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domingo, 6 de julio de 2014

Roberto Arlt

Los siete locos


Fragmentos del capítulo I

La Sorpresa

Al abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios japoneses, Erdosain quiso retroceder; comprendió que estaba perdido, pero ya era tarde.
Lo esperaban el director, un hombre de baja estatura, morrudo, con cabeza de jabalí, pelo gris cortado a “lo Humberto I”, y una mirada implacable filtrándose por sus pupilas grises como las de un pez; Gualdi, el contador, pequeño, flaco, meloso, de ojos escrutadores, y el subgerente, hijo del hombre de cabeza de jabalí, un guapo mozo de treinta años, con el cabello totalmente blanco, cínico en su aspecto, la voz áspera y mirada dura como la de su progenitor. Estos tres personajes, el director inclinado sobre unas planillas, el subgerente recostado en una poltrona con la pierna balanceándose sobre el respaldar, y el señor Gualdi respetuosamente de pie junto al escritorio, no respondieron al saludo de Erdosain. Sólo el subgerente se limitó a levantar la cabeza:
─Tenemos la denuncia de que usted es un estafador, que nos ha robado seiscientos pesos.
─Con siete centavos ─agregó el señor Gualdi, a tiempo que pasaba un secante sobre la firma que en una planilla había rubricado el director. Entonces, éste, como haciendo un gran esfuerzo sobre su cuello de toro, alzó la vista. Con los dedos trabados entre los ojales del chaleco, el director proyectaba una mirada sagaz, a través de los párpados entrecerrados, al tiempo que sin rencor examinaba el demacrado semblante de Erdosain, que permanecía impasible.
─¿Por qué anda usted tan mal vestido? ─interrogó.
─No gano nada como cobrador.
─¿Y el dinero que nos ha robado?
─Yo no he robado nada. Son mentiras.
─Entonces, ¿está en condiciones de rendir cuentas, usted?
─Si quieren, hoy mismo a mediodía.
La contestación lo salvó transitoriamente. Los tres hombres se consultaron con la mirada, y, por último, el subgerente, encogiéndose de hombros, dijo bajo la aquiescencia del padre:
─No… tiene tiempo hasta mañana a las tres. Tráigase las planillas y los recibos… Puede irse.
Lo sorprendió tanto esta resolución, que permaneció allí tristemente, de pie, mirándolos a los tres. Sí, a los tres. Al señor Gualdi, que tanto lo había humillado a pesar de ser un socialista; al subgerente, que con insolencia había detenido los ojos en su corbata deshilachada; al director, cuya tiesa cabeza de jabalí rapado se volvía a él, filtrando una mirada cínica y obscena a través de la raya gris de los párpados entrecerrados.
Sin embargo, Erdosain no se movía de allí... Quería decirles algo, no sabía cómo, pero algo que les diera a comprender a ellos toda la desdicha inmensa que pesaba sobre su vida; y permanecía así, de pie, triste, con el cubo negro de la caja de hierro ante los ojos, sintiendo que a medida que pasaban los minutos su espalda se arqueaba más, mientras que nerviosamente retorcía el ala de su sombrero negro, y la mirada se le hacía más huida y triste. Luego, bruscamente, preguntó.
─¿Entonces, puedo irme?
─Sí...
─No... Entréguele los recibos a Suárez y mañana a las tres esté aquí, sin falta, con todo.
─Sí... todo... -y volviéndose, salió sin saludar.
Por la calle Chile bajó hasta Paseo Colón. Sentíase invisiblemente acorralado. El sol descubría los asquerosos interiores de la calle en declive. Distintos pensamientos bullían en él, tan desemejantes, que el trabajo de clasificarlos le hubiera ocupado muchas horas.
Más tarde recordó que ni por un instante se le había ocurrido preguntarse quién podría haberlo denunciado.


Estados de conciencia

Sabía que era un ladrón. Pero la categoría en que se colocaba no le interesaba. Quizá la palabra ladrón no estuviera en consonancia con su estado interior. Existía otro sentimiento y ése era el silencio circular entrado como un cilindro de acero en la masa de su cráneo, de tal modo que lo dejaba sordo para todo aquello que no se relacionara con su desdicha.
Este círculo de silencio y de tinieblas interrumpía la continuidad de sus ideas, de forma que Erdosain no podía asociar, con el declive de su razonamiento, su hogar llamado casa con una institución designada con el nombre de cárcel.
Pensaba telegráficamente, suprimiendo preposiciones, lo cual es enervante. Conoció horas muertas en las que hubiera podido cometer un delito de cualquier naturaleza, sin que por ello tuviera la menor noción de su responsabilidad. Lógicamente, un juez no hubiera entendido tal fenómeno. Pero él ya estaba vacío, era una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre.
Si continuó trabajando en la Compañía Azucarera no fue para robar más cantidades de dinero, sino porque esperaba un acontecimiento extraordinario ─inmensamente extraordi­nario─ que diera un giro inesperado a su vida y lo salvara de la catástrofe que veía acercarse a su puerta.
Esta atmósfera de sueño y de inquietud que lo hacía circular a través de los días como un sonámbulo, la denominaba Erdosain, “la zona de la angustia”.
Erdosain se imaginaba que dicha zona existía sobre el nivel de las ciudades, a dos metros de altura, y se le representaba gráficamente bajo la forma de esas regiones de salinas o desiertos que en los mapas están revelados por óvalos de puntos, tan espesos como las ovas de un arenque.
Esta zona de angustia era la consecuencia del sufrimiento de los hombres. Y como una nube de gas venenoso se trasladaba pesadamente de un punto a otro, penetrando murallas y atravesando los edificios, sin perder su forma plana y horizontal; angustia de dos dimensiones que guillotinando las gargantas dejaba en éstas un regusto de sollozo.
Tal era la explicación que Erdosain se daba cuando sentía las primeras náuseas de la pena.
