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viernes, 10 de julio de 2015

Paco Urondo entrevista a Cortázar




“Julio Cortázar: el escritor y sus armas”, por Francisco Paco Urondo

Fuente: Revista Panorama, Nº 187, noviembre de 1970.




Usted acaba de sostener que las diferencias sociales podían ser el común denominador para los países de América Latina. Antes, había hablado de un destino socialista de esos países. El hecho de ir caminando hacia el socialismo, ¿es otro punto común, otro parámetro?  
Yo no diría caminando. Diría que a esta altura de las cosas, después de lo que ha hecho Cuba y de lo que estamos viendo en Chile (y las tentativas más tímidas pero interesantes en Bolivia y en Perú), parecería que cada vez más hay, aunque parezca una paradoja, una toma de conciencia inconsciente por parte de las grandes masas que, durante mucho tiempo, aceptaron su situación sin mayores protestas, salvo los grupos de choque. Pero toda esa masa indiferente, ese campesinado, fue sometida al régimen de gamolnales, de los patrones y de los grandes capataces. Ahora tengo la impresión de que eso se está quedando rápidamente atrás, es decir que el último peoncito tiene ya en el fondo de la cabeza la noción de que algo puede pasar, de que algo va a pasar: un individuo que puede ser perfectamente incorporable a un movimiento que vaya hacia el socialismo. Y se irá en la medida en que tengamos los hombres, las vanguardias. Yo soy muy desconfiado del concepto de caudillo: cuando sale un Fidel Castro, vale la pena, pero cuando salen... bueno, para qué nombrarlos, los Somoza, los Trujillo y "compañía limitada"... Por eso no es fácil decir que estamos en camino hacia el socialismo. Yo creo que hay una cierta tendencia. Parecería que se están empezando a cumplir algunas condiciones básicas que facilitarían -que van a facilitar, de eso estoy convencido- un avance hacia la izquierda. Sería una ruptura de la alienación, del estado de enajenación de las grandes masas latinoamericanas.
Habló usted también de la desnivelación social. ¿Cree que los problemas del hombre de América estarían resueltos con una nivelación económica? 
No, no lo creo. Por empezar, creo que esa nivelación se puede lograr, pero sólo a través de la revolución, como consecuencia de una revolución; pero yo dudo mucho que se pueda lograr por una vía reformista o progresista.
¿Tiene entonces dudas sobre el proceso chileno? 
Me parece que el gobierno de Chile, tal como se autodefine, puede tomar una serie de medidas y dar una serie de pasos bastante importantes y algunos bastante radicales. Pero tendremos que ver qué pasará el día -si ese día llega- en que el gobierno intente o procure realmente dar el gran paso hacia un socialismo auténtico y no institucional. En ese momento creo que habrá toda clase de tentativas para echar abajo el gobierno, para neutralizarlo. Tentativas internas y tentativas con las complicidades externas obvias. Creo que en Chile puede darse un caso parecido al que se da en llamar el socialismo en Argelia. No conozco muy bien los problemas de Argelia, pero es obvio que el socialismo de Boumedienne es un socialismo bastante tímido.
Si se concretase la liberación económica -sea como fuere- del continente, ¿cree que allí terminaría el proceso? 
No, por supuesto. Es fundamental que la gente coma, pero de qué serviría que la gente coma y eso le dé un cierto equilibrio si es que sigue tan alienada como antes y sometida, por ejemplo, a la influencia yanqui en todos los aspectos. Viviría el mismo drama que viven las sociedades de consumo.  (...)
En estos últimos ocho largos años que pasó fuera del país, han ocurrido estas cosas, estos cambios en América Latina y en usted. Al cabo de todo eso, usted ha regresado. ¿Cómo lo ve? 
