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sábado, 22 de junio de 2013

Ernesto Sábato

Acerca del estilo
(Fragmentos)

El estilo es el hombre, el individuo, el único: su manera de ver y sentir el universo, su manera de “pesar” la realidad, o sea esa manera de mezclar sus pensamientos a sus emociones y sentimientos, a su tipo de sensibilidad, a sus prejuicios y manías, a sus tics.
……….
Los retóricos consideran el estilo como ornamento, como un lenguaje festival. Cuando en verdad es la única forma en que un artista puede decir lo que tiene que decir. Y si el resultado es insólito, no es porque el lenguaje lo sea sino porque lo es la manera que tiene ese hombre de ver el mundo. Lo que el lenguaje hace luego es ceñirse a esa visión como las sutiles mallas de las bailarinas a los músculos de su cuerpo.
……….
Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con grandes palabras.
……….
Todos los grandes escritores escriben con sencillez, pero casi siempre a costa de mucho esfuerzo. Ya decía Cicerón que “hay un arte de parecer sin arte”. La sencillez produce la impresión de que no ha costado nada, la impresión de que cualquiera de nosotros podemos escribir como Tolstoi en cuanto nos pongamos delante de una cuartilla.

Ernesto Sábato

Páginas Vivas, Editorial Kapelusz, 1974

viernes, 22 de marzo de 2013

Para tener en cuenta


Expresiones de las que usted, joven escritor, debe huir como de la peste


La alegría reinaba en su rostro, el dolor estaba pintado en su cara, el rubor coloreaba sus mejillas, su boca era encantadora, respiraba honradez.

La tea de la discordia, la voz del honor, la hidra de la anarquía, el Sol del Progreso, el campo de las conjeturas, el arsenal de las leyes, la balanza de la justicia, la aurora de las libertades, las tinieblas de la ignorancia, la espada de la Ley, la tiranía de las pasiones, la moderna Babilonia, una verdadera Torre de Babel, la pérfida de Albión, el Oso Moscovita, el Tío Sam.

Redoblar sus transportes, abrir su corazón, sentir un nudo en la garganta, parársele los pelos de punta, aspirar embelesado, impresionar gratamente, sembrar cizaña.
La madre naturaleza, el rey de los astros, el astro rey, la luna plateada, los pétalos aterciopelados, el vistoso colorido, el jardín engalanado.

El conflicto bélico, el carro de Marte, la nueva tesitura internacional.

El fino ensayista, un fino poeta, un espíritu ático.

