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domingo, 16 de febrero de 2014

Carlos Margiotta

El ángel de la guarda

Ahora puedo dormir de corrido toda la noche. Me acuesto como a las once y cuando me despierto son las siete de la mañana. Después de tantos años de insomnio creo haber descubierto la manera de dormir sin tomar las pastillas que usted me recetaba. ¿Se acuerda? Al principio me causaban efecto y al poco tiempo terminaban excitándome cada vez más, y entonces tenía que volver a verlo y usted me daba otras pastillas más fuertes, hasta aquel día en que tuvo que internarme por una intoxicación hepática, casi me muero. ¿Se acuerda? Bueno, yo sí, pero a pesar de todo no le guardo rencor. Entonces éramos camaradas, los dos estábamos en la misma, y además yo reconozco que era medio loquito, el colo Almada me decían.
El asunto es que venía a verlo para agradecerle la paciencia de tantos años, y para contarle cómo fue que logré dormir, por ahí le puede servir con otros pacientes y tal vez hasta pueda ayudarlo.
¿Se acuerda del ángel de la guarda? Ese que cuando éramos chicos nos decían que nos protegía. Bueno. Resulta que una noche, a la tres de la madrugada, mientras miraba las cinco ventanas iluminadas del edificio torre de enfrente de casa, encontré al mío. Esas mismas cinco ventanas que le contaba cuando venía a verlo, que creía habitadas por otros tantos insomnes como yo. Esas casas que imaginaba con seres atormentados llenos de horror y tristeza. Bueno. Le cuento. Mientras miro la torre siento que alguien se mete en mi cama y empieza a acariciarme la espalda. Al principio me asusto y no quiero darme vuelta para ver quién es, y dejo que siga con las caricias que empiezan a recorrerme todo el cuerpo.
Siento sólo la presencia de una mano sedosa, ningún ser concreto en particular, como un ángel inmaterial que me tranquiliza y me hace dormir. Cuando despierto pienso que todo ha sido era un sueño, pero... ¿qué sueño? Si hacía años que no soñaba. ¿Se acuerda que le decía? "Lo que más me jode de todo esto es que no puedo soñar".
Ese día no le di más importancia al asunto, hasta que volví a casa y llegó la hora de meterme otra vez en la cama. Esta vez no tuve que esperar tanto, el ángel como la noche anterior, comenzó otra vez a acariciarme tan dulcemente que me entregué sin resistencia, de inmediato. Y así me visitó noche tras noche, y en la medida que nos fuimos conociendo por el contacto cuerpo a cuerpo, la mano fue adquiriendo la forma de una mujer. Poco a poco fui reconociendo su cintura, sus piernas, sus caderas, y sus senos voluminosos apoyándose sobre mi espalda. Una vez quise darme vuelta para abrazarla y desapareció. ¿Se acuerda que me una vez me dijo que no pretendiera controlarlo todo, que me dejara llevar por los sentimientos y me entregara al sueño reparador? Bueno, ahora lo entiendo.
A llegar la primavera empecé a acostarme totalmente desnudo esperando el placer de esas manos eternas, acariciadoras, que fueron avanzando sobre las partes más íntimas de mi cuerpo excitándome. Mire, se lo cuento y me avergüenzo. El ángel se había convertido definitivamente en una mujer tierna y hermosa, pura y diabólica, como jamás he conocido. Le juro que no tengo recuerdos de algo parecido, nunca sentí que me hayan querido de esa forma, sin palabras de por medio, sin pedir nada a cambio. En algún momento creí que era otra alucinación. ¿Se acuerda?. Como esas que me agarraban después de una misión importante, cuando usted me daba licencia hasta que se me pasara. Pero no, es una inmensa felicidad la que me invade secuestrándome de la realidad cotidiana. Me siento poseído, esclavizado a merced de todos sus deseos que no puedo rechazar. Al mismo tiempo estoy desesperado por conocer a mi visitante nocturna y contarle mi historia, decirle que no era merecedor de su amor, que soy un tipo jodido.
Una noche de luna llena la vi, la luz se escurría entre las rendijas de la persiana del dormitorio cortando la oscuridad con líneas blancas, como un pentagrama. Estoy seguro que me creyó dormido y en un descuido se levantó de la cama, atravesó el haz luminoso totalmente desnuda. Vi su imagen de una belleza inconmensurable y celestial, caminando hacia la puerta, cuando quise alcanzarla desapareció.
Se lo cuento y se me pone la piel de gallina. ¿Se acuerda cuando la conocí a Susana y usted me aconsejó? "Cuidala, es una mina bárbara, si la maltratas las vas a perder".
Tuve miedo de que no regresara, como lo habían hecho otras mujeres, pero después de tres noches de insomnio volvió. Las reglas de nuestra relación son claras e implícitas. Los ángeles no tienen sexo, a cambio del soñar debo renunciar a toda iniciativa. Entonces que me dejaré someter pasivamente. Cada noche ingresaré a un mundo desconocido de sueños encadenados unos a otros en un perpetuo continuo de imágenes donde todo era posible, donde no había límites, donde lo deseado se realizará antes del amanecer. A veces tengo miedo de tanto placer y siento mi cuerpo estallar en mil fragmentos que no puedo juntar.
¿Se acuerda cuando usted me decía: "Déjese llevar por el sueño, no tenga miedo que no se va a morir"? Tenía razón. Ahora no le temo a la muerte, la muerte es la felicidad, es terminar con las pesadillas que me persiguieron durante treinta años. Recuerdo perfectamente cuando lo vine a ver por primera vez. Quería abrirme de todo esto y pedirle la baja. Usted me dijo que no sintiera culpas ni remordimientos, que era la guerra, que solamente se trata de cumplir órdenes.
Bueno, quería que supiera lo que he sufrido y lo que he gozado. Ahora le toca a usted, el ángel de la guarda me lo pidió y yo cumplo.