-¿Qué es lo que hago con mi vida? ─decíase entonces, queriendo quizás aclarar con esta pregunta los orígenes de la ansiedad que le hacía apetecer una existencia en la cual el mañana no fuera la continuación de hoy con su medida de tiempo, sino algo distinto y siem­pre inesperado como en los desenvolvimientos de las películas norteamericanas, donde el pordiosero de ayer es el jefe de una sociedad secreta de hoy, y la dactilógrafa aventurera una multimillonaria de incógnito.
Dicha necesidad de maravillas que no tenía posibles satisfacciones ─ya que él era un inventor fracasado y un delincuente al margen de la cárcel─ le dejaba en las cavilaciones subsiguientes una rabiosa acidez y los dientes sensibles como después de masticar limón.
En estas circunstancias compaginaba insensateces. Llegó a imaginarse que los ricos, aburridos de escuchar las quejas de los miserables, construyeron jaulones tremendos que arrastraban cuadrillas de caballos. Verdugos escogidos por su fortaleza cazaban a los tristes con lazo de acogotar perros, llegándole a ser visible cierta escena: una madre, alta y desmelenada, corría tras el jaulón de donde, entre los barrotes, la llamaba su hijo tuerto, hasta que un “perrero”, aburrido de oírla gritar, la desmayó a fuerza de golpes en la cabeza, con el mango del lazo.
Desvanecida esta pesadilla, Erdosain se decía horrorizado de sí mismo:
─¿Pero qué alma, qué alma es la que tengo yo? ─Y como su imaginación conservaba el impulso motor que le había impreso la pesadilla, continuaba: ─Yo debo haber nacido para lacayo, uno de esos lacayos perfumados y viles con quienes las prostitutas ricas se hacen prender los broches del portasenos, mientras el amante fuma un cigarro recostado en el sofá.
Y nuevamente sus pensamientos caían de rebote en una cocina situada en los sótanos de una lujosísima mansión. En torno de la mesa movíanse dos mucamas, además del chofer y un árabe vendedor de ligas y perfumes. En dicha circunstancia él gastaría un saco negro que no alcanzaba a cubrirle el trasero, y corbatita blanca. Súbitamente lo llamaría “el señor”, un hombre que era su doble físico, pero que no se afeitaba los bigotes y usaba lentes. El no sabía qué es lo que deseaba de él su patrón, mas nunca olvidaría la mirada singular que éste le dirigió al salir de la estancia. Y volvía a la cocina para conversar de suciedades, con el chofer que, ante el regocijo de las mucamas y el silencio del árabe pederasta, contaba como había pervertido a la hija de una gran señora, cierta criatura de pocos años.
Y volvía a repetirse:
─Sí, yo soy un lacayo. Tengo el alma de un verdadero lacayo ─y apretaba los dientes de satisfacción al insultarse y rebajarse de ese modo ante sí mismo.
Otras veces se veía saliendo de la alcoba de una soltera vieja y devota, llevando con unción un pesado orinal, mas en ese momento le encontraba un sacerdote asiduo de la casa que sonriendo, sin inmutarse, le decía:
─¿Cómo vamos de deberes religiosos, Ernesto? ─Y él, Ernesto, Ambrosio o José, viviría torvamente una vida de criado obsceno e hipócrita.
Un temblor de locura le estremecía cuando pensaba en esto.
Sabía, ¡ah, qué bien lo sabía!, que estaba gratuitamente ofendiendo, ensuciando su alma. Y el terror que experimenta el hombre que en una pesadilla cae al abismo en que no morirá, padecíalo él mientras deliberadamente se iba enlodando.
Porque a instantes su afán era de humillación, como el de los santos que besaban las llagas de los inmundos; no por compasión, sino para ser más indignos de la piedad de Dios, que se sentiría asqueado de verles buscar el cielo con pruebas tan repugnantes.
Mas cuando desaparecían de él esas imágenes, y sólo quedaba en su conciencia el «deseo de conocer el sentido de la vida», decíase:
─No, yo no soy un lacayo... de verdad que no lo soy... ─y hubiera querido ir a pedirle a su esposa que se compadeciera de él, que tuviera piedad de sus pensamientos tan horribles y bajos. Mas el recuerdo de que por ella se había visto obligado a sacrificarse tantas veces, le colmaba de un rencor sordo, y en esas circunstancias hubiera querido matarla.
Y bien sabía que algún día ella se entregaría a otro y aquél era un sumado elemento más a los otros factores que componían su angustia.
De allí que cuando defraudó los primeros veinte pesos, se asombró de la facilidad con que se podía hacer “eso”, quizá porque antes de robar creyó tener que vencer una serie de escrúpulos que en sus actuales condiciones de vida no podía conocer. Decíase luego:
─Es cuestión de tener voluntad y hacerlo, nada más.
Y “eso” aliviaba la vida, con “eso” tenía dinero que le causaba sensaciones extrañas porque nada le costaba ganarlo. Y lo asombroso para Erdosain no consistía en el robo, sino que no se revelara en su semblante que era un ladrón. Se vio obligado a robar porque ganaba un mensual exiguo. Ochenta, cien, ciento veinte pesos, pues este importe dependía de las cantidades cobradas, ya que su sueldo se componía de una comisión por cada ciento cobrado.
Así, hubo días que llevó de cuatro a cinco mil pesos, mientras él, malamente alimen­tado, tenía que soportar la hediondez de una cartera de cuero falso en cuyo interior se amon­tonaba la felicidad bajo la forma de billetes, cheques, giros y órdenes al portador.
Su esposa le recriminaba las privaciones que cotidianamente soportaba; él escucha­ba en silencio sus reproches y luego, a solas, se decía:
─¿Qué es lo que puedo hacer yo?
Cuando tuvo la idea, cuando una pequeñita idea lo cercioró de que podía defraudar a sus patrones, experimentó la alegría de un inventor. ¿Robar? ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
Y Erdosain se asombró de su incapacidad llegando hasta reprocharse falta de inicia­tiva, pues en esa época (tres meses antes de los sucesos narrados) sufría necesidades de toda naturaleza, a pesar de que diariamente pasaban por sus manos crecidas cantidades de dinero.
Y lo que facilitó sus maniobras fraudulentas fue la falta de administración que había en la Compañía Azucarera.