Ernesto Sábato
Páginas Vivas, Editorial Kapelusz, 1974

domingo, 2 de diciembre de 2012

José Edmundo Clemente


Mapa idiomático de Buenos Aires

 
A Agustín Jacobs,
que también es Buenos Aires

Para comprender mejor a Buenos Aires debemos imaginar primero una larga calle cruzando vertebralmente al país; una calle sentimental que empiece en la vocación porteña de todo provinciano y acabe aquí, en cualquier esquina de barrio, distante y sin embargo entrañable. Porque eso es Buenos Aires; esperanza prolongada, continuo llegar. Puerto. No en balde su geografía municipal dibuja el contorno de una mano generosa, abierta como bienvenida de amigo. Hombre de Buenos Aires no es quien nace en ella, sino quien responde con gratitud a ese afecto cabal. De extremo a extremo. En el atardecer lento de los suburbios, en las desveladas calles del centro; en las preocupadas mañanas del trabajo cotidiano, en la indolencia dulce del domingo.
Tal vez Buenos Aires sea apenas una conversación, una simple ilusión verbal. De ahí la dificultad de mostrarla a los turistas apresurados. ¿Qué zona la representa de golpe? Ninguna. Cada barrio trasunta sólo un pedazo de su rostro. Menos todavía, la orgullosa verticalidad de los edificios modernos. Quizás la imperceptible alma de Buenos Aires quede reducida a un conjunto de aceras caminadas, de amistades compartidas, de simple desgano cariñoso; esa perduración del recuerdo que ninguna reglamentación modificará jamás. Por ello, nunca preocupa a los habitantes de la ciudad el continuo cambio de nombres de las calles ni los frecuentes monumentos a próceres desconocidos; obsecuencia administrativa de los intendentes de turno. Simple providencia ―suerte― electoral.
Definir el alma de Buenos Aires como perduración de recuerdos callejeros, parecerá retórica literaria sin testimonio justificador. Valdría lo mismo decir que el alma de Buenos Aires reside en la clásica mesa de café, donde el silencio compartido también es una conservación; en la pasión nacional por los colores de un club favorito. O en el tango, mito universal de Buenos Aires hecho a la medida de sus calles y de sus pasiones. Música que convirtiera a la ciudad grande en capital del sentimiento argentino.
Afirmar el tango como centro emotivo de la nación, igualmente levantará polémica; no pretendo asumirla. Dejo para otro la erudición sobre los orígenes y alcances del tango. La erudición es el curanderismo de la cultura. Me basta con la evidencia de su canto representando nítidamente a Buenos Aires; con saber que es una nostalgia argentina cuando estamos lejos del país, que es nuestra propia nostalgia cuando estamos lejos de una alegría. Que la voz homérica de Carlos Gardel trasciende el disputado lugar de su nacimiento para quedar en el “Buenos Aires querido” de toda su vida. Ese Buenos Aires defendido a gritos y puños por Celedonio Flores, Enrique Santos Discépolo, Julián Centeya y Homero Manzi. O por Fray Mocho, Evaristo Carriego, Leopoldo Lugones y Jorge Luis Borges.
La doble lista de escritores no señala categorías ni distingos; en la calle todos somos iguales. Quiere marcar diferencias de modos idiomáticos. El lenguaje de las ciudades cosmopolitas y multitudinarias posee formas de cuidado académico o de intenso sentimentalismo; ambas de pareja validez literaria, aunque de preferencias distintas en el afecto de la comunidad. Afecto que comienza en el gesto ―simplificación de la palabra―, se prolonga al lenguaje espontáneo ―simplificación del gesto―, para concluir en el localismo que refleja la intimidad de Buenos Aires, en los niveles de la frecuentación ciudadana y de la valoración subjetiva de cada uno. Vivir Buenos Aires sin participar de la calidez pintoresca de los modismos suburbanos, sería compartirlo del otro lado del cristal.
Insisto en mi temática callejera, porque ella facilitará el resumen en pocas cuadras de mi tema “el idioma de Buenos Aires”; desde luego, con un mapa igualmente metafórico y arbitrario. Siempre la metáfora es arbitraria, porque pretende ser original. La vereda Norte de la moderna Santa Fe y su frente, la tradicional Avenida de Mayo; el ribereño paseo Alem y la tranquila avenida Callao, sirven de márgenes municipales a este reducido escenario, cortado en dos planos por el eje trasnochador de la famosa calle Corrientes.
Acerquémonos ahora a esta pantalla idiomática a fin de visualizar con nitidez su trama; comencemos por el Sur. La Avenida de Mayo conserva, aunque venido a menos, el rancio prestigio de vía colonial. Teatros de zarzuelas y cines hispánicos, acentúan esa sensación tranquila de alameda madrileña de fin de siglo. Impresión agrandada en las mesas de la reunión parroquial distribuidas en las amplias aceras, donde persisten tenaces voces de antigua cepa y donde el tú y el ti son notas agudas, extrañas al oído porteño. Claro; decir que la Avenida pertenece solamente a los españoles, es cometer una injusticia con los provincianos que habitualmente la recorren, siguiendo el rumbo atávico de sus mayores. Una fila melancólica de hoteles modestos recibe a los hombres de tierra adentro que hacen su relación inicial con la Capital. En la Avenida de Mayo, provincianos y españoles simbolizan el drama de la colonización de América; los descendientes de los conquistadores codo a codo con los descendientes de los conquistados. Las palabras que vienen de España a continuar la hegemonía magistral y las originarias del interior que llegan con igual pureza de sangre, pero con la piel de un sol diferente.
En el bordo opuesto de la cartografía lingüística, la avenida Santa Fe; es decir, París. A veces, Roma; a veces, Londres. Siempre Europa. Cita de la elegancia y de la moda, de las voces extranjerizantes; del aristocrático saber vivir; brújula dispuesta, Santa Fe posee el aire optimista de los que viajan o de los que sueñan con viajar. Preferidas de las clases dirigentes y de los recién venidos a la riqueza y al poder; frívola, potente, juvenil. Si hiciéramos una biología de las calles de Buenos Aires, indudablemente a Santa Fe le correspondería la edad alegre de la adolescencia despreocupada, así como a la Avenida de Mayo, la del hombre maduro y sereno; del hombre que ya alcanzó su porvenir o del que nunca lo ambicionó. No es casual que provincianos y españoles aburguesados ―o resignados, es lo mismo― encuentre aquí una compartida afinidad; tampoco, que en un comercio situado en la punta Norte de este cuadro se originaran los llamativos petiteros y que hoy se proponga un diccionario eliminatorio en pro de un lenguaje “de la gente bien y que se yo…” que el humorista Landrú ridiculiza con estilo ocurrente.
En la mitad de las fronteras antagónicas, la calle Corrientes, calle de los barrios, por antonomasia. Las esquinas porteñas se juntan en Corrientes sin distingos de zonas ni distancias de suburbios. Desde la creciente judería acriollada de Villa Crespo, las intencionadas leyendas de cuchillos y de cárcel del venturoso Palermo, los colorinches de casas baratas y genovesismo saineteros de la Boca; a San Telmo, con su heráldica perdida y conventillos vigentes; Monserrat y el Abasto, con su memoria de ocio y tangos viejos; el Once, trajinado por los mil gritos del comercio pichinchero; Flores y los versos cursis de escolares enamorados; Liniers, con el cercano Oeste de voces campesinas y pampa fresca, todos los barrios vuelcan en Corrientes un solo lenguaje, el de Buenos Aires, libre de glosadores teatrales y otros aficionados de la fatuidad. Las palabras, nacidas en los sitios apartados, empiezan a repetirse con inocente orgullo argentino, bajo la luna eléctrica y andariega de Corrientes; de Callao al Bajo, Corrientes vale entera por la cuadra idiomática de Buenos Aires. Como si el mínimo plano rectangular se hundiera en el medio y formara una vertiente común. En Corrientes, el legendario hombre de esquina, de esquina rosada, se transforma para siempre en el mitológico hombre de Corrientes y Esmeralda.
Hacia el Bajo, una hilera de barcos descarga vocablos que amplían los matices verbales de esta pantalla simplificada; o embalan a los que viajarán incluso a la misma España, según lo testimonia la frecuencia de argentinismos en el diccionario real. Antes, la vieja Recova era el lugar favorito de los esquivadores de la ley; entre copas de cervezas y vasos de vino, se pronunciaban todas las formas de la delincuencia extranjera y del lunfardo criollo. Hoy los cafetines del Bajo son un recuerdo venido a menos y el malandrinaje internacional oculta su jerga presidiaria en los sótanos del mapa idiomático propuesto, sin otra astucia que el antifaz profesional.
Claro que las calles son apenas un lado de la ciudad; su geografía. El otro sería el tiempo. Vivir es responder al paciente diálogo de cada instante; quedarse en el transcurrir dramático de ese diálogo. Los cuatro costados del relevamiento espacial coinciden textualmente, no sé si por casualidad o por causalidad, con los relieves mayores de la historia de Buenos Aires. Por el Este, llega en 1536 don Pedro de Mendoza y pronuncia el nombre bautismal, recordado vívidamente por Ulrico Schmidel: “…y allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos Aires”. Varios siglos después, con la fiebre grande, el Sur “se muda al Norte” y sus consecuencias en la fisonomía demográfica son semejantes al de una tercera fundación. Nunca se ha reparado la importancia que tuvo para la clase media argentina el éxodo que obligara a la alta sociedad a abandonar precipitadamente los imponentes caserones enrejados. Los apellidos patricios se descolocan y una nueva burguesía justifica su preponderancia. Desde entonces, el abolengo de Buenos Aires no es de cuna sino de calles; se vive, o no, en el Barrio Norte.
Más cerca nuestro, hacia 1930, una revolución de cuartel viene del Oeste e inicia una nueva costumbre institucional. Quince levantamientos militares testimonian esa peligrosa rutina. Pero Buenos Aires pareciera ignorar la continua vacilación casera y prosigue su firme vocación de gran capital de habla española y de progreso ambicioso. Crece con el entusiasmo de los fuertes y las gruesas lanzas de cemento ya no tapan el río; ese río como un cielo donde veía la esperanza de los que llegaban.
Aquí termina esta geografía verbal. Queda el porvenir. Pero ello no es hazaña de nadie. El porvenir queda a pesar nuestro y de los doctores en ciencias económicas; técnicos en pobreza y burocracia estadística. No fue mi intención hacer una prolija tesis lingüística que aspire a la consideración de una formalidad rectoral, labor de investigación y de crítica que dejo para otro. Los críticos son los marchands de la cultura; se quedan con lo mejor. Me basta con recuperar el testimonio de un Buenos Aires cotidiano que yo he compartido, con igual despreocupación callejera. Solamente lo cotidiano nos da la profunda dimensión del tiempo; ese morir repetido de todos los días cuyo nombre es la vida. Una de las tantas calles de la eternidad.
José Edmundo Clemente

En:
Jorge Luis Borges, José Edmundo Clemente, El lenguaje de Buenos Aires, Buenos Aires, Emecé Editores S.A., 1963,1996