Carlos Margiotta


Redes de Papel, mayo 2013, año 18, número 202, Revista Literaria. 

sábado, 10 de septiembre de 2011

Nuevos Escritores

EL ESPEJO DE AGUA

Acaso la decisión de realizar aquel viaje era sólo una excusa, un paréntesis entre dos eternidades que se otorgaba a sí mismo para suspender por un momento, las cosas que tarde o temprano debería enfrentar. Dejó a Mónica y a los chicos dormidos en la casa y subió al auto.
El día fue creciendo en la medida que avanzaba por la autopista mientras se iba llenando de vehículos que desembocaban en el camino ancho como los afluentes de un río. Necesitaba salir, romper con la atormentada rutina de los días sin sentido. ¿Hacia dónde? Hacia cualquier parte, pensó.
Cerca del mediodía, después de atravesar el segundo peaje, decidió abandonar la autopista para bajarse de la velocidad de los otros conductores y encontrar la propia. Sí, era eso, quería desviarse de las urgencias y del ruido. Tan acostumbrado estaba a responder a las exigencias de los demás que cual se sentía postergado, dependiente, siguiendo el deseo ajeno y no el propio. ¿Lo conocería?
Se aproximó a una estación de servicio cargó nafta, compró cigarrillos y preguntó por el acceso a la ruta provincial. El hombre del camión estacionado a un costado lo orientó amablemente. "Tenga cuidado, es una ruta solitaria", dijo. Tomó un café y volvió a andar. En el trayecto escuchó sonar su celular y lo apagó, no quería que nadie interrumpiera su viaje hacia quién sabe donde, o hacia sí mismo. A los pocos kilómetros el cartel indicador le anunció el cruce con la ruta que lo llevaría a una localidad cercana a Bragado.
El sol del verano estallaba en el parabrisas azotando su cara como un sopapo caliente, y los anteojos negros parecían derretirse sobre su piel mestiza. El horizonte de la llanura, el más lejano que hubiera visto, parecía huir con él varios kilómetros adelante y sintió que una inconmensurable paz lo invadía como aquellas caricias de su madre.
Más adelante, bajo la sombra de unos eucaliptos erguidos al lado de la banquina detuvo la marcha, bajó del automóvil y respiró profundamente. El aire liviano del lugar le trajo el perfume de los sembradíos y por primera vez en mucho tiempo sintió que una sonrisa de satisfacción le arrugaba los labios.
Se quedó un largo rato contemplando el campo cubierto de girasoles, escuchó los pájaros y vio a lo lejos un espejo de agua que brillaba en el fondo del paisaje como un charco. Subió al auto dirigiéndose hacia la izquierda de la ruta por donde había llegado, dispuesto a encontrar lo que suponía era una laguna, cuando el cielo comenzaba a atardecer detrás de las primeras ondulaciones del camino.
El viaje lo hizo lento obligado por las curvas y el cansancio. Quería disfrutar de aquel momento de plenitud y tuvo la sensación de estar volviendo a un lugar donde nunca había estado.
La laguna se le apareció por sorpresa a un costado donde nacía un camino de tierra, giró el volante y puso segunda marcha. El cartel de madera clavado en un árbol decía Huecufú Mapú. Unos caballos que pastoreaban al pie del alambrado le dieron paso. Después de unos pocos kilómetros llegó al borde del espejo de agua mientras el sol se desvanecía en la otra orilla con una reverencia mojada. Bajó del auto, se arremangó los pantalones, se quitó los zapatos y se puso a andar entre los juncos sobre el fondo pantanoso de la laguna, mientras hacía equilibrio con los brazos. Recordó aquella sensación resbaladiza de entonces y tuvo miedo, miedo de volver encontrarse con aquello que creía perdido para siempre.
Volvió a la costa cuando las sombras cubrían la tierra y se veían las estrellas el cielo, infinitas, eternas, (ahora lo recordaba) como las había visto de chico. Encendió un cigarrillo sin dejar de mirar la noche entre el humo y la memoria que lo asaltaba para quitarle y devolverle todo. Subió nuevamente al coche y supo que esta vez debería enfrentarse con un dolor olvidado.
Dio marcha hacia atrás y tomó el camino que bordeaba la laguna, abandonando el que lo había llevado hasta allí. Vio unas luces que brillaban en la costa de enfrente y se dirigió al lugar atraído por ellas.
Detuvo el auto lejos del poblado y se acercó a pie donde unos hombres sentados alrededor del fuego hablaban en voz baja y creyó recordar las estrofas de aquella oración del ritual sagrado tantas veces aprendida.
La pobreza del lugar se desparramó triste en su mirada y le dolieron las entrañas. Hizo un rodeo en el silencio para no ser visto, pero sus pasos se escucharon junto al canto de los grillos. Un hombre, el más anciano, se levantó del círculo buscando la oscuridad de su escondite hasta encontrarlo. ¿Hijo, por qué tardaste tanto?.

Carlos Margiotta
redesdepapel.blogspot.com