Roberto Arlt


Los siete locos, Editorial Losada, 2007

viernes, 23 de mayo de 2014

César Aira

Los fantasmas
El 31 de diciembre a la mañana el matrimonio Pagalday visitó el piso, ya de su propiedad, en la obra de la calle José Bonifacio 2161, en compañía de Bartolo Sacristán Olmedo, el paisajista que habían contratado para que dispusiera las plantas en los dos amplios balcones del departamento, frente y contrafrente. Subieron por las escaleras cubiertas de escombros hasta el nivel de la mitad de la estructura: el piso que habían adquirido era el tercero. El edificio estaba fraccionado en pisos enteros. Además de los Palgaday, había sólo seis propietarios más, todos los cuales se apersonaron esa mañana, la última del año, para verificar los progresos de la construcción. Los albañiles se afanaban visiblemente. Hacia las once, era un caos de gente. Para decir la verdad, era la fecha en que según los contratos debían entregarse los siete pisos terminados; pero como suele suceder, hubo una demora. Félix Tello, el arquitecto de la empresa constructora, subió y bajó cincuenta veces atendiendo a las inquietudes de los copropietarios, que en general se presentaron acompañados: el que no traía al alfombrista para medir los pisos, traía el carpintero, o al ceramista, o a la decoradora. Sacristán Olmedo hablaba de las palmeras enanas que harían hileras en los balcones, mientras los niños Pagalday correteaban por las habitaciones sin pisos ni puertas ni ventanas. Estaban colocando los acondicionadores de aire, antes que los ascensores, que esperaban turno para después del feriado. Por ahora utilizaban los huecos para izar materiales. Con tacos altísimos, las señoras trepaban las escaleras polvorientas y llenas de cascotes; como tampoco estaban puestas las barandas, debían ser especialmente cautelosas. El primer nivel subterráneo era el de las cocheras, comunicado con la acera por una rampa todavía desprovista de su pavimento especial antideslizante. El segundo, las bauleras o depósitos. Encima del sexto piso, la pileta de natación climatizada y el salón de juegos, con un amplio panorama de techos y calles. Y el departamento del portero, que aunque estaba tan incompleto como el resto de la obra ya albergaba, desde hacía meses, a una familia, la del sereno Raúl Viñas, un albañil chileno de toda confianza, aunque se había revelado un tremendo borracho. El calor era sobrenatural. Asomarse desde allí arriba, peligroso. Faltaban los vidrios que cercarían toda la terraza. Los visitantes retuvieron a los niños lejos de los bordes. Es cierto que los ambientes en construcción parecen más chicos de lo que resultan una vez que están colocadas las ventanas, las puertas y los pisos. Eso todo el mundo lo sabe; sin embargo, también parecían más grandes. Domingo Fresno, el arquitecto que haría la decoración del segundo, se paseaba inquieto por ese extenso laberinto, como sobre las arenas de un páramo. Tello había hecho más o menos bien su trabajo. El edificio, por lo menos, se sostenía sobre sus cimientos; también podría haberse fundido como un helado bajo el sol. Del primero no había venido nadie. En el cuarto los Kahn, un matrimonio más bien mayor con dos hijas jóvenes, se hallaban acompañados de la decoradora, la extraordinaria Elida Gramajo, que hacía cálculos de cortinados en voz alta. Todos los detalles debían ser tenidos en cuenta. La exposición de cada detalle requería que se midiera su espacio propio y el circundante. Cada milímetro de las tres dimensiones de esa gran jaula de hormigón era medido consiguientemente. Una dama vestida de violeta resoplaba en las escaleras entre el quinto y el sexto. Otros no necesitaban tomarse el trabajo: subían y bajaban flotando, inclusive a través de las losas. La demora que se había producido no incomodaba a los dueños, y no sólo porque contra la entrega debía completarse el pago de las unidades; es que preferían disponer de un poco de tiempo extra para gestionar los preliminares de mobiliario y confort. Las mediaciones expandían el espacio ilusoriamente disminuido; del mismo modo se expandía el lapso de la mudanza. Además habría sido violento tomar posesión justamente el día de fin de año. En el quinto piso, Dorotea y Josefina Itúrbide Sansó, dos niñas de cinco y tres años, levantaban polvo de cal con sus piecitos calzados en sandalias, mientras los padres conversaban apaciblemente con Félix Tello. Este último se excusó para saludar a la dama de violeta y la acompañó al piso superior. Hubo presentaciones con los Kahn, que bajaban del salón común de esparcimiento. Los Pagalday en tanto se asomaban al balcón sobre la calle Bonifacio, a la altura de los grandes plátanos. Aunque no tenían las verjas protectoras, los balcones de balaustradas altas eran el sitio más seguro por el momento para los niños. Había una gran puerilidad esa mañana. Todo era de los niños. A la expansión producida por las medidas, y el sentimiento de contracción propio del peligro, se superponía el mundo infantil. El universo real se mide en milímetros, y es gigantesco. Donde hay niños, hay siempre una mediación en las dimensiones. Los decoradores eran artesanos de miniaturas. Además, esa gente pudiente y este negocio suculento tenían ambos por objeto la comodidad de los niños, sin los cuales sus padres habrían preferido vivir en hoteles. Horribles hombres semidesnudos, los albañiles iban y venían entre ellos. La frontera entre pobres y ricos, entre seres humanos y bestias, era una raya temporal; donde ahora estaban unos, dentro de un tiempo estarían los otros; el treinta y uno, a despecho de su simbolismo, aludía con cruda obviedad a esta situación. Que los pobres también tenían derecho a ser felices, y que inclusive podían serlo, es otra verdad incontrastable. Entre las cantidades grandes y pequeñas de dinero, el mediador es el uso, y más aun la diversidad de usuarios; la posesión por otro lado es tan momentánea como la conjunción que se había dado en la obra esa mañana. Fresno se proponía colocar tantas plantas adentro como Sacristán Olmedo afuera. En cierto sentido, todos ellos eran paisajistas. Es más, por el momento todo era exterior. El edificio estaría terminado cuando todo se volviera interior. Un pequeño universo íntimo y blindado. El mismo Félix Tello se borraría como una nubecilla de polvo aventada por el paso de los años. Los niños crecerían aquí, al menos por un tiempo. La familia de la planta baja, de apellido López, tenía hijos pequeños, y se hallaba en el patio cuadrado del fondo, ya embaldosado, rojo. Los del segundo, que llegaron al mediodía, eran los padres de la dama de violeta que viviría en el sexto: vinieron con los hijos de ella. Era difícil que pudiera haber más niños; cada uno de ellos tendría su paisaje privado, uno encima del otro. La Gramajo se había pasado tres horas tomando notas, apuntando números que sacaba del espacio. La señora de Itúrbide dijo haber visto un monstruo horrible gordo como un luchador de sumo. Era un santiagueño. Por el hueco del ascensor había una plataforma con baldes jalada por un motorcito. Hacia la una, cuando se retiraban, hubo una improvisada reunión en la planta baja, donde estaba más fresco. Desde el último piso se veía el patio de la comisaría, que estaba a la vuelta, en la calle Bonorino. Un caballero mayor, el carpintero de los López, había tomado medidas de varias paredes para construir bibliotecas y armarios. Dada la modalidad de adquisición adelantada, todos habían preferido hacer los armarios a su gusto. La constructora había propuesto una empresa de carpintería que terminó haciéndose cargo de cuatro de los pisos: sus talleres recibirían las órdenes directamente de los decoradores. Abajo, mientras los padres conversaban, varios chicos observaban a los peones llenado de escombros una gran tolva de metal en la calle; subían las carretillas por un tablón inclinado que atravesaba la vereda; las señoras que venían con los changuitos cargados del supermercado de la esquina, para la comilona de la noche, debían bajar a la calle, maniobra que ejecutaban a disgusto. Domingo Fresno conversaba con un joven arquitecto de barba, conocido suyo, que haría la decoración del sexto. Encontraban que su momento de entrar en acción se aproximaba vertiginosamente: aunque la obra tenía todo el aspecto de incompleta y precaria, con tanto escombro y espacios abiertos, cualquier día de éstos podía estar terminada. Elida Gramajo, que ya se había retirado, pensaba lo mismo. Menos conscientes, los propietarios pensaban otra cosa. Pero eran ellos quienes debían haber visto desvanecerse en el aire, como globos que reventaran sin ruido, y sin dejar huellas, a los albañiles. Los electricistas dejaron de trabajar a la una en punto y se fueron. Tello conversó un momento con el jefe de la cuadrilla y después fueron a examinar los planos, en los que se entretuvieron un buen cuarto de hora. El pasado de los cables se hacía muy rápido, y los enchufes y todo lo demás podía quedar listo en una tarde. Los padres de la señora de violeta subieron con los niños a ver el salón superior y la piscina; esta tenía ya su revestimiento de pequeños azulejos celestes. Una mujer delgadísima y mal vestida colgaba ropa en un cordel, en lo que sería el patio del departamento del portero. Era Elisa Vicuña, la mujer del sereno. Los visitantes levantaron la vista a la forma extraña e irregular del tanque de agua, que coronaba el edificio, con la gran antena parabólica que alimentaría las imágenes televisivas de todos los pisos. En el borde de esta antena, un borde afilado de metal en el que no se habría atrevido a posarse un pájaro, estaban sentados tres hombres enteramente desnudos, con la cara vuelta hacia el sol del mediodía; por supuesto nadie los vio.

César Aira (1990)



Fragmento inicial de Los fantasmas, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano S.R.L., 1990

César Aira es un escritor argentino nacido el 23 de febrero de 1949, en Coronel Pringles. Ha publicado más de 60 obras

domingo, 23 de marzo de 2014

Mario Benedetti

La Tregua






Lunes 11 de febrero

Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo. Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio? Yo me digo que no, que no el ocio lo que preciso sino el derecho a trabajar en aquello que quiero. ¿Por ejemplo? El jardín, quizá. Es bueno como descanso activo para los domingos, para contrarrestar la vida sedentaria y también como secreta defensa contra mi futura y garantizada artritis. Pero me temo que no podría aguantarlo diariamente. La guitarra, tal vez. Creo que me gustaría. Pero debe ser algo desolador empezar a estudiar solfeo a los cuarenta y nueve años. ¿Escribir? Quizá no lo hiciera mal, por lo menos la gente suele disfrutar con mis cartas. ¿Y eso qué? Imagino una notita bibliográfica sobre “los atendibles valores de este novel autor que roza la cincuentena” y la mera posibilidad me causa repugnancia. Que yo me sienta, todavía hoy, ingenuo e inmaduro (es decir, con sólo los defectos de la juventud y casi ninguna de sus virtudes) no significa que tenga el derecho de exhibir esa ingenuidad y esa inmadurez. Tuve una prima solterona que cuando hacía un postre lo mostraba a todos, con una sonrisa melancólica h pueril que le había quedado prendida en los labios desde la época en que hacía méritos frente al novio motociclista que después se mató en una de nuestras tantas Curvas de la Muerte. Ella vestía correctamente, en un todo de acuerdo con sus cincuenta y tres; en eso y lo demás era discreta, equilibrada, pero aquella sonrisa reclamaba, en cambio, un acompañamiento de labios frescos, de piel rozagante, de piernas torneadas, de veinte años. Era un gesto patético, sólo eso, un gesto que no llegaba nunca a parecer ridículo, porque en aquel rostro había, además, bondad. Cuántas palabras, sólo para decir que no quiero parecer patética.

