arrear el agua y reírse y retorcer los trapos y la vida como antes pero era un día de semana con horarios, el mundo estaba allí, clamando por sus fueros, limpiaron y secaron y decidieron comprar una cama verdadera, tal vez casarse, aunque no por iglesia, un colchón de gomaespuma no muy caro. Entonces el país se sacudía como un colchón de agua, después un maremoto, el oleaje amenazaba con taparlos, había persecuciones oficiales y no tanto, podían venir a buscarlos, era hora de cambiar de lugar, cambiar de cama, no fue fácil encontrar quién estuviera dispuesto a alojarlos, una noche levantaron el nuevo colchón de gomaespuma y de alguna manera lo llevaron, entre los dos, por calles patrulladas, cargar con una cama podía ser signo de perturbación del orden, de peligro, de subversión, signo de muerte. Maldurmieron unos días en la casa prestada, compartida, dándose amor furtivo, amor prohibido, como adolescentes que se ocultan de sus padres, hasta que tuvieron los pasaportes listos, fue en París donde armaron la otra cama, piecita de París con baño apenas y una cama imposible, sommier hundido y roto, poca plata, que al fin se les ocurrió dar vuelta, las patas para arriba, colchón acomodado entre las patas, frazadas del ejército en el Mercado de Pulgas, finitas, apelmazadas y los buenos abrigos argentinos cubriéndolos del frío aburrido, sin pausa, del invierno largo y triste de París, y después de cierto tiempo la certeza de que no era allí donde querían a su hijo, no en esa ciudad ni en esa cama. Entonces, el regreso, iban de vuelta hacia aquél colchón de gomaespuma que no habían vendido, casi nuevo, y allí, en su ciudad de siempre, a ella le creció tanto la panza, parecían tan frágil y al mismo tiempo tan tremenda, tan reina, abarcadora, dominante, que él se acostumbró a dormir acurrucado, se acostumbró a empequeñecerse, ocupar poco espacio, costumbre que vino bien porque faltaba poco para que fueran tres en esa cama, a la bebita la traían solamente a mamar pero enseguida se dormían los tres y en cuanto pudo caminar esos pasitos que invadían clap clap la madrugada, la madre protestaba, el padre la abrazaba, dormía de costado, estirado, casi sobre una tabla, la reina chiquita despatarrada, feliz en medio de la cama, después tuvieron otros, cada uno a su turno supo ocupar el centro de la cama, dormir era compartir nuevos olores, a pañales, a orina, a caca de bebé, a leche fresca y sudor y regurgitaciones pero también poco a poco supieron que los hijos venían y se iban, que por último ninguno se quedaba. Y hay que reconocer en este punto que también conocieron otras camas, las había redondas, con doseles, pero todas con las sábanas cortas, los perfumes violentos de algún hotel de paso, otros él para ella, y él tuvo otras ellas, sin embargo siempre durmieron juntos. Tuvieron más dinero y se mudaron y quisieron algo que los dos habían fantaseado: un sommier como el de París pero nuevito, el colchón más cómodo del mundo, el más mullido, sobre el sommier, un colchón de resortes chicos y otros grandes, ese era el sueño y fue cumplido y por unos años durmieron semi hundidos, sus huesos todavía jóvenes acomodándose de acuerdo a su peso relativo y sin embargo, al paso de los años, el páncreas los pulmones las amígdalas que habían tanto amado y en cierto modo amaban todavía, se iban desgastando y empezaron los problemas de columna. Renunciaron al colchón de resortes, volvieron a un colchón de gomaespuma que nada se parecía aquel primero, era más grueso y sobre todo muchísimo más duro, tan duro como algunos colchones de lana de sus infancias respectivas, esos que había que llevar a cardar de tanto en tanto. Pero con todo y dureza no alcanzaba, de a poquito siguieron renunciando, abandonaron el sommier primero, después vino la tabla debajo de colchón, dolor de espalda, las noches eran largas ahora, complicadas. Ya no se dormía como en la adolescencia, tampoco con la desesperación profunda de aquel sueño perturbado por los hijos, los dos se levantaban, se movían, se despertaban más temprano, a medianoche clamaban las vejigas, orinar era parte de las horas. Sordamente luchaban, siendo ya dos personas de volumen, de peso, de cierta