sábado, 24 de noviembre de 2012

La opinión de Ernesto Sábato


Sobre el castellano que empleamos

Borges y Sábato
Parte de los defectos lugonianos se deben a la manía de probar que un americano puede escribir una lengua tan rica y tan castiza como la de un español. Este sentimiento de inferioridad presionó catastróficamente en nuestros escritores. De la forma y medida en que presiona sobre muchos maestros y profesores de enseñanza secundaria, mejor es que no hablemos.
Pero los más vitales y poderosos creadores no incurrieron en ese defecto. Sarmiento, Hernández y Alberdi consideraron que la lengua debía ser tomada desde la perspectiva de nuestra propia cultura, esa cultura que, bien o mal, iba brotando de una tierra inédita: “La lengua de un pueblo es el reflejo de su historia, gobierno, clima, costumbre y carácter”, dijo Alberdi.
Impertérritos, muchos profesores nos salen con la pureza del idioma y con el mito del casticismo: ese mito, que, según se sabe, recomienda hablar como si estuviéramos en Talavera de la Reina[1] hace cuatrocientos años. También los gramáticos del Tercer Reich[2], en ese momento de psicosis colectiva, tuvieron la fantástica idea de depurar la lengua de todos los vocablos extranjeros, viéndose ante el problema de Hegel con vocablos como carreta, buey, cuerno de caza y nibelungo. Esta extraña doctrina ha constituido también ─aunque sin el auxilio de campos de concentración─ el ideal de muchos profesores y de la casi totalidad de nuestros académicos.
Ni Shakespeare, ni Dante, ni Montaigne, ni Cervantes gozaron de los beneficios de un diccionario que mantuviera la pureza idiomática. Lo que explica la muchedumbre de errores que afean sus obras y que los manuales nos señalan, tal vez con el buen deseo de que no se repitan. Es claro: el hombre busca el Orden en medio del Caos, y la existencia de academias tiene la misma raíz social y psicológica que la poesía. Odiamos lo inestable y nuestro pavor ante lo desconocido nos hace buscar una cueva materna donde reine la seguridad. Y así, desde los tiempos en que Sócrates discutía el problema con sus discípulos, esa clase de profesores defiende la desesperada teoría de la racionalidad y la estabilidad del lenguaje. Pero, por desgracia, raramente la realidad parece tomar en cuenta nuestras ansiedades. Y esa melancólica tendencia es la causa de grandes desconsuelos.
El revuelto proceso de que forma parte el hombre en sociedad promueve una incesante transformación del idioma, de modo que si en un instante dado se impusiera una lengua lógicamente perfecta ─como el esperanto─ al cabo de un par de siglos habrían estallado los cuadros de su sintaxis, su léxico y su fonética. El camino del idioma es tan tortuoso e irracional como el de la vida. De otro modo el latín no se habría convertido en castellano y todavía seguiríamos hablando como Cicerón.
Los inspectores de la moralidad lingüística (cuyo oficio consiste en perseguir las malas costumbres actuales en nombre de las malas costumbres antiguas) hablan de “corrupción”. Pero, ¿por qué en ese caso no vituperan a Cervantes en lugar de divinizarlo? ¿O ignoran que ese escritor carcelario[3] escribía en latín totalmente corrupto?
En España, el casticismo es una calamidad bastante enérgica por obra de la Academia. Pero aquí nos encontramos con gentes que a pesar de sus bárbaros apellidos (y en rigor por eso mismo) resultan más españolistas que los madrileños, hasta el punto de imitar sus equivocaciones. Y así, sobre todo en la radiotelefonía, donde la tilinguería lingüística alcanza su cima, nos dice “les invitamos a escuchar”[4], tomando como elegancia lo que meramente es una confusión metropolitana de dativo y acusativo.
La idea de fijar una lengua nace de la (ingenua) creencia en su insuperable perfección. Personas anhelantes y maravilladas instan entonces a guardarla en una vitrina, a cubierto del polvo, alejada del riesgo callejero, protegida del vulgo y de los escritores descuidados. No satisfechos con el vanidoso sentimiento de poseer el mejor idioma, pretenden además ser sus depositarios absolutos.
Este asunto de la vitrina empieza para nosotros en 1492, cuando Nebrija[5] le decía a Isabel que la lengua castellana estaba “ya tanto en la cumbre, que más se pudiera temer el descendimiento della que esperar la subida”. Que Nebrija se equivocaba, como invariablemente se equivocan los gramáticos, lo demuestran algunos considerables escritores luego del peligroso momento vítreo. Pero, con teológica candidez, Nebrija creía que su época constituía algo enorme y especialísimo. La idea es cómica pero no insólita: con frecuencia se supone que el mundo ha evolucionado, pasando por amebas, megaterios y revoluciones, a través de millones de años, para que el Hombre Contemporáneo alcance una perfección insuperable. Sin advertir que una de las irremediables y melancólicas características de ese Hombre es la de estar dejando de ser Contemporáneo a cada minuto que pasa.
La idea de asimilar la lógica y la gramática fue sugerida por Aristóteles, y hubo que llegar hasta el siglo XIX para que el mito empezara a deteriorarse. Desde Humboldt[6] sabemos que el idioma no es ergon sino energía, no es producto hecho sino actividad. Y las categorías gramaticales, lejos de ser la expresión de categorías lógicas, apenas son la petrificación de hechos psicológicos. Pero la gramática no hace más que amenazarnos con sus pretensiones lógicas y sus convenciones petrificadas. Y así nos prohíben usar el apócope “recién” sino es con un participio pasado, lo que es perfectamente inútil, porque no sólo nuestras costumbres sino nuestros grandes escritores han decidido lo contrario. Como siguen escribiendo “inmiscuyo” o “agilizar”. ¿Y quién, que no sea un incurable pedante, va a decir en nuestro país “solecito”, “mamaíta” o “cieguezuelo”?
Después de todo, siempre se es bárbaro respecto del idioma precedente. Y siendo eso inevitable, es preferible quedarse con los barbarismos vivientes y expresivos, en lugar de llenarnos la boca con los barbarismos antiguos. Esos mismos preceptores que hoy nos abruman con Dante lo habrían criticado de haber sido sus contemporáneos, por su empeño de expresar su drama en dialecto vulgar, cuando dominaba el fijo, limpio y esplendoroso latín. Pero Dante les habría vuelto la espalda in gran dispitto[7], porque como todo creador sabía que el único lenguaje del artista es el viviente, el lenguaje en que se vive, se ama y se muere, el lenguaje de la pasión y de la verdad del hombre concreto.
Los gramáticos, empero, se pronuncian contra la anarquía, no queriendo ver que los únicos lenguajes que han dejado de ser anárquicos son los muertos. Y así, Américo Castro[8] nos comunica que en la Argentina “las capas inferiores de la ciudad están actuando anárquica y absurdamente sobre el idioma”. Es lícito preguntar cuándo un pueblo ha actuado de otra manera. No por cierto el pueblo español, donde el latín dio origen a productos tan curiosos como el castellano, el gallego y el catalán, mucho más absurdamente alejados del latín que el argentino del español. Pero ya hemos visto que la palara “absurdo”, que legalmente puede aplicarse al lenguaje de la ciencia, nada tiene que hacer con el idioma de la existencia del hombre.
El joven escritor de Buenos Aires se encuentra, apenas comienza a escribir, con un gran problema vinculado a todo esto que acabo de examinar; algo mucho más importante que el mero problema de nuestra propia modalidad lexicográfica (tema que ni siquiera merece ser discutido): el problema del voseo.
El voseo está hecho sangre y carne en nuestro pueblo, y no sólo en las capas inferiores de la sociedad, como menospreciativamente dice el profesor Castro, sino en la casi totalidad de nuestro pueblo. ¿Cómo no emplearlo en nuestras novelas o en nuestro teatro? El autor de ficciones no debe sacrificar jamás la verdad profunda de su circunstancia, y el lenguaje que debe emplear es el lenguaje en que su gente ha nacido, ha sufrido, ha gritado en momentos de desesperación o de muerte, ha dicho las palabras supremas de amistad o de amor, ha mezclado con sus risas o sus lágrimas, con sus desventuras y sus esperanzas. Es el lenguaje que mamamos en nuestra infancia y el que estuvo entrañablemente unido a nuestros juegos, a los pájaros y perros que nos rodearon, a nuestros sueños y a nuestras pesadillas. ¿Y quién en Buenos Aires, que no sea un personaje apócrifo o mal educado por gobernantas imbuidas de una falsa idea del idioma va a emplear el tu y sus conjugaciones en una auténtica carta de amor, en un momento de muerte o en un ruego dramático? ¿Qué argumentos puede mostrar el profesor Castro para impedirnos el uso de ese bárbaro voseo?
Si nos propone las normas escritas de la Academia, es inútil, porque ya sabemos que esas normas son violadas cada vez que un gran escritor o un pueblo necesita hacerlo; más aún: es muy difícil que se preocupe de ellas, o que siquiera las conozca o tenga presentes.
Si nos propone el célebre criterio de “los buenos autores” entraríamos en una cuestión muy desagradable para el profesor Castro; porque precisamente lo que nosotros juzgamos los buenos autores de Buenos Aires emplean el voseo en sus novelas, en su teatro y en sus poemas. Quedaría el recurso heroico de rechazar la bondad de escritores como Mansilla, Borges, Cambaceres, Payró, Hernández, Marechal, Martínez Estrada, Güiraldes o Benito Lynch. Sería duro y grotesco, pero es lo que consecuentemente debería hacer; y que acaso piensa en el fondo de su corazón y no se atreve a expresar. Porque en el fondo, hay que suponerlo, para Américo Castro un “buen autor” es alguien que escribe como Américo Castro. Por lo demás, es relativamente sencillo ponerse de acuerdo sobre la calidad de un autor cuando han pasado cuatro siglos; pero para ese entonces, lamentablemente, ya estamos escribiendo una lengua diferente, que no podemos valorar mediante las opiniones de un cadáver, aunque sea un ilustre cadáver. Quedan entonces los autores vivientes, y Dios nos libre que su jerarquía sea establecida por gramáticos como Américo Castro.
¿El “buen uso” de la lengua, entonces? ¿El uso de la gente educada? Estamos en lo mismo. Si nuestros grandes escritores incurren en el voseo y dicen la encantadora palabra “calesita” en lugar de “tío-vivo”, es muy probable, por no decir que es completamente seguro, que nuestras personas educadas han de emplear el mismo lenguaje. A menos que el profesor Castro nos diga que la gente educada a que él se refiere es la gente educada en los colegios de Toledo.
Por donde se lo busque, este problema no tiene solución para los ansiosos defensores de la gramática eterna. El lenguaje lo hace el pueblo, el pueblo todo, y, naturalmente, alcanza sus paradigmas en sus grandes poetas y escritores. Grandes poetas y escritores que jamás violan lo que en germen o tácitamente está en el ánimo de su pueblo, sino que lo llevan hasta las máximas alturas de sutileza y de expresividad.
Por lo demás, los grandes autores cometen incorrecciones gramaticales y tampoco, desde ese punto de vista, pueden ser juzgados como ejemplares de “buen uso”. Si hojeamos cualquiera de los nuestros, encontraremos a cada paso expresiones como “disiento con” o “plan a desarrollar” [9]. También leo en un escritor español “hoy hacen, señor, según mi cuenta, un mes y cuatro días…”. Acudo a uno de estos textos sagrados y verifico que, en efecto, se incurre en una bárbara falta de concordancia, y que esta conversión de acusativo es muestra de pésima educación gramatical. Pero como la frase pertenece a Cervantes, me entran dolorosas dudas sobre el valor de esas normas. Tratándose de ese autor, la mayor parte de los preceptores se pondrán o se habrán puesto ya (la lectura de gramáticas no es mi pasión) a buscarle algún justificativo y, en última instancia, no faltará quien eleve esa falta al rango de excepción aconsejada para el buen uso; ese célebre buen uso tan fácil de establecer varios siglos después, cuando se tienen todas las garantías de que ese aventurero era un genio literario. Porque con las incorrecciones gramaticales pasa como con los golpes de estado: si sus ejecutantes fracasan, el golpe es una “siniestra intentona”, y sus jefes unos “bandoleros”; pero si triunfan, señalan una fecha patria y sus cadillos se convierten en modelos nacionales que deben ser imitados.
Tuve la suerte de recibir enseñanza de castellano cuando era alumno del colegio secundario de la Universidad de La Plata, de Pedro Henríquez Ureña. Así sólo de oídas pude conocer la diaria tortura que los casticistas infligían a otros muchachos. Muchachos que recibían mala nota o eran humillados porque decían “medias” en lugar de “calcetines”, o porque no eran capaces de traducir los localismos de la condesa de Pardo Bazán. Y todavía puede leerse en grandes diarios de Buenos Aires a enérgicos inspectores que escriben artículos para denunciar los barbarismos de la lengua argentina: las “etiquetas” en lugar de “marbetes” y los “sacos” en lugar de “chaquetas”.
Terminemos, pues. Cada cierto tiempo nos anuncian que el mejor inglés se habla en Oxford y el mejor castellano en Toledo. Lo que implica algo así como ese Origen Absoluto de Coordenadas que ansiosamente buscaban los físicos anteriores a Einstein. La ciudad de Toledo representaría así la silla absoluta del lenguaje castellano, y los pobres mortales que habitamos en otras regiones del vasto imperio estaríamos condenados a farfullar dialectos más o menos monstruosos según nuestras respectivas distancias a la Silla y a la lengua platónica sobre ella.
La verdad no es ésa. Cada pueblo elabora una lengua diferente, y sus matices fonéticos y sintácticos son consecuencia inevitable de su historia, su geografía, su raza y hasta su clima y el color de los pájaros. Qué se le va a hacer. Y en cada uno de esas naciones o regiones es posible alcanzar esa lengua sus más sutiles y hermosas expresiones, en los poemas de sus grandes poetas, en las novelas de sus prosistas y hasta en la gracia inefable de sus chicos callejeros.