Viernes 15 de febrero

Para rendir pasablemente en la oficina, tengo que obligarme a no pensar que el ocio está relativamente cerca. De lo contrario, los dedos se me crispan y la letra redonda con la que debo escribir los rubros primarios, me sale quebrada y sin elegancia. La redonda es uno de mis mejores prestigios como funcionario. Además, debo confesarlo, me provoca placer el trazado de algunas letras como la M mayúscula o la b minúscula, en las que me he permitido algunas innovaciones. Lo que menos odio es la parte mecánica, rutinaria, de mi trabajo: el volver a pasar un asiento que ya redacté miles de veces, el efectuar un balance de saldos y encontrar que todo está en orden, que no hay diferencias a buscar. Ese tipo de labor no me cansa, porque me permite pensar en otras cosas y hasta (¿por qué no decírmelo a mí mismo?) también soñar. Es como si me dividiera en dos entes dispares, contradictorios, independientes, uno que sabe de memoria su trabajo, que domina al máximo sus variantes y recovecos, que está seguro siempre de dónde pisa, y otro soñador y febril, frustradamente apasionado, un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría, un distraído a quien no le importa por dónde corre la pluma ni qué cosas escribe la tinta azul que a los ocho meses quedará negra.
En mi trabajo, lo insoportable no es la rutina; es el problema nuevo, el pedido sorpresivo de ese Directorio fantasmal que se esconde detrás de actas, disposiciones y aguinaldos, la urgencia con que se reclama un informe o un estado analítico o una previsión de recursos. Entonces sí, como se trata de algo más que rutina, mis dos mitades deben trabajar para lo mismo, ya no puedo pensar en lo que quiero, y la fatiga se me instala en la espalda y en la nuca, como un parche poroso. ¿Qué me importa la ganancia probable del rubro Pernos de Pistón en el segundo semestre del penúltimo ejercicio? ¿Qué me importa el modo más práctico de conseguir el abatimiento de los Gastos Generales?
Hoy fue un día feliz; sólo rutina.

Lunes 18 de febrero

Ninguno de mis hijos se parece a mí. En primer lugar, todos tienen más energía que yo, parecen siempre más decididos, no están acostumbrados a dudar. Esteban es el más huraño. Todavía no sé a quién se dirige su resentimiento, pero lo cierto es que parece un resentido. Creo que me tiene respeto, pero nunca se sabe. Jaime es quizá mi preferido, aunque casi nunca pueda entenderme con él. Me parece sensible, me parece inteligente, pero no me parece fundamentalmente honesto. Es evidente que hay una barrera entre él y yo. A veces creo que me odia, a veces que me admira. Blanca tiene por lo menos algo de común conmigo: también es una triste con vocación de alegre. Por lo demás, es demasiado celosa de su vida propia, incanjeable, como para compartir conmigo sus arduos problemas. Es la que está más tiempo en casa y tal vez se sienta un poco esclava de nuestro desorden, de nuestras dietas, de nuestra ropa sucia. Sus relaciones con los hermanos están a veces al borde de la histeria, pero se sabe dominar y, además, sabe dominarlos a ellos. Quizá en el fondo se quieran bastante, aunque eso del amor entre hermanos lleve consigo la cuota de mutua exasperación que otorga la costumbre. No, no se parecen a mí. Ni siquiera físicamente. Esteban y blanca tienen los ojos de Isabel. Jaime heredó de ella su frente y su boca. ¿Qué pensaría Isabel si pudiera verlos hoy, preocupados, activos, maduros? Tengo una pregunta mejor: ¿qué pensaría yo, si pudiera ver hoy a Isabel? La muerte es una tediosa experiencia; para los demás, sobre todo para los demás. Yo tendría que sentirme orgulloso de haber quedado viudo con tres hijos y haber salido adelante. Pero no me siento orgulloso, sino cansado. El orgullo es para cuando se tienen veinte o treinta años. Salir adelante con mis ojos era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me dedicara la mirada inexorable que se reserva a los padres desalmados. No cabía otra solución y salí adelante. Pero todo fue siempre demasiado obligatorio como para que pudiera sentirme feliz.

Martes 19 de febrero

A las cuatro de la tarde me sentí de pronto insoportablemente vacío. Tuve que colgar el saco de lustrina y avisar en Personal que debía pasar por el Banco República para arreglar aquel asunto del giro. Mentira. Lo que no soportaba más era la pared frente a mi escritorio, la horrible pared absorbida por ese tremendo almanaque con un febrero consagrado a Goya. ¿Qué hace Goya en esta vieja casa importadora de repuestos de automóviles? No sé qué habría pasado si me hubiera quedado mirando el almanaque como un imbécil. Quizá hubiera gritado o hubiera iniciado una de mis habituales series de estornudos alérgicos o simplemente me hubiera sumergido en las páginas pulcras del Mayor. Porque ya he aprendido que mis estados de pre-estallido no siempre conducen al estallido. A veces terminan en una lúcida humillación, en una aceptación irremediable de las circunstancias y sus diversas y agraviantes presiones. Me gusta, sin embargo convencerme de que no debo permitirme estallidos, de que debo frenarlos radicalmente so pena de perder mi equilibrio. Salgo entonces como salí hoy, en una encarnizada búsqueda del aire libre, del horizonte de quién sabe cuántas cosas más. Bueno, a veces no llego al horizonte, y me conformo con acomodarme en la ventana de un café y registrar el pasaje de algunas buenas piernas.
Estoy convencido de que en horas de oficina la ciudad es otra. Yo conozco el Montevideo de los hombres a horario, los que entran a las ocho y media y salen a las doce, los que regresan a las dos y media y se van definitivamente a las siete. Con esos rostros crispados y sudorosos, con esos pasos urgentes y tropezados; con ésos somos viejos conocidos. Pero está la otra ciudad, la de las frescas pitucas que salen a media tarde recién bañaditas, perfumadas, despreciativas, optimistas, chistosas; la de los hijos de mamá que se despiertan al mediodía y a la seis de la tarde llevan aún impecable el blanco cuello de tricolina importada, la de los viejos que toman el ómnibus hasta la Aduana y regresan luego sin bajarse, reduciendo su módica farra a la sola mirada reconfortante con que recorren la Ciudad Vieja de sus nostalgias; la de las madres jóvenes que nunca salen de noche y entran al cine, con cara de culpables, en la vuelta de las 15.30; la de las niñeras que denigran a sus patronas mientras las moscas se comen a los niños; la de los jubilados y pelmas varios, en fin, que creen ganarse el cielo dándole migas a las palomas en la plaza. Estos son mis desconocidos, por ahora al menos. Están instalados demasiados cómodamente en la vida, en tanto yo me pongo neurasténico frente a un almanaque con su febrero consagrado a Goya.

Jueves 21 de febrero

Esta tarde, cuando venía de la oficina, un borracho me detuvo en la calle. No protestó contra el gobierno, ni dijo que él y yo éramos hermanos, ni tocó ninguno de los innumerables temas de la beodez universal. Era un borracho extraño, con una luz especial en los ojos. Me tomó de un brazo y dijo, casi apoyándose en mí: “¿Sabés lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte”. Otro tipo que pasó en ese instante me miró con una alegre dosis de comprensión y hasta me consagró un guiño de solidaridad. Pero yo hace cuatro horas que estoy intranquilo, como si realmente no fuera a ninguna parte y sólo ahora me hubiese enterado.




Mario Benedetti


Las cinco primeras anotaciones del diario en La Tregua, 1960. Buenos Aires, Editorial Alfa Argentina, 1974

martes, 18 de marzo de 2014

Literatura latinoamericana

Raza de Bronce
(Fragmento)