Esto hará sonreír irónicamente a todos los que reprochan mi alejamiento. Afectivamente, sigo estando tan vinculado con la Argentina como cuando me fui. De aquí se podría inferir que cuando me fui yo no estaba muy vinculado y es verdad en alguna medida; yo me creo un argentino y he tenido siempre con la Argentina una relación de tipo amoroso, esa clase de vínculo con una mujer con la cual se tienen relaciones difíciles, profundamente amorosas, pero difíciles, continuos choque, continuas repulsas. Y cuando digo la Argentina, quizá tenga que decir América Latina, y Cuba también: en mi temperamento hay un montón de cosas que se adecuan mejor con lo europeo que con lo latinoamericano. Y me complace decirlo porque no decirlo sería una cobardía; es la verdad. Me importa un bledo que a partir de aquí vuelvan a acusarme de europeo disfrazado de latinoamericano. Por ejemplo, he llegado aquí a Buenos Aires, hace dos o tres días; todo el mundo me decía que Buenos Aires estaba muy cambiado. Pero por lo poco que he andado por la calle no veo la ciudad nada cambiada: me siento como si mañana tuviera que dar examen en el Mariano Acosta, igual que cuando era estudiante. Es exactamente igual, no han pasado treinta años. A lo mejor es porque mi sentimiento del tiempo es un tanto anormal; yo vivo en un tiempo que es evidentemente distinto. Cada uno es loco a su manera, y yo tengo mi locura: mi espacio y mi tiempo son diferentes. Entonces vengo aquí a la Argentina y ya no digo ocho años: son veinte años los que están abolidos. Tengo que hacer un esfuerzo para aceptar que la confitería London ya no está como estaba, porque, en el fondo, me sigue pareciendo que está.
Cuando usted vio la esquina y las obras de refacción, recordó que ahí empezaba y terminaba su novela Los Premios. Luego dijo que lo había entristecido verla así. 
Claro, me entristeció porque es el café de mi juventud, ese café donde yo me juntaba con todas mis novias y donde me encontraba con mis amigos y donde todos los mozos eran mis amigos. Y no sé, había una cosa en ese café que me gustaba. Ese café y el Boston, que desapareció antes; bueno, y que sé yo, y algunos Paulistas. Son "los cafés" y los cafés son un poco para mí como las galerías cubiertas en mis cuentos y en mis novelas: lugares mágicos de pasaje. Uno entra en un café y es una tierra de nadie, un punto donde uno va a encontrarse con alguien o a buscar algo, y cuando se sale siempre ha sucedido algo o puede suceder algo: los cafés son para mí una especie de puente. Entonces, claro, me entristeció ver que ya no es el London.
Sí, y parece que esta vez su esquema se hubiese dado al revés: es el café el que cambió; lo de afuera está como estaba. 
Una ciudad es muchas cosas, pero la estructura general de la ciudad, es decir, la cara de la ciudad, me ha parecido la misma. Lo vi al salir del subte. Me quedé asombrado al ver la calle Florida: estaba el monumento a Sáenz Peña, la casa Etam con su cartel luminoso, tal como yo los he visto siempre, tal como estaban hace veinte años.
¿Y recordó que la palabra Etam era "mate" al revés? 
Sí, yo juego mucho con dar vuelta las palabras, porque además es un medio de conocimiento. Creo que los cabalistas tenían razón: en las palabras hay cosas muy extrañas.
Además de los cabalistas, los reos usan el "vesre". 
Y seguro, porque los reos por algo son reos; no cualquiera es reo. Es una cosa que hay que merecerla, como ser loco. Desde luego: abogado es cualquiera, pero reo no es cualquiera; es una cosa muy importante.
¿Usted se considera un reo? 
Bueno, yo soy muy bien educado, como se habrá podido dar cuenta.
¿Pero se considera un tipo auténticamente de barrio? 
¡Cómo no! Me crié en un suburbio, en Banfield, y me eduqué en el barrio de Once; viví en Villa del Parque y en Villa Devoto, que eran bastante espesos en esa época. He sido un tipo de andar por los cafés de La Paternal y de Villa Urquiza, que tienen lo suyo. Son esas las zonas de Buenos Aires que conozco mejor. Y el centro también.
¿Tipo del centro también? 
Sí, sobre todo a partir de cierta edad.
Tipo de barrio, tipo de centro; usted es tipo internacional, de mundo, si se quiere. Creo que esto tiene mucho que ver con usted y con su lenguaje, donde parecen hablar a veces esos reos y locos, por citar personajes que le resulten respetables. Me llamó la atención cómo el otro día se interesó cuando yo dije la palabra "yeite". 
Claro, porque para mí era "guille", "yeite" es una novedad. Las denominaciones del dinero, por ejemplo; la primera vez que oí la palabra "luca", no supe lo que era, porque en mi tiempo no se decía "luca".
Creo que esto también tiene que ver. Que todo tiene que ver con todo.  
Yo también.

sábado, 7 de julio de 2012

Gamerro y la ficción literaria



 Carlos Gamerro: El universo McDonald’s es tan ordenado que destierra al azar

Autor del cuento Las hamburguesas del mal, sobre el icono de comida chatarra, recorre el espacio que inspiró su ficción.