Ernesto Sábato
Páginas Vivas, Editorial Kapelusz, 1974


[1] Talavera de la Reina. Ciudad de España, en la provincia de Toledo, famosa por su cerámica.
[2] Tercer Reich. Alemania bajo el régimen nacionalsocialista.
[3] Escritor carcelario. Luego de vivir cinco años en cautiverio en Argel, Cervantes regresa a España. Allí es encarcelado dos veces: en Sevilla por un error de cuentas de un subordinado y en Valladolid por un dudoso hecho de sangre.
[4] Les invitamos a escuchar. Por “los invitamos a escuchar”.
[5] Antonio Martínez de Cala y Jarava conocido como Antonio de Nebrija fue el pionero de la redacción de la gramática en 1492
[6] Humboldt, Whilhelm, barón de. Filólogo y crítico alemán (1767-1835)
[7] In gran dispitto. (Del ital.). Lit., con gran desprecio.
[8] Castro, Américo. Ilustre filólogo español contemporáneo.
[9] “disiento con…”. Expresiones de uso común que por ser usadas por los mejores escritores han dejado de ser incorrectas. Porque lo que Sábato quiere decir es que el uso, impuesto por la costumbre de todo un pueblo y realzado por sus grandes escritores, legaliza esta clase de “barbarismos”.

martes, 7 de agosto de 2012

Conociendo un poco más a Borges joven


Llega un nuevo y recomendable ensayo sobre el Borges poeta

 

En "Jorge Luis Borges. Un intelectual en el laberinto semicolonial", el historiador Norberto Galasso busca detectar qué motivos llevaron al autor de "Ficciones" a pasar de un apasionado criollismo plasmado en sus poemas de juventud al irónico escepticismo político.

Escribe Juan Rapacioli (Especial de Télam)