El rojo dominaba en el paisaje.
Fulgía el lago como un ascua a los reflejos del sol muriente, y, tintas en rosa, se destacaban las nevadas crestas de la cordillera por detrás de los cerros grises que enmarcan al Titicaca poniendo blanco festón a su cima angulosa y resquebrajada, donde se deshacían los restos de nieve que recientes tormentas acumularon en sus oquedades.
De pie sobre un peñón enhiesto en la última plataforma del monte, al socaire de los vientos, avizoraba la pastora los flancos abruptos del cerro, y su silueta se destacaba nítida sobre la claridad rojiza del crepúsculo, acusando los contornos armoniosos de su busto.
Era una india fuerte y esbelta. Caíale la oscura cabellera de reflejos azulosos en dos gruesas trenzas sobre las espaldas, y un sombrerillo pardo con cinta negra le protegía el rostro requemado por el frío y cortante aire de la sierra. Su saya de burda lana oscilaba al viento que silbaba su eterna melopea en los pajonales crecidos entre las hiendas de las rocas, y era el solo ruido que acompañaba el largo balido de las ovejas.
Inquieta, escudriñaba la zagala.
No ha rato, al reunir su majada para conducirla al redil, había echado de ver que faltaba uno de sus carneros; y aunque no temía la voracidad de ninguna fiera ni la rapacidad de malhechores, recelaba que fuese incorporado a los hatos de la hacienda colindante, hechos a merodear en los flancos de la colina a orillas del lago, o a la vera de los linderos marcados por hitos de adobes o pircas de rocalla, y ya harto conocía el ingrato rondar por entre gente agriada con pleitos, a cada instante suscitados por la posesión de ejidos que los terratenientes aún no habían deslindado.
La noche se echaba encima y pronto se haría difícil ordenar la marcha del rebaño. Al pensar en esto, dejó la zagala sus ovejas bajo el ojo vigilante de Leke, el lanudo y pequeño can, y se dirigió a las rocas que en gradiente coronaban la cima del cerro, cuyos flancos se bañan por un lado en la transparente linfa del lago, y del otro se tienden con suave declive hacia la llanura, limitada a lo lejos por colinas chatas y altozanos y surcada en medio por la quiebra de un río.
Volvió a trepar a lo alto de una empinada roca, y desde esa atalaya tendió los ojos en torno.
El lago, desde esa altura, parecía una enorme brasa viva. En medio de la hoguera saltaban las islas con manchas negras, dibujando admirablemente los más pequeños detalles de sus contornos; y el estrecho de Tiquina, encajonado al fondo entre dos cerros que a esa distancia fingían muros de un negro azulado, daba la impresión de un río de fuego viniendo a alimentar el ardiente caudal de la encendida linfa. La llanura, escueta de árboles, desnuda, alargábase negra y gris en su totalidad. Algunos sembríos de cebada, ya amarillentos por la madurez, ponían manchas de color sobre la nota triste y opaca de ese suelo casi estéril por el perenne frío de las alturas. Acá y allá, en las hondonadas, fulgían de rojo los charcos formados por las pasadas lluvias, como los restos de un colosal espejo roto en la llanura.
Un silencio de templo envolvía la extensión. Todo parecía recogerse ante la serenidad del crepúsculo, y diríase muerto el paisaje, si de vez en cuando no se oyese a lo lejos el medroso sollozar de la quena (flauta) de un pastor, o el desapacible repiqueteo de los yaka-yakas, apostados ya al margen de sus nidos cavados en las dunas del río, o en las quiebras de las rocas.
Avizoró la pastora el paisaje, indiferente a la infinita dulzura con que agonizaba el día, y al punto dejó su atalaya, porque le pareció haber oído un solitario balido hacia el final de esa dominante plataforma, adonde rara vez conducía su rebaño, porque, a más de ser pobre en pastos, llevaba en el país la fama de albergar a los espíritus malignos en una caverna cuya boca se abría mirando al lago, a pocos pasos del flanco que cae, casi a pico, sobre las inquietas aguas.
Era una cantera de berenguela y mármol verde, largo tiempo abandonada, y que hoy servía de cómodo y seguro refugio a las lechuzas y vizcachas (liebres). Los laikas (brujos) de la región habíanla convertido en su manida, para contraer allí pacto con las potencias sobrenaturales o preparar sus brebajes y hechizos, y rara vez asomaban por allí los profanos. Los pocos animosos que, por extrañas circunstancias se atrevían a violar su secreto, juraban por lo más santo haber oído gemidos, sollozos y maldiciones de almas en pena y visto brillar los ojos fosforescentes de los demonios, que danzaban en torno a los condenados…
Alguna vez, en horas de tormenta, cuando el rayo hiende las rocas, aúlla el viento y se desatan cataratas de lluvia sobre las alturas, Wata-Wara había profanado su misterio, para expulsar a sus bestias refugiadas en el pavoroso antro; y aunque nunca había visto y oído lo que otros juraban ver y oír, no se atrevía, sólo por capricho o curiosidad, a provocar el enojo de los yatiris (adivinos) poniendo planta insolente en sus dominios.
─¡Jaú-u-u-u! ─gritó Wata-Wara avanzando con miedo hacia el boquerón oscuro e informe de la entrada. Su grito penetrante y agudo metióse en el antro y a poco salió en forma de eco, que ella, por extraña ilusión, tomó por el balido de su extraviada res.
Y quiso adentrarse en la caverna, y la detuvo el miedo; pero la codicia fue más fuerte en ella. Con paso furtivo y resuelto, tendidos hacia delante los brazos, dilatados los ojos, avanzó lentamente, cual si tantease en la penumbra, y a pocos pasos quedó inmóvil, oyendo solamente los latidos tumultuosos de su corazón.
Grande y ancha era la caverna. Su piso irregular estaba cubierto por el cascajo que al romper las piedras dejaran los ignorados canteros que allí labraron quizás la piedra blanca con transparencias opalinas para la fontana que otrora se erguía en el hoy destruido Prado de La Paz, y en los rincones se veía la huella del fuego encendido para cocer su yantar o dar filo al cincel. Las paredes se componían de enormes bloques rectangulares y sobrepuestos por capas en espontánea colocación: parecían los materiales dispuestos y abandonados allí por descuido para una enorme y gigantesca construcción. En las paredes laterales y del fondo, sobre el nivel del suelo, se abrían las bocas de otras tres galerías, oscuras, misteriosas, por donde corrían las vetas de la piedra blanca, y su vista llenó de pavor el ánimo de la zagala, que salió huyendo de las sombras, pasmada aún de su audacia. Ya fuera, y con voz temblorosa por el miedo, lanzó su penetrante grito, y otro cercano repercutió a sus espaldas. Volvióse vivamente la pastora, y vio con alegría que un mozo avanzaba por la plataforma cargando en su poncho la descarriada oveja.
Era un mozo alto, ancho de espaldas y de vigoroso cuello. Tenía expresión inteligente y era gallarda la actitud de su cuerpo. La cabellera le caía enmelenada sobre los hombros saliendo por debajo del gorro amarillo, cuyas aletas le cubrían las orejas con parte de las mejillas. El chaleco escotado, sujeto por cuatro botones de metal, y la camisa abierta, dejaban ver su pecho robusto y moreno.
─¿Dónde hallaste a este diablo, Agiali? ─demandó la moza, sin responder al saludo dl gigantón.
─Vagaba por la pampa y lo recogí de ella.
─¡Tanto que me ha hecho penar el malo!
Y alzando un guijo dio con él a la bestia, que escapó camino de la majada, cuyos balidos anunciaban impaciencia.
─Dime, ¿entraste a la cueva? ─preguntó el mozo con acento receloso y desconfiado.
─Sí.
─¿Y para qué?
La india hizo un gesto vago y se encogió de hombros.
Agiali, asustado de veras, le objetó:
─Ya verás; seguro que te ha de suceder algo… Como al Manuno.
Callaron ambos, miedosos. El recuerdo, inoportunamente evocado, produjo honda impresión en la pastora.
─¿Y sabes dónde está ahora?
─No sé. Alguien me dijo que se murió.
─¡Pobrecito! El patrón fue malo con él.
─¡Lo es con todos! Habría bastado, por castigo, los azotes que le hizo dar; pero quemó su casa.
─Dicen que le debía y no podía pagarle.
─¿Y qué?... Le habría pagado poco a poco, como le pagamos todos… ¡Cómo si fuera capaz de perdonarnos una deuda!...
Y una sonrisa agria borró la placidez de su rostro.
Quedaron en silencio.
Agiali parecía preocupado, y ella creía conocer la causa de su congoja. Días antes, como castigo a una falta, había recibido orden del administrador para ir, con otros cuatro compañeros castigados como él, a comprar granos al valle, y ella sabía que esas excursiones eran siempre peligrosas, no tanto para los hombres como para las bestias.
¡Cuántas veces las pobres bestias quedaron inutilizadas para el trabajo por las mataduras de sus lomos cruelmente dañados por la carga! ¡Y cuántas los hombres, presa de extraños males, se la pasaron en casa, inútiles para las diarias faenas, o quedaban tullidos y enfermos hasta la muerte!
─¿De veras vas mañana de viaje? ─preguntó Wata-Wara, echando a andar camino de la majada, cuyos insistentes balidos era lo único que se oía en la alta cumbre, libre todavía de las sombras.
─Mañana ─repuso Agiali con aire preocupado.
─¿Con quiénes vas?
─Con Quilco, Manuno y Cachapa.
─¿Tardarás mucho?
─Lo menos dos semanas.
Enmudecieron otra vez, y ambos caminaban como cohibidos.