Acodado en la mesita del McDonald’s, ensimismado en sus pensamientos, imaginó una historia. Miró a su alrededor y vio un mundo. Harto de la depreciación literaria del no lugar (shoppings, aeropuertos y McDonald’s), el escritor Carlos Gamerro, autor de las novelas Las islas y La aventura de los bustos de Eva, entendió que la casa de comidas rápidas era el antídoto perfecto contra el costumbrismo. Quiso neutralizar esa manía tan argentina de buscarle a toda historia su color local, ese tonito autóctono manifiesto en un bar, una casona chorizo, un club de barrio. Esta vez sería distinto: como en un extenso poema de corriente de la conciencia (hacer poesía de McDonald’s no suena mal, dirá el autor) fue tomando forma Las hamburguesas del mal, un brillante cuento incluido en El libro de los afectos raros (2005, Editorial Norma), algo así como la primera ficción dedicada al fast food. La de Gamerro es una historia trágica que se sitúa en la mesa junto a la isla de juegos, marcada por la amabilidad insana del empleado del mes, por la adicción al Big Mac, el orden rutinario de la comida ordenada en tres tamaños (“como la ropa y las personas”), en un universo cerrado que sobreimprime intensidad e intimidad al lugar menos pensado. 

Siniestro –cree Gamerro, en consonancia con Freud– es lo que surge de lo familiar cuando se desnaturaliza. Es eso que –como sucede en sus otros relatos recién publicados– remite a lo raro, lo no tan común, lo que es escaso y valioso, o poco frecuente y rechazado por la mayoría. Las hamburguesas... es un relato particular sobre un hombre cualquiera abandonado en el local de Kroc (Ronald McDonald en la versión norteamericana), allí donde la vida parece no transcurrir, donde faltan almanaques y relojes y –sin embargo– se festejan muchos cumpleaños, donde la sonrisa perpetua es más el testimonio de una posesión endemoniada que un gesto de generosidad o confianza...; es sobre un territorio que otros tantos desprecian, al que apenas el cineasta Morgan Spurlock dedicó un documental más que crítico... ese lugar al que la alta literatura no dedicaría más que la mueca del asco o la indiferencia. Ese lugar mereció la atención de Gamerro, en cuyo hábitat situó a un hombre sufriente en lo peor de un calvario personal, bajo esas luces dicroicas, en extraña e íntima relación con el empleado del mes y con estrategias calculadas para no perder su mesa de todos los días. Ese hombre reclama su trono bajo la estatua del payaso Ronald McDonald, bajo la mirada preocupada del custodio. Como un cronista del ámbito real en el que cientos pasan parte de sus días, fascinado con el contexto de observación, Gamerro escribió: “Creen que están a salvo porque no son capaces de imaginar una vida menos afortunada que ésta, el reverso oscuro y revuelto de todo lo que aquí dentro está parcelado y ordenado, la gaseosa en tres tamaños, chico, mediano, grande, como vienen la ropa y las personas, los helados soft con volutas programadas, las ensaladas eternamente frescas en sarcófagos de celuloide transparente. Pero puertas afuera, en la noche indistinta, acecha una realidad intestinal y temible, dejada de la mano de Kroc”. Se le pide, como parte de una crónica-performance para Página/12 (que recibe de buen grado), que visite otra vez esa tierra de fantasías, el origen de su relato fundador –de los únicos que existen en la Argentina, además de unas referencias ligeras de César Aira al local de Pumper Nic– para mirar y contar, más en el rol de un cronista que de un novelista, ahora que está de moda pedir al escritor que visite lugares in situ en el año del redescubrimiento de la crónica. “En Las hamburguesas del mal no se termina de ver dónde está la corriente afectiva entre un adicto a McDonald’s y un empleado del mes –dice Gamerro–. No se termina de saber si cuando lo echan se condena o se salva. Es un tipo de narrador que comparte ciertas características con el de otro cuento mío llamado Tarde perfecta con una loca: obsesivo, que vuelve siempre sobre lo mismo, vinculado con la escritura como con un monólogo.” 
¿Por qué se fijó Gamerro en el McDonald’s? ¿Y cómo fue que anticipó esa ciudad maloliente de cartoneros y revolvedores de basura que hacen base en la puerta de esos locales al caer la noche, allí entre la gigantografía del payaso y las bolsas de polietileno negro? “Se mezclan horriblemente el pastelito de manzana mordido con la ensalada mustia –escribió Gamerro–, se derraman las papa fritas exangües en la boca abierta del vaso grande destapado, ensopándose de espesa gaseosa negra...” El origen es muy sencillo: “Viene de una experiencia personal muy concreta: es sobre un padre que pierde a su hija; y surge de una experiencia personal mía: mi primer hijo se murió. Recuerdo haber ido a la maternidad a hacer trámites con posterioridad a la muerte de mi hijo, salir de ahí e ir a comer al McDonald’s y estar rodeado de otros niños con una sensación rara, sabiendo que eso que me había pasado no podía entrar a esa otra dimensión. Con una sensación de irrealidad que me hacía pensar en el infierno, que eso mismo era el infierno”. 