El ensayo, publicado por Colihue, va en busca del joven Borges, un poeta formado a la manera británica que sin embargo supo correrse de la línea familiar y ampliar su búsqueda literaria por barrios porteños que lo fascinaron y le otorgaron elementos estéticos para configurar una mitología de gauchos, compadritos y cuchilleros que dejó una huella incomparable en la literatura argentina.
Pero algo fue cambiando en la vida del escritor, que lo distanció, entre otras cosas, de su temprano yrigoyenismo, y lo encaminó hacia una nueva forma de concebir la literatura, donde los juegos con el tiempo, lo fantástico y lo onírico cobrarían más importancia que las viejas aventuras poéticas que alguna vez dedicó, incluso, a don Juan Manuel de Rosas o a la Revolución Rusa, y que luego se encargaría de suprimir.
"Este ensayo intenta -dice Galasso en la introducción-, abordar este misterio de los dos Borges, pero señalando que no es al poeta a quien queremos sentar en el banquillo de los acusados, sino a quienes han sido responsables de esa ruptura en su obra y su vida, es decir, a la superestructura cultural montada por la clase dominante para ayudar a mantener el orden consagrado que resguarda sus privilegios".
- ¿Cuándo se interesó por la compleja relación de Borges con la política?
-Cuando leí "El compadre", un poema claramente borgeano, firmado por un tal Manuel Pinedo.
Me llamó mucho la atención esa forma de criollismo. Entonces fui a verlo a César Tiempo, que conocía infinidad de gente en el mundo literario, y me dijo que Pinedo no existía.
Era un seudónimo. Más tarde, en reportaje con un antropólogo, Borges reconoce que efectivamente es un poema suyo.
Me encantaban sus mitologías barriales, como sus milongas, aunque después lo escuchaba decir cosas horrendas sobre el pueblo, el tango y la política.
- ¿Ahí pensó en la teoría de los dos Borges?
- Claro, empecé a profundizar en Borges, sobre todo en sus declaraciones, como cuando le dice al padre, que era anarquista y vegetariano, que había ido a comer una parrillada con Scalabrini Ortiz, y este, indignado, le pregunta cómo se le ocurre comer vísceras de animales, alegando que en el futuro las carnicerías dejarían de existir.
Pero después, en otro reportaje, Borges menciona que a Scalabrini apenas lo trató y casi no lo conoce. Reniega de esas cosas, diciendo, por ejemplo, que Discépolo era un funcionario peronista que hacía publicidad por radio.
Todo eso me llevó a comprar sus obras completas, leerlas de a poco, y encontrarme con esta idea de que algo había pasado en su vida, obligándolo a rechazar la reedición de sus obras juveniles y encausándolo hacia una literatura que no tenía nada que ver con la latinoamericana.
- ¿Cuál destaca de esas obras suprimidas?
-Es interesante el caso de "El tamaño de mi esperanza" (1926), libro que Borges detestaba y María Kodama reeditó, donde se encuentran reflexiones como que Sarmiento era un indio norteamericanizado, recién llegado a la cultura y que por lo tanto creía que la cultura lo resolvía todo, o las reivindicaciones constantes a Yrigoyen.
Por algún motivo, después de "El hombre de la esquina rosada" (1927), Borges empieza a preocuparse más por las formas literarias que por el contenido y, quizás, "Historia de la eternidad" (1936) marca un punto de ruptura: ese punto está ligado a la muerte del padre, a su creciente ceguera, y a su trabajo en la biblioteca que lo llevó a cenar durante casi 40 años en la casa de Silvina Ocampo y Bioy Casares.
Bioy cuenta muchas cosas en su monumental biografía de Borges. Una de ellas es como ambos se metieron de lleno en la literatura fantástica y policial, géneros que tienden a evadir los problemas del lugar donde uno vive.
Pero, sin embargo, en las milongas, se da como una recuperación del Borges joven. El fascinado con los temas barriales y gauchescos.
- ¿Esas contradicciones son parte del laberinto semicolonial?
- A eso me refiero, a medida que escribía el libro, me fui dando cuenta de que hemos sido un poco injustos con Borges.
No le perdonamos ni una de las ironías políticas que decía. Y, en realidad, él también fue víctima de los dominios de la oligarquía, que lo frustraron como una gran posibilidad nacional.
Creo que Borges arrastró consigo esa dualidad: fue un hombre gélido, europeizante, lúdico y enciclopédico, pero también fue un poeta que conoció las noches, los barrios porteños, los prostíbulos y las peleas a bastón limpio.

27-07-2012 
Fuente: 
Telam

sábado, 4 de agosto de 2012

El romanticismo en el Río de la Plata


Echeverría: El héroe romántico
 

Envidio vuestro destino. Yo he gastado la vida en los combates estériles del alma convulsionada por el dolor, la duda y la decepción; vosotros se la disteis toda entera a la patria.

Es la dedicatoria de la Ojeada retrospectiva, publicada en Montevideo en 1846, a los "mártires sublimes" de la lucha contra Rosas. En los momentos más inesperados, Echeverría construye este personaje romántico: una subjetividad torturada, inestable, perpleja. Esta máscara no impidió que se lo reconociera como jefe intelectual o que fuera unánimemente elegido Presidente de la Joven Argentina en 1838. En ese año, dirigidas a la Juventud Argentina, redacta las "Palabras simbólicas", cuya edición posterior está precedida por una tirada sobre la condición del exilio, escrita en un tono próximo al de la poesía, que evoca el fraseo byroniano:

Errantes y proscriptos andamos como la prole de Israel en busca de la tierra prometida (...). He aquí la herencia que nos ha caído en suerte: oscuridad, humillación, servidumbre (...). Raza de maldición, parecemos destinados por una ley injusta a sufrir el castigo de los crímenes y errores de la generación que nos dio el ser. 

¿Cómo pueden coexistir en Echeverría, y ser aceptados por sus contemporáneos (con la excepción de Sarmiento) el perfil de un guía intelectual con el estilo, la Psicología y las imágenes de un tipo byroniano? Se trata, una vez más, de la legitimación romántica de la sensibilidad y la melancolía. […] El liberalismo político no encontró razones para privarse de cultivar una subjetividad melancólica. A este dolorismo laico que, en Europa, se despliega en los tópicos del destino, la condena y el exilio, se suma, en el Río de la Plata, la amenaza bien concreta de un exilio inminente cuyo camino ya han comenzado a recorrer los políticos e intelectuales antirrosistas. En la construcción de su personaje, Echeverría hace que concurran dos destinos: el de su situación política en un medio hostil al programa de la Joven Argentina, y el de la condición humana en sus versiones poéticas de Byron a Lamartine. La caída de la humanidad atraviesa como tema filosófico y religioso las Meditaciones de Lamartine, que Echeverría conocía de sobra; en ellas, además, Byron parece haber proporcionado no sólo la ocasión de las dedicatorias, sino también el modelo de la desesperación provocada por la pérdida del origen y el desconocimiento de la dirección en la que el destino impulsa a los hombres. El tema se repite en la poesía y el teatro románticos y parece aceptable no sólo en el discurso del poeta y del dandy, sino también en el del hombre público: en Lamartine, Echeverría pudo aprender que la melancolía no estaba reñida con la ambición política.

El héroe romántico es autoconciente. Insatisfacción y sentimiento de originalidad son ejes del conglomerado que produce una psicología cultural donde se incluyen los personajes y las máscaras de los escritores: Rene, Hernani, Childe Harold, Mazeppa, Caín y Rousseau, Chateaubriand, Senancour, Constant.  No hay razón para que Echeverría no se alineara en esta genealogía ni para que sus contemporáneos pensaran que este perfil cultural era incompatible con la acción pública. Precisamente Jouffroy, respetado en el Río de la Plata, había definido el sentimiento de carencia que está en el origen de la melancolía moderna: "Lo que falta existe, puesto que nos falta". La idea de pérdida, de caída, de privación de una herencia que obsesiona a los personajes de la literatura, bien podía ser traducida en términos de vida pública, en un espacio donde los miembros de la Joven Argentina juzgaban que la política encarnada por Rosas los había privado de un poder que hubieran debido ejercer sobre la base de una doble razón: sus ideas y su juventud. Esta desposesión es un límite considerado ilegítimo e injusto. Con esta certeza que funda una psicología de la insatisfacción se relaciona el deseo de producir aquello que precisamente falta: una nación, una cultura. El "dolor del alma" tiene una dimensión social y pública, pero, al mismo tiempo, origina el ininterrumpido movimiento de la insatisfacción, la búsqueda de la soledad, la introspección y la misantropía. 