edad, luchaban por el espacio vital, silencioso combate, ring la cama. Cada noche al acostarse dividían el campo, preparaban sus armas, distribuían con equidad almohadas y frazadas, un poco más del lado del que menos tiraba, una parte de la colcha debajo del colchón para defender las posiciones de batalla. Entonces él empezó a habar de camas separadas, visitaron mueblerías comunes, tal vez dos camas, visitaron mueblerías sofisticadas, camas unidas pero también independientes, movidas a motor, un poco caras, cuando ella se enfermó gravemente, y una larga internación la sacó de su casa, el tenía la cama entera toda la noche y no la disfrutaba, extrañaba codazos y empujones, los bruscos movimientos en el sueño, la forma desconsiderada y brutal con la que ella se dejaba caer otra vez sobre el colchón, extrañaba él, extrañaba sus olores molestos, vergonzantes, de mujer que envejece, el roce de la carne un poco floja, un poco blanda, la piel ya no tan tensa en los abrazos pero siempre tan suya, los cuerpos compitiendo y tocándose, dándose odio y calor en esa cama: extrañaba. Así, cuando ella volvió, ya no se habló de camas separadas, aunque después de una tregua relativa volvió el combate cada noche y el fastidio, él sufría acidez y les recomendaron que durmieran en plano inclinado. Se discutió, entonces, si serruchar las patas de adelante, se decidieron a incorporar soportes, levantando las patas posteriores, también sería bueno para mejorar la respiración, reducir las apneas y ronquidos, sus noches ya eran un concierto, se habían vuelto, peor si él estaba un poco resfriado, se despertaba a veces ella en la oscuridad con sensación de tormenta, vientos enmarañados y profundos, con la respiración de él en el oído, exquisita, deseada y ahora insoportable, estaban viejos. Cierta noche la despertó otra vez el sonido intolerable, la expiración profunda de él, larga y casi estertorosa pero después que alivio en el silencio, ella pudo recuperar el mejor sueño, el sueño hondo de la primera madrugada y despertó con una curiosa sensación de falta, algo había quedado incompleto, faltaba el sonido molesto del aire que entraba, pero esta vez la inspiración no se había producido, a partir de la próxima noche ella fue dueña por fin del espacio entero de la cama, la ganadora del combate, solitaria. Y así fue durante años todavía, años lentos como los de la infancia, su mente alejándose, borrosa, abriéndose paso en la niebla por momentos, las palabras de un médico ese día, ya cerca del final, que aconsejaba, hablando con sus hijos, al borde de su cama, para evitar esas zonas rojizas que tendían a ampollarse, formando llagas, escaras, esa voz que aconsejaba firmemente: hay que ponerla en un colchón de agua.
Que tengas una vida interesante
Emecé 2009

viernes, 8 de abril de 2011

Ana María Shua - Biografía

Ana María Shua - Biografía

Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. 

Desde sus primeros poemas, reunidos en El sol y yo, ha publicado más de cuarenta libros. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el premio de la editorial Losada. Sus otras novelas son: Los amores de Laurita, (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los XIII y Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires en novela). Cuatro de sus libros abordan el microrrelato: La sueñera, Casa de Geishas, Botánica del caos y Temporada de fantasmas. 

También ha escrito libros de cuentos: Los días de pesca, Viajando se conoce gente y Como una buena madre. Con "Miedo en el sur" obtuvo el Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires en el género cuento. 

Recibió varios premios nacionales e internacionales por su producción infantil-juvenil. Sus cuentos figuran en antologías editadas en diversos países del mundo. Algunas de sus novelas han sido publicadas en Brasil, España, Italia, Alemania y los Estados Unidos.

domingo, 20 de marzo de 2011

Ana María Shua - "Naufragio"

Naufragio
Imágenes Google
¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el vara de mesana!, grita el capitán. ¡El vara de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la vendaval arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.
 Ana María Shua