–Un universo de una extraña intensidad... todo lo contrario al concepto que le atribuye ser un no lugar...
–Es ya un cliché pensarlo como un no lugar. Yo lo veo como una burbuja que te pone afuera del espacio, fuera del tiempo. Y por eso me parece absurdo festejar un cumpleaños en McDonald’s. Haber encontrado la poesía de McDonald’s tiene lo suyo: siento que la pude poner en palabras. Desde el lado metafísico, es un universo tan ordenado que destierra al azar...; allí nada puede pasar que se salga de lo previsible. Uno sabe exactamente lo que va a suceder y, en cambio, vas a un restaurante cualquiera y es lo imprevisible. Un ámbito así necesita su revés siniestro. 
–Usted anticipó en Las hamburguesas... la ciudad de los revolvedores de basura...
–Incluso el relato es bastante anterior a todo esto que pasa, pero hay una previsión. Ya en mi novela Las islas, un personaje hace una comparación entre los McDonald’s y los Pumper. El Pumper era una especie de atmósfera zen, muy silenciosa, muy tranquila, como contracara de una época de McDonald’s en la que sintetizaba lo nuevo, lo hiperactivo, lo sacado. En Pumper la voz del tipo decía pausadamente frenys... Coca..., allí todo era muy lento.... 
Los escritores no cuentan historias de McDonald’s. ¿Qué es lo que no les interesa? Tal vez esa compulsión a la repetición (un mismo orden, el uniforme, los sabores que se reiteran invariables en Argentina y en el mundo). O será por la falta de matices en la ropa y en los locales, esa unidimensionalidad que equipara olores e imágenes hasta hacerlos monolíticos, dictatoriales.... Podría pensarse que todo eso junto direcciona la mirada y la prosa hacia un único lugar que no requiere de una subjetividad y se siente a salvo de cualquier aporte del escriba. Carlos Gamerro cree todo lo contrario. “Un espacio como McDonald’s –contrapone– es un excelente antídoto contra el costumbrismo, en reemplazo del bar barrial. Es una alternativa a seguir buscando lo propio de manera reductiva. Es tan claro que cualquier intento de representación de la realidad, o de la actualidad, se limita a unas pocas imágenes. Todos los lugares internacionalizados, globalizados, son fundamentales para no caer en algo de reaccionario-nostálgico de ir a buscar siempre lo propio-típico, la cuota de color local. Y existen pequeñas diferencias. Como se dice en Pulp Fiction, de Quentin Tarantino: en Francia al cuarto de libra le dicen Royal con queso.” 
Supone Carlos Gamerro que hay una nueva camada de escritores que podría empezar a fijarse en espacios como el de McDonald’s, el que ahora visita para posar acodado como el personaje de su cuento, el que lo inspira a semiabrazarse al muñeco del payaso. En cualquier caso, le gusta pensarse a sí mismo en su condición de pionero. “Ya en Las islas –dice– laburaba sobre nuevos espacios: inventaba un nuevo edificio de la SIDE en los sótanos de un shopping en el cruce imposible de Córdoba y Paraguay; hablaba del tránsito del proceso al menemismo. Era el mismo edificio pero invertido: sobre la tierra y por debajo, como metáfora espacial sobre el terror de Estado y la economía como su reflejo invertido.” Le atrae, también, entenderse como un cronista que necesita de la investigación y el trabajo de campo para formar su trama, uno que recorre las caras extasiadas de los niños, esa ligera decepción en el momento de la mordida como en el código de las películas porno donde la concreción defrauda..., todo eso vio, y vuelve a ver este día..., todo eso se lee también en su cuento sobre una adicción a un lugar. “Yo siempre encaro algún tipo de investigación: he ido mucho a McDonald’s... La sensación es de cierto interés por cómo lograron meterse en la cabeza de los chicos para darles ciertas cosas que ellos quieren, más allá del juguetito –explica–,... cómo ofrecen lo previsible, lo rutinario, al mismo tiempo horrible y fascinante. Imagino una novela, pero sería todo un desafío donde habría que incorporar a todos los niveles de los que trabajan ahí, en ese ambiente alegre, festivo, pero en el anonimato más absoluto.”