[…] Probablemente, los fragmentos autobiográficos planteen menos el problema de contarse, esto es el de la siempre dudosa sinceridad, que el de construir un elenco temático y ensayar la primera persona en su carácter lírico y ficcional. También pueden leerse en estos textos las huellas de un tipo de autobiografía sentimental que Lamartine había practicado en "Destinées de la poésie", aparecido en la Revue des Deux Mondes en 1834 y, luego, como segundo prefacio a las Meditaciones. Como sea, fechados en 1835, estos escritos adoptan la forma epistolar que, por supuesto, tampoco carecía de modelos. Parafraseándolos de muy cerca, Echeverría escribe, en una hoja suelta de julio de 1836:

Condenado estoy a hablar siempre de mí, y por consiguiente, a lo que más he detestado y detesto.

Ritual inauguración del discurso 'sincero', ella es la apertura denegatoria del reino de los sentimientos donde se prueba la excepcionalidad como una virtud: "Cuando los otros reposan, yo estoy agitado; cuando duermen, velo". Apasionado y melancólico, Echeverría se representa como un "sensible" e incurre en todos los tópicos de esa dolencia cultural que, en Francia, se llamó el mal del siglo: la pérdida de las ilusiones, las fantasías de muerte y de huida del mundo, la enfermedad física y la ansiedad espiritual. Tipología literaria más que psicológica, de todos modos (de creerle a la descripción que hace Sarmiento de Echeverría) llegó a sobreimprimirse como una naturaleza.

Como corresponde a un "sensible", y a un romántico, el corazón rige física y efectivamente estos fragmentos:

Mi corazón es el foco de todos mis padecimientos: allí chupa mi sangre y se ceba el dolor; allí está asida la congoja que echa una fúnebre mortaja sobre el universo; allí el fastidio, la saciedad, la hiel de la amargura que envenena todo cuanto toca; allí los deseos impetuosos; allí las insaciables y turbulentas pasiones; allí, en fin, el punto céntrico sobre que gravitan todos mis afectos, ideas y sensaciones (...) Mi corazón está enfermo, y él solo absorbe casi toda la vitalidad de mis órganos. 

Víscera romántica, el corazón organiza la idea del cuerpo, define las áreas del sufrimiento físico y moral, estructura el espacio de las pasiones y proporciona, como Echeverría ya lo ha aprendido en 1829, "el mejor tipo para toda obra poética".

Echeverría también ensaya en estos escritos pequeñas escenificaciones, descripciones de paisajes en donde aparece la llanura, encuentros y desencuentros de los sentimientos y la realidad, sueños y apariciones nocturnas, microrrelatos que anticipan La cautiva, y, entre toda esta miscelánea, el episodio de la muerte de su madre, curiosamente narrado como el de una mujer amada. Más que en los poemas, en estos textos "autobiográficos" (que, en verdad, lo son de manera muy dudosa) está la marca de la lírica romántica y, sobre todo, el aprendizaje de los tópicos leídos en Lamartine o Byron. Son verdaderos ejercicios de trabajo literario, donde se ensaya de manera privada las estrategias de la escritura poética pública. Pese a su convencionalismo, son estéticamente más convincentes que los poemas contemporáneos a su escritura.

Más que contarse autobiográficamente en estos fragmentos, Echeverría imagina la biografía que corresponde al poeta que desea ser. Convencido de que de tales experiencias del alma surge la poesía, las escribe, en prosa, para ensayarlas literariamente, mirarlas desde fuera, combinarlas o repetirlas. Relaciona la esfera privada con sus deberes públicos y se reprocha debilidad frente a la enorme tarea presente (que no describe). Se refiere a la excepcionalidad de su alma de un modo que deberá atenuar en los escritos efectivamente destinados al público. Pero, al mismo tiempo, explora los límites morales e ideológicos de una sociedad sin duda menos transformada que la europea, donde escribieron sus modelos. Traza proyectos y síntesis de poemas futuros.

[…] Los fragmentos "autobiográficos", hojas sueltas, reflexiones y cartas, el proyecto de poemas largos como Gualpo, muestran las marcas estilísticas, retóricas y temáticas del romanticismo de manera mucho más obvia y, si se quiere, exageradamente, que los poemas breves publicados en Rimas y Los consuelos que, con frecuencia, no se diferencian de los escritos leves y de circunstancias de Juan Cruz Varela, el unitario neoclásico a cuyo lugar Echeverría llegó para ocupar con un mensaje nuevo. Este romanticismo exacerbado en la esfera privada, en los ejercicios literarios más que en los trabajos que juzga concluidos y publica, informa no tanto sobre Echeverría como sobre la sociedad rioplatense: si respeta al héroe melancólico, si admite a la poesía junto al discurso político, al mismo tiempo, esa sociedad elige a su poeta más en La cautiva que en la lírica breve.

Echeverría confiaba a los poemas largos, de carácter histórico-político y socio-filosófico, su reconocimiento:

En poesía, para mí, las composiciones cortas siempre han sido de muy poca importancia, cualquiera sea su mérito. Para que la poesía pueda llenar dignamente su misión profética; para que pueda obrar sobre las masas y ser un poderoso elemento social, y no como hasta ahora aquí un pasatiempo fútil, y, cuando más, agradable, es necesario que la poesía sea bella, grande, sublime y se manifieste bajo formas colosales,

escribió en una carta, poco antes de la publicación de Los consuelos. Y, sobre el final de su vida, en Montevideo, termina la redacción de lo que él considera su gran obra, El ángel caído, un don Juan sudamericano "compuesto de elementos sociales de nuestro país". Texto casi imposible de leer hoy, excesivo para las posibilidades literarias de Echeverría, encierra las claves de su programa: representación de la sociedad rioplatense y de la condición moral de la humanidad. Echeverría proyectaba también continuar La cautiva, para terminar representando en su poesía la cultura urbana y la rural, a través de formas que fueran resultado del cruce, aprendido en Byron y Lamartine, del discurso épico-narrativo y el lírico-filosófico. Atrás de estos proyectos quedó escondido, hasta que lo publicó Juan María Gutiérrez treinta años después, el texto de El matadero, tan inexplicable para sus contemporáneos que Gutiérrez lo juzga equivocadamente un ejercicio que luego sería digerido en los versos de Avellaneda.

Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo (1983)

(Fragmentos) ENSAYOS ARGENTINOS - De Sarmiento a la vanguardia, Compañía Editora Espasa Calpe Argentina S.A. / Ariel, 1997


sábado, 21 de julio de 2012

Enrique González Tuñón


Tiendas de ultramarinos

 

Ese olor de las tiendas de ultramarinos. ¿Recuerda usted? En pleno centro, a veces. O mejor, en la calle Pedro de Mendoza, o en Junín y Corrientes. Olor de vodka y salmón en lata; de arreos de pesca y arenque ahumado. Ese olor.

Ese olor a color de mapa
Ese olor a ruido de motor de remolcador.
Ese olor a Hotel de Inmigrantes.
Ese olor a colonia extranjera. Ese olor.

Ese olor fresco del alambre y la cuerda; ese olor húmedo, espeso, de mostrador y trastienda; de comida dulce; de dulce agrio; de ropa comprada en puertos; ese olor ultramarino. Ese olor.

Ese olor a comida en las calles Veinticinco de Mayo, Reconquista o Leandro Alem. Olor a agencia de colocaciones, también. Y a calentador a kerosene. A tufo de calentador. A violín sacado del baúl lleno de polvo. A armónica. A afiches de la guerra ítalo-turca o anglo-boers. Ese olor.

Ese olor a tricomía de Trípoli. De familia real española. Ese olor.
Ese olor ultramarino.
Ese olor azul de mapa y ojo de buey.

El personaje de Proust por el aroma de una taza de té, reconstruye todo un tiempo perdido, pasado. Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. Huele a Cementerio ¿verdad? A 1910. La infanta Isabel. El Presidente Montt. Roque Sáenz Peña. Las primeras huelgas y manifestaciones. El abigarramiento en el Hotel de Inmigrantes, las terceras, la carta de España, la Exposición, las tiendas de ultramarinos.

Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. ¿Huele a retrato antiguo, verdad? A postal en colores. La Plaza del Congreso. El monumento de los Españoles. Un niño con sombrerito de paja que cruza la calle. Un fiacre. Un tranvía a caballos. El mayoral.

Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. Huele a heliotropo, brocamelia y alelí. Huele a Parece que Fue Ayer. A trencito del Parque Japonés. A cuello Mey. A bigotera y cosmético. A 1914. Huele a progroms. A guerra europea.

Los diarios nos recuerdan cada día ese olor, esos olores.
Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, Polonia... Kovno, Vilma, Helsingfors, Riga...
Inmediatamente se desparrama un olor a arenque ahumado, a pepinos en vinagre, a salmón en lata, a pescado en barrica, a esturión, a bacalao, a arreos de pesca, a... un olor ultramarino. (Todo esto puede ser un poco literario, pero ustedes comprenderán).

En seguida, el paisaje. Ahora hay sobresalto en el mar, en las rías y en los ríos; en los prados y en las colinas.

¿Qué será de esos paisajes reproducidos en los atriles de algunos pianos automáticos?
¿Qué será de la rueda del molino mal pintado?
Vemos a una mujer gorda cortando pescado sobre una tabla. (La gorda de la pescadería).

A un grupo de hombres del norte cuchicheando a la puerta del café maloliente. A un vendedor de diarios cuyos títulos no podremos deletrear nunca. A un sacerdote de una religión extranjera –y extraña–.  A un retrato de novios, en el fondo de la sala, sobre unos tarros de compota de penetrante olor (ultramarino). A alguien que cruza la calzada llevando a un niño en la mano. A un niño agitando desde la borda de un barco de carga su gorra de pana (ultramarina). Y, finalmente, a una pandilla de chiquillos rubios, rotosos, sucios, que hablan ya el lenguaje de la calle, el lenguaje argentino, mientras la más vieja de las mujeres, la más vieja, mueve melancólicamente la cabeza y habla todavía del barco como el gringuito cautivo de “Martín Fierro”.

Y, sobre la mesa, el diario, y en el diario los telegramas fechados en esos lugares (ultramarinos) que, sin duda, no conoceremos nunca. Y entonces, al puchero cotidiano se mezcla un súbito y profundo olor (ultramarino) de arenque ahumado, de salmón en lata, de pepino en vinagre, de pescado en barrica.

Es curioso.
Y triste, bien triste, muy triste. (Ultramarino).

 
Enrique González Tuñón

Del libro En la calle de los sueños perdidos, Buenos Aires, Litterae Sociedad Editorial Americana, 1941
Imagen bajada de: Wikipedia

sábado, 14 de julio de 2012

Lo dijo Vargas Llosa


Un mundo sin novelas


La literatura es mucho más que un pasatiempo. Entre otras cosas, contribuye a crear ciudadanos libres y críticos.


Muchas veces me ha ocurrido que un señor se me acerque con un libro mío en las manos y me pida una firma, precisando: “es para mi mujer, o mi hijita, o mi madre. Es una gran lectora”. Yo le pregunto “ Y a usted, ¿no le gusta leer?”. La respuesta rara vez falla: “Si, claro, pero soy una persona muy ocupada”. Ese señor, esos miles de miles de señores iguales aél, tienen tantas cosas importantes, tantas obligaciones y responsabilidades, que no pueden perder su tiempo con una novela.

Para ellos, la literatura es un entretenimiento que pueden permitirse quienes disponen de mucho tiempo libre. Me propongo formular aquí algunas razones contra esta idea, y a favor de considerarla, además de un de los más enriquecedores quehaceres del espíritu, una actividad irremlazable para la formación del ciudadano en una sociedad moderna y democrática, y que, por lo mismo, debería inculcarse en las familias dese la infancia y formar parte de todos los programas de educación.

Vivimos en una era de especialización debido al prodigioso desarrollo de la ciencia y la técnica, y a su fragmentación en inumerables avenidas y compartimientos.  La especialización trae muchos beneficios, pues permite profundizar en la exploración y la experimentación, y es el motor del progreso. Pero tambíen va eliminando esos denomidadores comunes de la cultura gracias a los cuales podemos coexistir, comunicarnos y sentirnos solidarios. Conduce al cuarteamiento del conjunto de seres humanos en guetos de especialistas a los que un lenguaje, unos códigos y una información sectorizada confinan en aquel particularismo contra el que nos alertaba el refrán: no concentrarse tanto en la hoja como para olvidar que es parte de un árbol, y éste, de un bosque. De tener conciencia cabal de la existencia del bosque depende en buena medida el sentimiento de pertenencia que mantiene unido al todo social. Ciencia y técnica, pues, no pueden cumplir esa función integradora.

La literatura, en cambio, es un denominador común de la experiencia humana. Los lectores de Cervantes o de Shakespeare, de Dante o de Tolstoi, nos entendemos y nos sentimos miembros de la misma especie porque en sus obras aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, sin importar las ocupaciones, los designios vitales, las geografías, las circunstancias y los tiempos históricos.

Y nada defiende mejor contra la estupidez de los prejuicios, del racismo, de la xenofobia, del sectarismo religioso o político, o de los nacionalismos excluyentes, como esta comprobación incesante que aparece siempre en la gran literatura: la igualdad esencial de todos los hombres. Nada enseña mejor que las buenas novelas a ver, en las diferencias étnicas y culturales, la riqueza del patrimonio humano y a valorarlas como una manifestación de su múltiple creatividad.

Leer buena literatura es también aprender qué y cómo somos en nuestra integridad humana, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia. Este conocimiento sólo se encuentra en la novela. Ni siquiera las otras ramas de las humanidades, como la filosofía, la historia o las artes, han podido preservar esa visión integradora de un discurso asequible al profano, pues han sucumbido también al mandato de la especialización.

Ese sentimiento de pertenencia a la colectividad humana a través del tiempo y el espacio es el más alto logro de la cultura y nada contribuye tanto a renovarlo en cada generación como la literatura.

Ahora bien, ¿qué ha dado a la humanidad la literatura? Uno de sus primeros efectos benéficos ocurre en el plano del lenguaje. Una comunidad sin literatura escrita se expresa con menos  presición, riqueza de matices, claridad, corrección, profundiad y rigor que otra que ha cultivado los textos literarios. Una humanidad sin novelas se parecería mucho a una comunidad de tartamudos y de afásicos. Esto vale también para los individuos. Una persona que no lee, o lee poco, o lee sólo basura, puede hablar mucho, pero dirá siempre pocas cosas, porque dispone de un repertorio mínimo de vocablos para expresarse. No es una limitación sólo verbal; es, al mismo tiempo, una limitación intelectual, una indigencia de pensamientos y de conocimientos, porque los conceptos mediante los cuales nos apropiamos de la realidad no están disociados de las palabras a través de los cuales los reconoce y define la conciencia.

Ninguna disciplina puede sustituir a la literatura en la formación del lenguaje. Los manuales científicos y los tratados técnicos no enseñan a expresarse con propiedad. Al contrario, a menudo están muy mal escritos, porque sus autores, a veces indiscutibles eminencias en su profesión, no saben comunicar sus tesoros conceptuales.

Otra razón para dar a la novela una plaza importante en la vida de las naciones es que, sin ella, el espíritu crítico, motor del cambio histórico y el mejor valedor de la libertad sufriría una merma irremediable. Porque toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos. En ella alienta un predisposición sediciosa, insumisa, revoltosa, inconformista.

