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viernes, 16 de noviembre de 2012

Marisa Presti



 Rebelión

Hacía tiempo que no escribía. Las preocupaciones lo habían ido inundando de a poco, con un caudal cada vez más intenso que lo habían ido paralizando. Pero de pronto, sin proponérselo, amaneció con un ánimo distinto. Y decidió hacer el intento. Con cierto temor, se acercó a la computadora y la encendió. Esperó unos minutos, mientras en su mente garabateaba el tema del cuento que había empezado a imaginar unas horas antes.
Cuando el programa estuvo listo, sus dedos comenzaron a moverse sobre el teclado. Al principio no miró, pero cuando en un momento levantó la vista vio escrito en la pantalla una absurda sucesión de letras que no decían nada.: azñhydfv mvuyrexaf …
Sorprendido, borró el escrito incoherente y con paciencia, volvió a poner el cursor al principio. Apretó la p y se escribió la f, probó con la a y apareció la ñ. Malhumorado, lo intentó más de tres veces, y siempre con el mismo resultado.
Se levantó con decisión. Era evidente que el equipo tenía una falla importante y no le iba a permitir escribir. Apagó todo. Para algo se inventaron la lapicera y el papel mucho antes que estas malditas máquinas, dijo en voz bien alta.
Provisto de las dos cosas, se sentó en la mesa de la cocina, el lugar de la casa que siempre le resultó más cálido y amigable. Aquí voy a poder, pensó con satisfacción. Se acomodó y empezó a escribir con su mano derecha, pero al segundo vio con estupor que lo que escribía no tenía ninguna relación con lo tenía en su mente, más bien parecía el comienzo de un cuento para chicos: Había una vez una princesa…
Estrujó la hoja con rabia. Tomó otra y puso todo el cuidado posible en dibujar las letras que quería, pero no hubo forma. Parecían tener vida propia y escribirse a sí mismas como querían: esta vez apareció el titular del diario de la mañana.
Angustiado, soltó la lapicera y apoyó la cabeza sobre la mesa. Sus venas, crispadas, habían enrojecido el rostro colocándolo entre la ira y la angustia.
Pasaron unos minutos hasta que se incorporó. Sobre el papel vio escrito con una letra desconocida: te falta talento.
Fue la última vez que Gerardo Manccini intentó escribir.

 MARISA PRESTI



redesdepapel.blogspot.com




sábado, 10 de septiembre de 2011

Nuevos Escritores

EL ESPEJO DE AGUA

Acaso la decisión de realizar aquel viaje era sólo una excusa, un paréntesis entre dos eternidades que se otorgaba a sí mismo para suspender por un momento, las cosas que tarde o temprano debería enfrentar. Dejó a Mónica y a los chicos dormidos en la casa y subió al auto.
El día fue creciendo en la medida que avanzaba por la autopista mientras se iba llenando de vehículos que desembocaban en el camino ancho como los afluentes de un río. Necesitaba salir, romper con la atormentada rutina de los días sin sentido. ¿Hacia dónde? Hacia cualquier parte, pensó.
Cerca del mediodía, después de atravesar el segundo peaje, decidió abandonar la autopista para bajarse de la velocidad de los otros conductores y encontrar la propia. Sí, era eso, quería desviarse de las urgencias y del ruido. Tan acostumbrado estaba a responder a las exigencias de los demás que cual se sentía postergado, dependiente, siguiendo el deseo ajeno y no el propio. ¿Lo conocería?
Se aproximó a una estación de servicio cargó nafta, compró cigarrillos y preguntó por el acceso a la ruta provincial. El hombre del camión estacionado a un costado lo orientó amablemente. "Tenga cuidado, es una ruta solitaria", dijo. Tomó un café y volvió a andar. En el trayecto escuchó sonar su celular y lo apagó, no quería que nadie interrumpiera su viaje hacia quién sabe donde, o hacia sí mismo. A los pocos kilómetros el cartel indicador le anunció el cruce con la ruta que lo llevaría a una localidad cercana a Bragado.
El sol del verano estallaba en el parabrisas azotando su cara como un sopapo caliente, y los anteojos negros parecían derretirse sobre su piel mestiza. El horizonte de la llanura, el más lejano que hubiera visto, parecía huir con él varios kilómetros adelante y sintió que una inconmensurable paz lo invadía como aquellas caricias de su madre.
Más adelante, bajo la sombra de unos eucaliptos erguidos al lado de la banquina detuvo la marcha, bajó del automóvil y respiró profundamente. El aire liviano del lugar le trajo el perfume de los sembradíos y por primera vez en mucho tiempo sintió que una sonrisa de satisfacción le arrugaba los labios.
Se quedó un largo rato contemplando el campo cubierto de girasoles, escuchó los pájaros y vio a lo lejos un espejo de agua que brillaba en el fondo del paisaje como un charco. Subió al auto dirigiéndose hacia la izquierda de la ruta por donde había llegado, dispuesto a encontrar lo que suponía era una laguna, cuando el cielo comenzaba a atardecer detrás de las primeras ondulaciones del camino.
El viaje lo hizo lento obligado por las curvas y el cansancio. Quería disfrutar de aquel momento de plenitud y tuvo la sensación de estar volviendo a un lugar donde nunca había estado.
La laguna se le apareció por sorpresa a un costado donde nacía un camino de tierra, giró el volante y puso segunda marcha. El cartel de madera clavado en un árbol decía Huecufú Mapú. Unos caballos que pastoreaban al pie del alambrado le dieron paso. Después de unos pocos kilómetros llegó al borde del espejo de agua mientras el sol se desvanecía en la otra orilla con una reverencia mojada. Bajó del auto, se arremangó los pantalones, se quitó los zapatos y se puso a andar entre los juncos sobre el fondo pantanoso de la laguna, mientras hacía equilibrio con los brazos. Recordó aquella sensación resbaladiza de entonces y tuvo miedo, miedo de volver encontrarse con aquello que creía perdido para siempre.
Volvió a la costa cuando las sombras cubrían la tierra y se veían las estrellas el cielo, infinitas, eternas, (ahora lo recordaba) como las había visto de chico. Encendió un cigarrillo sin dejar de mirar la noche entre el humo y la memoria que lo asaltaba para quitarle y devolverle todo. Subió nuevamente al coche y supo que esta vez debería enfrentarse con un dolor olvidado.
Dio marcha hacia atrás y tomó el camino que bordeaba la laguna, abandonando el que lo había llevado hasta allí. Vio unas luces que brillaban en la costa de enfrente y se dirigió al lugar atraído por ellas.
Detuvo el auto lejos del poblado y se acercó a pie donde unos hombres sentados alrededor del fuego hablaban en voz baja y creyó recordar las estrofas de aquella oración del ritual sagrado tantas veces aprendida.
La pobreza del lugar se desparramó triste en su mirada y le dolieron las entrañas. Hizo un rodeo en el silencio para no ser visto, pero sus pasos se escucharon junto al canto de los grillos. Un hombre, el más anciano, se levantó del círculo buscando la oscuridad de su escondite hasta encontrarlo. ¿Hijo, por qué tardaste tanto?.

Carlos Margiotta
redesdepapel.blogspot.com