Mientras recorre los pasillos mínimos entre las mesas empotradas, cuando se codea con un pedigüeño inmediatamente expulsado por el guardia –incluidas la palmada y la sonrisa–, Carlos Gamerro dice que es posible pensar esta red de relaciones y sabores sólo en términos de oposición. Será entre un adentro previsible, seriado, y un afuera amenazante que desordena y desmoraliza. Será, también, acorde con la lógica desaforada y compulsiva del porno, contraria a las leyes del erotismo de tipo sensual. “El amor y el deseo van por carriles distintos –dice el escritor excursionista–. Son dos fuerzas que tienen lógicas y reglas distintas y que no tienen por qué ir siempre juntas. El anhelo de esta comida es como la necesidad de un adicto. El momento de la sensualidad por la comida es cuando entra en la boca y en McDonald’s ese minuto es el de la decepción máxima, cuando uno piensa cómo pudo anhelar eso. El instante en que se satisface el deseo es el de la máxima decepción y, sin embargo, vuelve a generar deseo. Es la lógica de la compulsión a la repetición, como en una película porno.”


 Julián Gorodischer


Publicado en Página12, el 21 de diciembre de 2005




















sábado, 18 de junio de 2011

Carlos Gamerro "Reportaje sobre su ensayo Ulises"

Secretos de una asombrosa catedral de sonido
Reportaje a Carlos Gamerro sobre su ensayo Ulises
Por Augusto Munaro