La literatura es un refugio para aquel al que sobra o falta algo para no ser infeliz. Salir a cabalgar junto al escuálido Rocinante y su desbaratado jinete por los descampados de La Mancha, recorrer los mares en pos de la ballena blanca con el capitán Ahab o convertirnos en insecto con Gregorio Samsa es una manera astuta de desagraviarnos de las imposiciones de esa vida injusta que nos obliga a ser siempre los mismos, cuando qusiéramos ser muchos.

La novela sólo apacigua momentáneamente esa insastifacción vital, pero en ese milaroso intervalo, en esa suspensión provisional de la vida somos otros. Más intensos, más ricos, más complejos, más felices, más lúcidos. La literatura nos permite vivir en un mundo cuyas leyes transgreden las leyes inflexibles por las que transcurre la vida real, emancipados de la cárcel del espacio y del tiempo en la impunidad para el exceso y dueños de una soberanía sin límites. ¿Cómo no quedar defraudados luego de leer La Guerra y la Paz o En busca del tiempo perdido, al volver a este mundo de pequeñeces, de limitaciones y servidumbres, de fronteras y prohibiciones que nos acechan por doquier y que cada paso corrompen nuestras ilusiones?

Es decir, la vida soñada de la novela es más bella, diversa, comprensible y perfecta que la real. Ésa es, acaso, la mejor contribución de la literatura al progreso: recordarnos que el mundo está mal hecho y que podría estar mejor, más cerca de lo que nuestra imaginación es capaz de inventar.

Una sociedad democrática y libre necesita ciudadanos responsables, crítcos, independientes, difíciles de manipular, en permanente movilización espiritual, conscientes de la necesidad de someter continuamente a examen el mundo para tratar de acercarlo a aquel en que quisiéramos vivir.

Sin esa insatisfacción y rebeldía viviríamos todavía en estado primitivo, no habrá nacido el individuo, ni la ciencia ni la tecnología hubieran despegado, ni los derechos humanos serían reconocidos, ni la libertad exitiría. Todos ellos son critaturas nacidas a partir de actos de sumisión contra la vida. Para este espíritu que desacata la vida real como es, y con la insensatez de un Alonso Quijano (cuya locura nació de leer novelas de caballerías) busca materializar el sueño, lo imposible, la literatura ha servido de formidable combustible.

Hagamos un esfuerzo de reconstrucción histórica fantástica, imaginando una humanidad que no hubiera léido novelas. En aquella civilización, en la que prevalecerían acaso sobre las palabras los gruñidos simiescos, no existirían ciertos adjetivos formados a partir de la creaciones literarias: guijotesco, kafkiano, orwliano, sádico, masoquista y muchos otros. Habría locos, víctimas de paranoias y delirios de persecución, y bípedos que gozarían recibiendo o infligiendo dolor, ciertamente. Pero no habríamos aprendido a ver detrás de esas conductas aspectos esenciales de la condición humana, algo que sólo el talento creativo de Cervantes, Kafka, Sade o Sacher-Masoch nos reveló. Cuando apareció el Quijote, los primeros lectores se mofaban de ese iluso extravagante. Ahora sabemos que todos los disparates que hace son una manera de protestar  contra las miserias de este mundo y de intentar cambiarlo. Las nociones misma de ideal y de idealismo no serían lo que son sin haberse encarnado en aquel personaje con la fuerza persuasiva que le dio Cervantes.

El adjetivo kafkiano viene a nuestra mente cada vez que nos sentimos amenazados, como individuos inermes, por esas maquinarias opresoras y destructivas que tanto dolor y abusos e injusticias han causado en el mundo moderno: los regímenes autoritarios, los partidos verticales, las iglesias intolerantes, las burocracias asfixiantes. Sin los cuentos y novelas de ese atomentado judío de Praga que vivió siempre al acecho, no hubiéramos sido capaces de entender con la lucidez que hoy es posible hacerlo el sentimiento de importencia del individuo aislado, o de las minorías discriminadas y perseguidas, ante los poderes que pueden pulverizarlos sin que los verdugos tengan siquiera que mostrar la cara.

El adjetivo orwelliano, primo hermano de kafkiano, alude a la angustia opresiva y a la sensación de absurdidad extrema que generan la dictaduras totalitarias del siglo veinte, las más refinadas, crueles y absolutas de la historia, en su control de los actos, las psicologías y hasta los sueños de los miembros de una sociedad. En Animal Farm y 1984 , George Orwell describió, con tintes pesadillescos, una humanidad sometida al control de Big Brother, amo absoluto que, mediante la eficiente combinación de terror y moderna tecnología, ha eliminado la libertad, la espontaneidad y la igualdad y convertido la sociedad en una colmena de autómatas.

Es verdad que la profecía siniestra de 1984 no se materializó y el comunismo tatalitario desapareció en la Unión Soviética y comenzó a deteriorarse luego en China y en esos anacronismos que son Cuba y Corea del Norte. Pero el vocablo orwelliano sigue vigente, como recordatorio de una experiencia político-social devastadora sufrida por la civilzación, y que los textos de Orwell nos ayudaron a entender.

De donde resulta que las invenciones de los grandes creadores literarios nos abren los ojos sobre aspectos desconocidos y secretos de la condición humana. A veces el semblante que se delinea en el espejo que las novelas nos ofrecen de nosotros mismos es el de un monstruo. Ocurre cuando leemos las horripilantes carnicerías sexuales fantaseadas por el divino marqués, o las tétricas dilaceraciones y sacrificios que pueblan los libros malditos de Sacher-Masoch. Y, sin embargo lo peor de esas páginas no es la sangre, la humillación y las torturas; es descubrir que esa violencia y desmesura no nos son ajenas, que esos monstruos ávidos de transgresión y exceso se agazapan en lo más íntimo de nuestro ser y que aguardan un ocasión propicia para imponer su ley.


Bárbaro, huérfano de sensibilidad y torpe de habla, ignorante y ventral, el mundo sin novelas de esa pesadilla tendría como su rasgo principal, el conformismo. También en ese sentido sería un mundo animal. Los isntintos básicos decidirián las rutinas cotidianas de una vida lastradas por la lucha por la supervivencia, el miedo a los desconocido, la satisfacción de las necesidades físicas, la monotonía aplastadora y el pesimismo, la sensación de que la vida es lo que tenía que ser y que nada ni nadie podrá cambiarlo.

Cuando uno imagina un mundo así, tiende a identificarlo de inmediato con lo primitivo y el taparrabos, con las pequeñas comunidades mágico-religiosas que viven al margen de la modernidad en América Latina, Oceanía y África.

La verdad es que el formidable desarrollo de los medios audiovisuales, que, de un lado, ha revolucionado las comunicaciones y, de otro, monopoliza cada vez más el tiempo que dedicamos al ocio y a la diversión, arrebatándoselo a la lectura, permite concebir, como posible escenario del futuro mediato, una sociedad modernísima, erizada de ordenadores, pantallas y parlantes y sin libros. Ese mundo cibernético, me temo, sería profundamente incivilizado, sin espíritu, una resignada humanidad de robots.

Desde luego, es más que improbable que esta perspectiva se llegue jamás a concretar. No hay un destino preestablecido que haya decidido por nosotros lo que vamos a ser. Depende de nuestra visión y voluntad que esta macabra utopía se realice o eclipse. Si queremos evitar que se realice, hay que actuar. Hay que leer buenos libros, e incitar a leer a los que vienen detrás.

Por Mario Vargas Llosa



Este es, condensado, el discurso que pronunció Vargas Llosa en febrero de 2000 en el Círculo de Bellas artes de Madrid, como parte del simposio “la educación y los valores”, que oarganizaron Fundación  Argentaria y el Ministerio de Educación, Cultura, de España.