Decíase de ellos en la hacienda haberse comprometido en proyectos matrimoniales, y eran frecuentes las bromas que en las faenas del campo recibían de sus compañeros; pero, hasta entonces, el mozo no había arreglado ninguna prenda de la zagala, como signo formal de amoroso pacto, y sólo se había limitado a usar con ella de pequeños favores que mostraban su deseo de agradarle, vehemente en él, y que no trataba de ocultar. Ayudábale a recoger por las tardes el ganado del cerro donde tenía por costumbre pastorear la moza, o aumentaba de su cosecha la carga de chango (algas) recogidas en el lago para el consuelo de las bestias. Verdad es, y quizás esto fuera lo más significativo, que ambos tenían los mismos sitios predilectos para divertirse en los días de reposo; que en las siembras y cosechas los dos labraban el mismo surco, y que en vísperas de las grandes fiestas, cuando de noche ensayaban los mozos sus danzas al luminoso claror de la luna llena, ambos se colocaban juntos e iban cogidos de las manos en las ruedas, y las miradas y sonrisas de ella eran sólo para él; pero de ahí no habían pasado las cosas. Agiali se mantenía reservado en palabras y ademanes, y no por timidez, ya que con las otras jóvenes de la comarca gastaba idénticas licencias que los demás, sino porque la riqueza de los padres de Wata-Wara y la decidida protección que le dispensaba el vejo Choquehuanka ponían siempre a raya sus sentimientos. Si departía con ella, gastando ademanes parsimoniosos, sus palabras eran medidas, y sólo hablaba de lo que ellos hablan de ordinario, es decir, del tiempo, de las labores campestres y de sus bestias. Alguna vez, como los demás, al hacerle una broma, había acompañado sus palabras con un recio empujón o una intentona de pellizco; más de ahí nunca había pasado su camaradería servicial y comedida.
Así se acostumbró a verlo la joven, y por eso su actitud encogida de esta tarde la lleno de cierta perplejidad. Lo notaba serio, callado, caviloso, y supuso que algo anormal le ocurría. Probablemente no habría cogido mucho pescado en la jornada de la noche precedente…
─¿Te apena el viaje? ─le dijo por decir algo y ocultar la turbación que a ella también le embargaba.
Agiali rió, mirándola detenidamente en los ojos con infinita codicia.
─¿Por qué me miras así?
En vez de responder, el mozo aproximóse aún más a ella, y riendo siempre, con risa trémula, alargó con rapidez la mano y le dio un fuerte pellizco en el brazo redondo y de carnes duras…
Wata-Wara comprendió al punto las intenciones del galán, e inclinó la cabeza, confusa y casi aturdida. Jamás él se había permitido esas libertades a solas y era la primera vez…
Retrocedió un paso, con el corazón palpitante de alegría. Él avanzó otro, extendió la mano y cogiéndola por la punta de su pullo (mantilla), la atrajo hacia sí.
─¡Déjame! ─gimió ella, volviéndole la espalda.
Su voz era desfalleciente, infantil, insinuante.
─¿Y si no quisiera? ─suplicó el otro, también con voz queda.
Y, por segunda vez, ahora con calma, la pellizcó en el hombro, reteniendo la carne entre sus dedos.
─¡Déjame! ─dijo con voz más apagada aún, trémula de dicha inesperada y osando mirarle brevemente en los ojos, radiantes de la más pura alegría.
Entonces el mozo cogió con sus manos callosas y duras las de su amada, ásperas también pero de piel más fina; le tomó el dedo anular, donde un anillo de cobre había dejado su marca negra en la piel, y, suavemente, le quitó el anillo.
Ella dejó hacer, turbada, sin voluntad ni fuerzas para simular resistencia. ¡Al fin se le había declarado el mozo y le significaba su intención de desposarse con ella!
Agiali, riendo siempre, pasó el aro tosco al menor de sus dedos y colocó el suyo entre los de la zagala, cuya redonda carita iluminóse con el fulgor de una sonrisa plácida.
─Le voy a decir a mi madre que vaya a pedirte mi anillo ─amenazó ella con melindre.
─Si lo haces ─repuso el galán fingiendo creer en la amenaza─ me voy de la hacienda y no vuelvo más.
─¿Y adónde te irías?
─Donde no me vean más tus ojos…
─Quédate con él, entonces…
Se tendieron ambos las manos y se miraron en lo hondo de las pupilas, sonriendo con dicha.
─¿Me ayudarás a conducir mis ovejas? Ya es de noche y en casa han de estar esperándome.
─Vine a eso.
Y quiso la zagala desprender sus manos de las del galán, mas éste las retuvo con fuerza y siguió mirándola detenidamente y en silencio, pero con aire receloso. Al fin, casi hosco, habló:
─Oye.
─¿Qué?
─Desde hace tiempo he notado que te mira mucho el administrador de la hacienda.
─Yo también ─repuso la otra, indiferente.
─Sé que se ha quejado a tu madre porque no vas a su casa a escarmenar lanas ni servir de mitani (sirvienta).
─Iré la otra semana.
Al oír esto, nublóse el rostro del mancebo. Y dijo con tono imperioso:
─Yo no quiero que vayas. Ese khara (mestizo) es malo y me da miedo…
─A ti nunca te hizo daño. Una sola vez te pegó.
─Varias, di; pero eso apenas me importa… Tengo miedo por ti.
─Nunca pega a las jóvenes.
─Pero las seduce.
Se detuvo indeciso. Y bruscamente añadió:
─Bueno; si vas de servicio, lleva a tu madre y no te quedes nunca a solas con él.
─Así lo haré.
La noche había caído con rapidez y el rebaño balaba, inquieto y deseoso de volver al aprisco. El mismo Leke, sentado sobre las patas posteriores y los ojos clavados en la dueña, ladraba de rato en rato como para anunciar corrida ya la hora de regreso.
─¡Wara!... ─llegó hasta los enamorados la voz sonora de un muchacho resonando en las faldas del cerro.
─Me llaman; ¡vámonos! ─dijo la pastora. Y al mismo tiempo lanzó un penetrante grito, y, colocando una piedra en su honda, arrojóla sobre el rebaño, el cual, al escuchar el zumbido, púsose en marcha camino del sendero. Avanzaba el grupo en un solo pelotón pardusco, y el polvo que levantaba a su paso parecía espesar aún más la sombra del cielo.
Entonces, la novia, cogida siempre de las manos de Agiali, entonó, quedo primero, luego en voz más alta, uno de esos aires tristes de la estepa que imita el monótono gemir del viento entre los pajonales de la pampa. Le siguió en el canto el mancebo, y las dos voces formaron un dúo lento como una melopea, cuyas notas se diluían al pálido claror de la celistia…
En medio camino se les reunió el zagalillo enviado en busca de la pastora, y a poco llegaron todos a la casa, situada en media vertiente del cerro sobre una especie de estrecha plataforma. Se componía de cuatro habitaciones, adosadas al cerro, y su corral, entre cuyos muros de piedra bruta crecían locamente las ortigas de flor roja y haces de paja dura, en las que el viento arrancaba lamentables y extrañas concertaciones.
Al tropel del ganado salieron tres chiquillos del lar, uno como de siete años y los otros dos un poco mayores y al parecer gemelos; corrieron los palos que cerraban el aprisco y se colocaron a ambos lados de la entrada, para la faena del apartado, que ejecutaron los pequeños, separando a las ovejas madres de sus crías, que bien pronto formaron a sus espaldas un grupo bullicioso y temblante. A los balidos angustiosos de las hembras respondía el desfallecido lamento de la prole, y todo junto, coreado por el viento, formaba la armoniosa canción del campo…
Concluida la tarea se dirigieron los pastores a la cocina.
Era una habitación estrecha, larga y de paredes renegridas. Frente a la puerta angosta y baja estaba el fogón de barro, en cuyo fondo ardía un macilento fuego alimentado por la bosta seca de las ovejas. De las vigas barnizadas por el hollín pendían canastos de mimbre oscuro, sogas cabestros, algunos instrumentos de labranza y retazos de carne seca. A ambos lados de la entrada, ocupando todo el ancho de las paredes, dos tarimas de barro, los patajatis servían de lecho. Eran huecos por debajo y en el uno dormían las gallinas sobre perchas y el otro estaba destinado a los pequeños conejos de Indias, manchados de color y que ahora también, en la noche, discurrían silenciosamente por el suelo y alargando sus sombras cuando se deslizaban frente al fogón y mirando sin recelo a la vieja Coyllor-Zuma, madre de Wata-Wara y a otros dos viejos arrugados y de encorvada talla que andaban de cuclillas junto al fogón. Practicaban el acullico, es decir, mascaban coca los tres y permanecían silenciosos, impasibles y mudos, como abstraídos en honda cavilación. La moribunda llama del mechero doraba sus rostros acusando con vigor los perfiles mientras el lado opuesto se borraba completamente sobre el fondo de la covacha oscurecida por el hollín y las sombras…
─Buenas noches nos dé Dios, ancianos ─saludaron los mozos al entrar.
─Tarde vienes ─dijo Coyllor-Zuma a la pastora.
─Se me perdió una oveja y estuve buscándola. Agiali la encontró en la pampa.
La anciana, sin responder, se volvió al pretendiente de su hija:
─Dicen que estás de viaje.
─Sí; me envían al valle a traer semillas.
─Cuida de tus bestias y no le pongas cargas pesada.
─¡Si yo pudiera! ─repuso el otro con pena.
Y añadió:
─Pero llevamos más de las precisas y nada les pasará.
─Cuídate también tú. No comas fruta recién cogida del árbol ni seas imprudente al atravesar los ríos. Aún no han cesado las lluvias, y deben estar crecidos por el valle.
─Van con Manuno, y ése ya conoce bastante esos sitios ─dijo uno de los viejos, tomando parte en la charla.
─¿Cuándo concluirá esta pesada obligación? ─preguntó el otro viejo taciturno─. Todos están cansados con semejantes correrías.
─Cuando el hermano del patrón venda sus haciendas del valle, o nosotros nos vayamos todos de ésta ─repuso el primero.
─¿Y adónde iríamos que no tengamos que servir?
─Así es…
Y cayó el silencio letal, únicamente interrumpido por el lento masticar de los jóvenes, que yantaban la merienda fría preparada para la pastora, y se componía de chuño y maíz cocido con algunos retazos de charqui y bolillos de kispiña.
Alcides Arguedas