Paradójicamente, ciertas obras maestras de la literatura universal han perdurado debido al grado de complejidad de su escritura, siendo siempre leídas por un reducido número de lectores entendidos. La nómina podría encabezarse con Orlando furioso de Ludovico Ariosto ó La Reina de las hadas del poeta isabelino Edmund Spenser. Vastos poemas cuya opulencia imaginativa han favorecido su intraducibilidad e ilegibilidad. Dos condiciones que atentan la exigua paciencia del lector moderno. Esta breve lista podría cerrarse con la inclusión de la novela Ulises (1922), del poeta y escritor irlandés James Joyce.
Ulises narra las peripecias de tres dublinenses durante una única jornada, el 16 de junio de 1904. Lo notable de esta historia no resulta la trama en sí –los vagabundeos por la capital irlandesa de Leopold Bloom, su protagonista, y otros dos personajes centrales, Stephen Dedalus y Molly Bloom-, sino el modo experimental en que está estructurada la historia. Basada metafóricamente en el esquema episódico que sigue la Odisea de Homero, el libro ensaya hasta la extenuación todos los géneros literarios habidos y por haber.
Cada capítulo presenta una técnica literaria propia, inclusive, creando nuevas, como el monólogo interior, con el fin de retratar el flujo de la conciencia de los personajes. Su polimórfico estilo innovador, debido a sus rebuscadas asociaciones lingüísticas, su farragoso entrelazamiento de citas literarias, además de la incorporación de profusos vocablos extranjeros, juegos de palabras, así como también términos teológicos o científicos; lo han convertido en uno de los libros de ficción más complejos jamás escritos. Su lectura ofrece una singular forma de representar el mundo mediante palabras. Si bien amplió las posibilidades y límites de la literatura, han sido pocos los trabajos en castellano que han arrojado cierta luz sobre su verdadero alcance y múltiple significado.
El escritor y traductor argentino Carlos Gamerro (1962), autor de las novelas Las Islas (1998), El sueño del señor juez (2000), El secreto y las voces (2002), La aventura de los bustos de Eva (2004), como también de los ensayos Harold Bloom y el canon literario (2003), entre otros; ha dedicado veinte años al estudio y enseñanza minuciosa del Ulises de Joyce. Como resultado de esta labor, acaba de publicarse Ulises. Claves de lectura (Norma). La primera guía anotada del Ulises en nuestro idioma. Un ensayo donde se indagan los incontables procedimientos narrativos que el autor de Dublineses, utilizó en su gran obra. Además se escruta con pericia el ritmo en que se desenvuelven los sucesos novelados, la relación ambigua entre personajes y acontecimientos, facilitando al lector la comprensión de tan ambiciosa novela.
Gamerro ha utilizado una prosa práctica -clara, sencilla, directa y sin ornamentos superfluos-, ideal para poder instruirnos sin dilaciones en los misterios de la novela más influyente del siglo XX. Tampoco se pierde en los vericuetos de la crítica erudita ni en su pedantería. Así como Virgilio acompañó a Dante en la Divina Comedia, al descender los nueve círculos del infierno, Carlos Gamerro franqueó los intrincados capítulos de Ulises con el fin de trazar un mapa. Ulises. Claves de lectura es la prueba del viaje por esa densa maraña de signos. De este modo nos ha legado un manual, una lúcida guía de instrucciones para sumergirnos en su caos verbal, sin extraviarnos en sus excesos.
-¿Cómo fueron los veinte años de gestación del libro?, ¿necesitó viajar a Dublín para recolectar información que aquí no podía acceder de ningún modo?
-Fueron veinte años de leer Ulises, en el original y en las distintas traducciones al español; de enseñarlo, en ambas lenguas, en grupos privados, en la UBA, en el Malba: es decir, tanto a lectores especializados como a lectores comunes –siendo éstos últimos, en mi opinión, los destinatarios naturales de la mejor literatura. En ese tiempo no me convertí en experto en Ulises, pero sí en todas las dificultades que los lectores encuentran en esta novela. Para eso escribí el libro. Borges solía bromear que nadie – ni siquiera él mismo - había leído el Ulises completo. Mis cursos, y ahora mi libro, quieren contribuir a probar que, por una vez, Borges se equivocó. Lo que Dublín me dio, la información que no hubiera podido hallar en ninguna otra parte, fue el conocimiento de la ciudad misma. Ninguna ciudad ha sido representada en la literatura tan fielmente, tan minuciosamente, como la Dublín de Joyce. “Si fuera barrida de la faz de la tierra,” se vanagloriaba, “podría reconstruirse a partir de las páginas de mi libro.” La representación de Dublin en Ulises no es meramente realista, sino real: si Joyce pone determinado árbol en determinada esquina, pueden tener la seguridad de que allí estaba ese 16 de junio de 1904. Conocer la ciudad ayuda mucho a leer la novela; como no puedo llevar a todos los lectores allí, en el libro incluí un mapa con los recorridos de los personajes, y una serie de fotos ilustrativas de lugares donde transcurre la acción.
-En un país latinoamericano como la Argentina, ¿cuál es en la actualidad, el sitio que se le debe otorgar a Ulises?