Capítulo I del Libro Primero de:

Raza de Bronce (1919), Editorial Losada, 1984

domingo, 23 de febrero de 2014

Mariano Fiszman

Dpto. 3


Desde que murió la madre, Vidal era solo. Así decían con doña Carla: nosotros, los que somos solos. Dos veces por día, Doña Carla iba a ponerle inyecciones. Le llevaba la Crónica, le daba píldoras pisadas con las primeras pupilas, lo cambiaba, hablaban del tiempo. De mañana era como un despertador; cuando ella entraba en la casa, él abría los ojos. Pero esa mañana Vidal había soñado que tenían que volver a operarlo, y lo despertó un goteo y Doña Carla no estaba.

Fue cayendo del sueño en cámara lenta, caía sin fin a través del tul del calmante. Capas de tules que ondulaban y se hundía embolsándolo. El aire era un paracaídas de gasa. Hasta cuándo iba a caer, adónde. Abrió los ojos. La luz de un relámpago lo iluminó. Vidal reconoció su pieza, el cubo oscuro olor a gasa y desinfectante, el ruido de la lluvia sobre las chapas. El vidrio de la ventana vibraba. Hundió otra vez la cabeza en el agua del sueño y un trueno lo volvió a sacudir. Vio el cielo eléctrico. La noche anterior Doña Carla se había olvidado la persiana abierta, la iba a reprochar cuando llegara. ¿O se lo había dicho él: No me cierre? ¿Se lo dijo o le parecía ahora, un poco arrepentido, por el miedo a que la lluvia no la dejara llegar? Se acordaba de haberse dormido tarde, como siempre, con las muelas apretadas y haciendo muecas. Los párpados entreabiertos dejaban una ranura, ahí bailaba la pupila del clip del sueño. Después los truenos, la lluvia, las primeras hebras de aguas rápidas por las canaletas… no había sentido nada. Estaba como velado. Enfrente los relámpagos. En la mesita de luz, la radio ronca poca pila. Quiso girar para ver el reloj pero la piel de la espalda escarada, el brazo dormido, los puntos, la trampa de su cuerpo de pez náufrago en la orilla.

Se había ido a internar el catorce. El dieciséis lo operaron, el veintidós volvió a casa. Contó los días, las visitas de Doña Carla, la escala empezaba y terminaba en el mismo pulgar, la música de las cuentas lo tranquilizaba. Iba a ser la décima vez que la escuchaba luchar con la puerta de calle, puerta achatarrada, papa para los vientos, y acercarse por el pasillo largo cargando con el peso de su cadera y la bolsa hecha de sachets con la Crónica y medio zapallo, una botella de agua, algodón. Cuando dejaba de ojotear, venía la llave. Adentro, descalza, las plantas duras rajeadas sobre el frío de la baldosa, Vidal la oía poner a hervir a baño maría aguja y jeringa: el canto bajo metálico, el cuchareo, el cajón, la canilla, captaba cada paso de la operación con su oído de tísico o perro echado esperando verla aparecer con el estuche de acero inoxidable, la sonrisa y las cejas rojas proa al cielo raso mientras preparaba el pico, ya le había dado buenas o buenas buenas desde la escalera con su voz chillona y dulce, un saludo para la mañana y otro para la tarde, nueve visitas en total desde el día en que volvió del Policlínico en una ambulancia con la radio demasiado fuerte y el enfermero y el chofer a los gritos y para colmo fumando. Le había dado un vahído en el viaje que sintió que no podía respirar, veía todo borroso. ¡Socorro! La radio en la cabina le tapaba la voz. Después lo entraron a su casa a empujones dejándole hematomas en una mano y arañazos de bulón de la camilla en una puerta del bahut finamente enchapado en caoba, y se fueron sin parar de gritarse ni de fumar. No esperaron propina, no cerraron la puerta, no levantaron las macetas volcadas en el pasillo, como si nada de él existiese.

Solo, se acordó del sueño que había tenido durante la anestesia: alguien golpeaba la puerta y él no podía ir a atender. Estaba recién operado. Quien era. ¿Era un inspector? ¿Él o el de la puerta? No puedo ir a atender, gritaba. Tampoco quería decirle al otro que se encontraba convaleciente. El otro era un hombre. ¿Está bien?, le preguntaba. Diez puntos. El hombre golpeaba. Déle, déle, decía Vidal, puro roble. Oía los golpes cada vez más fuertes con una sonrisa canchera hasta que se le ocurría, en un desdoblamiento de sí mismo en el fuelle del sueño, que se los estaban dando los médicos para revivirlo. Quería gritar pero no le salía la voz. De pronto el hombre estaba delante suyo. Era un inspector joven, uno que había visto por el barrio antes de internarse. Lo había reconocido inmediatamente por el saco raído y con aureolas y la carpeta negra pegada al pecho, por las arrugas de la nariz asomando por la cortina de tiras plásticas del almacén.  Vine en representación del cuerpo municipal, explicaba. Era el intendente. Hablaba del cuerpo con un discurso vago, a veces elogioso y a veces amenazador. A ti, Lázaro, me dirijo, fue la única frase que le quedó del sueño, lo demás se deshizo en murmullos. Al abrir los ojos, Vidal vio las mamparas plásticas blancas que rodeaban su cama y la sombra borrosa de una enfermera pasando por atrás, el bulto de sus pies en la otra punta, las manijas, una mesita sin revistas ni flores, encima de la silla su bolso con un par de pijamas y la radio portátil.

Desde que había vuelto a su casa, dormir era una tortura. No por las molestias. Estaba débil pero no cansado, tampoco fresco ni mucho menos, más bien exhausto de no moverse, esperar a Doña Carla y más nada. El tiempo era para él un territorio despoblado y liso. Dormir, medicarse, pasar la vista por los rincones, por la sexta que mancha, tráfico de recuerdos. Aparte incómodo con esa primavera, el techo frío de mañana y muy caliente a la tarde, el rollo de cobijas, la pelusa de los plátanos venido demasiado grandes le picaba en la garganta, no estaba seguro de que no entrara pelusa por una raja o ventiluz, los últimos gobiernos municipales no podaban nunca, lo habían jubilado y al mismo tiempo dejaron de ocuparse de todas sus necesidades, lo habían abandonado a su suerte, lo único que le quedaba era una cama en el Policlínico y había tenido que estar de últimas para que se la dieran.

De tanto mirar por la ventana oscura forzando los ojos empezó a distinguir la silueta de los plátanos de Thames; con cada ráfaga agitaban sus ramas largas como cuellos de jirafas. Las vio asomarse a las ventanas abiertas, buscándolo. Motas, hojas mojadas aleteantes, ganas de estornudar: apoyó una mano sobre el vendaje con los puntos. Se había levantado viento, y aunque la lluvia era más fuerte que antes, gotas más grandes y más decididas, el viento igual la tenía de los pelos y le daba contra los vidrios, zum, contra las ramas, y a él le daban más ganas de estornudar viendo el remolino que se levantaba en la pieza cuando afuera se encendía un segundo, cegadora, la guerra de rayos sin cese.

De chico, las noches de tormenta se acostaba inquieto y la madre se quedaba horas en el borde del colchón. Sus yemas ásperas por el agua de lejía y las agujas rozaban su frente, su nariz, su cuello, sus orejas, sus labios, manos lentas como los caracoles que de noche salen de las macetas y suben por las paredes del pasillo dejando un rastro de plata, ni pastillas ni leche tibia ni tizanas, lo que le calmaba era su voz. Vidal dormido, ella se sentaba a la máquina o salía a la terraza. ¿O todavía no era a máquina, manual, que cosía su mortaja a crédito? Había sido chico tanto tiempo. Varias veces durante la noche ella volvía a subir, siempre intemperie, siempre haciéndole frente a los relámpagos, el saquito sobre los hombros, el rodete, las canas prematuras, la joroba, iba a dormir a través del sueño de su hijo hasta asegurar el nacimiento de la luz en la terraza.

Doña Carla de la madre algo tenía. Como a la madre, a ella tampoco se animaba a preguntarle algunas cosas. Sobre los hijos que no la iban a ver, de los que hablaba poco, y cómo habían llegado. Sobre otros hombres, atrevido a incluirse él como hombre entre otros. Si se habían visto en total diez veces, nueve más una antes de la operación, de esa tarde su familiaridad al entrar por primera vez a la cocina, cuando enjuagó dos tazas puso la pava y bajó la lata de Canale como si la hubiera dejado ella en ese estante de la alacena mientras Vidal espiaba todo desde el respaldo de su silla dolorida.

El día que se iba a internar pasó por lo de Doña Carla. Ella vivía en una cuadra más baja, más peligrosa. Fue con las llaves esperando que le dijera que le vaya bien, pero no la encontró. La primera mujer a la que le daba las llaves de su casa, iba a ser a través de otro, un vecino que apestaba a Uvita. Vidal lo conocía, era hijo de un antiguo bicicletero del barrio, años que comía y en especial tomaba del juicio al dueño del camión que atropelló a la bicicleta del padre por Juan B. Justo, había que darle oído por limosna. Roto el aire ritual de la entrega decidió caminar hasta la parada del 106, no taxi, se sentía chato. Lo afligía la argollita con las dos llaves sin llavero ni adornos, el juego que había sido de su madre en el bolsillo sucio del pijama del otro.
Ya era hora de oír esas llaves agujereando su puerta. A veces le parecía sentirlas. Las manos de Doña Carla no temblaban para abrir ni para inyectarlo, firmes, no como las suyas; ella usaba guantes ajustados de piel dura, con manchas, nervuda y uñas romas.

Sin poder girar la cabeza, estiró el cuello buscando la hora. Más le costaba y se esforzaba por acercarse al reloj, menos fuerte lo oía. Afuera empezaba a haber un poco de luz, la salpicadura de una gota de gris en el tacho de la noche, ahora los plátanos apenas más oscuros que el cielo. Encima de las copas se estaba armando algo. Moretones de nubes sucias, mal anuncio. Se va a descomponer el tiempo, le había dicho Doña Carla a la noche, antes de irse, con la seguridad que le daba ese crujido en esa articulación y un resto de instinto de su infancia en el campo, atender al viento, al olor del aire, al humor de los animales y de los insectos, ¿y no le había preguntado después, con dulce humildad: Le cierro? ¿Y él, que había dicho? Ahora el detalle de la persiana resultaba muy importante, lo principal de que viniera, más que verla, más que recibir la medicación. De última los agarraría el agua con ella adentro, pero necesitaba saber por qué no había cerrado, y también qué hora era. Se le estaba acalambrando la nuca ¡Hasta para enterarse de la hora la necesitaba! Lo único que podía solo era sostener la Crónica y esperar el pinchazo y mirar ese rincón de la pieza que olía a muebles apolillados, a tinta, a alcohol, a meo.

La única mano que le respondía palmeó el colchón con fastidio.

De pronto los truenos empezaron a traer una vibración nueva. Se descargaban con saña sobre el nervio de la casa. Los rayos eran espadas de mago que la atravesaban. Vidal apretó fuerte los párpados y se encogió. Su impaciencia disuelta como el berrinche de un chico viendo venir caballos desbocados, y otro trueno, y una descarga de gotas gruesas contra las chapas, menos grave que el granizo pero compacta. Lo va a romper, dijo en voz alta sin oírse. Encajó la cabeza abajo de la almohada, un vértice fibroso de fibrocemento podía atravesar su cabeza y el colchón y clavarse de punta en el piso de tablas. La ventana temblaba y se sacudía por los golpes de agua. Tuvo miedo de que se abriera sola, de no volver a verla, ¡trizas!, a través de la funda goma espuma vio la luz de un rayo rápido, una garra que iluminó todo y se escapó apurada, como si atrás viniera algo todavía peor. El viento inflamó la pieza y la presión estuvo a punto de hacerlo explotar. Se hizo el vacío. Por un segundo la quietud en el interior y la falta de peso en el aire silenciaron la tormenta. Sólo se oía el silencio, y crujir las vigas. Se ancharon antiguas grietas de la pared y escupieron un polvo de revoques. Vidal sintió que se despegaba de la cama. Se estaba elevando. Asomó la nariz de abajo de la almohada y quiso abrir los párpados, entonces le cayó encima el Trueno.

La casa corcoveó, sacudida en su cresta de estruendo.
El Trueno tapó todos los relojes, latidos, gritos, súplica, demasiado estupor para el llanto. Desmayo.

Mariano Fiszman
Capítulo inicial de Muñecas 970, El 8vo. Loco, 2009

Mariano Fiszman nació en Buenos Aires en 1965.

Muñecas 970  ─su segunda novela─ es la historia de un viaje río arriba. Comienza la noche en que el Trueno estalla sobre el barrio de Villa Crespo y el caserón habitado por Ma, Milton, los Nacaste y Vidal zarpa entre las aguas de la inundación.  Muñecas 970 propone una nueva épica, entre alucinada e imaginaria, en la que lo que se conquista es la propia libertad.