-Ulises es una novela latinoamericana escrita en inglés. Cuando de una obra como el Ulises se trata, la traducción forma parte de la historia de la literatura y la lengua de un país, tanto como su literatura en lengua original. En la literatura argentina del siglo pasado la huella del Ulises puede rastrearse en las lecturas y traducciones parciales de Borges, en la rabia de Arlt que no podía leerlo, en el primer Ulises porteño (el Adán Buenosayres de Marechal), en marcas diversas sobre los textos de Puig, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, Luis Gusmán, etc. La literatura argentina siempre fue buena lectora del Ulises, así como la brasileña lo es del Finnegans Wake (que entre nosotros poca huella ha dejado). La versión de Salas Subirat es entonces parte de nuestra historia literaria. Gran parte de la literatura latinoamericana de los ’60 toma a Faulkner como modelo, en parte porque pertenece, como él, al área Caribe, y la fórmula faulkneriana de combinar literatura regionalista y rural con procedimientos modernistas de vanguardia es, sin más, la fórmula del boom, desde Méjico al Uruguay. En la literatura Argentina, en cambio, en el s.XX el foco pasa decisivamente del campo a la ciudad, ciudad que es además una metrópoli cosmopolita, marcada por la inmigración europea. Por todo eso, el modernismo que entra en Latinoamérica con Faulkner, había entrado en la Argentina con Joyce.
-¿Comparte la opinión de Borges, acerca de que el genio de Joyce es esencialmente “verbal”?
-Sin duda, como el de Shakespeare, o el de Milton, y, ya que estamos, el del propio Borges. Pero todos estos son autores donde están en equilibrio lo verbal, lo filosófico, lo emotivo, lo referencial, y se potencian mutuamente. Distinto es el caso de autores cuyo genio es, como señala el mismo Borges más de una vez, ‘meramente’ verbal, como Góngora, Quevedo, Lugones - o el propio Joyce, pero no el Joyce de Ulises sino el de Finnegans Wake. Por otra parte, hay que agregar, que el genio de Joyce es verbal y oral. Al trabajar en mi libro me decidí a escuchar el Ulises, antes que a releerlo: hay al menos dos versiones en audiolibro, una maravillosa costumbre del mundo anglosajón que no tenemos en español. Y lo que advertí al escuchar Ulises es que Joyce, cuando escribe, compone, escribe con el oído antes que con la vista: cada capítulo de Ulises es una compleja y asombrosa catedral de sonido, comparable a una pieza de Wagner. Escuchar Ulises es penetrar en un espacio sonoro virtual que tiene toda la profundidad del real.
-Como estudioso de Joyce, ¿cuáles cree usted que sean las principales cualidades de un lector antes de lanzarse por las laberínticas páginas de Ulises?
-Paciencia, trabajo, concentración, memoria. La lectura solitaria no es necesariamente el mejor método. Ulises es un libro para leer en grupo, en voz alta, y comentarlo. Como segunda opción, leerlo con uno o varios textos que acompañen la lectura. En inglés hay muchos libros que ayudan a leer el Ulises. A veces, su función principal es calmar la angustia del lector, ayudarlo a no sentirse un inútil. Leer Ulises es una de las experiencias de lectura más difíciles, y a la vez más estimulantes y productivas. Nadie que lo haya leído hasta el final sentirá que no valió la pena.
-En la introducción del libro, usted sostiene que un argentino puede leer Ulises con mayor facilidad que un norteamericano. ¿Por qué lo cree así?
-Yo digo que un argentino, o latinoamericano (o para el caso, asiático o africano) leerá el Ulises como novela irlandesa, antes que como novela inglesa o universal, por las características que comparte la literatura irlandesa de principios del siglo XX con otras literaturas y sociedades tercermundistas, coloniales o poscoloniales.
-En otro pasaje de Ulises. Claves de lectura, usted afirma que “Joyce quería que el Ulises, aparte de ser una novela, fuera una suma de todos los saberes de su tiempo, y también de los saberes anteriores: una enciclopedia”. ¿Acaso esta idea ha surgido como un intento de superar el género?, ¿Como una gran sátira condensada sobre la historia de la literatura de Occidente?
-Bajtín definió para siempre a la novela como el género discursivo capaz de incluir a todos los otros géneros discursivos – y no solo los literarios. Ulises es lo más cerca que la novela ha llegado de hacer realidad esta utópica propuesta.
-Una de las singularidades de su libro, es el hecho de no haber optado por un lenguaje académico ni formal a la hora de desentrañar el contenido de Ulises. Su elección fue más bien coloquial, semejante al habla rioplatense. ¿Cuál ha sido su preocupación al tomar esta decisión estilística?
-Más que una decisión, es la marca de origen del libro. El libro nace en forma oral, es una serie de clases, o más bien de conversaciones sobre Ulises. No quise que, en su forma escrita, se desvirtuara su naturaleza.
-¿Es posible escribir novelas después de Joyce, independientemente de su influjo, de su innovadora y avasallante sombra?
-Sí, si se encuentra la fórmula alquímica para convertir su sombra en sol. Beckett lo hizo. Claro, tuvo que hacerlo en francés, porque en inglés, la sombra de Joyce lo ahogaba (como aparece en su ‘Impromptu de Ohio’). Virginia Woolf lo hizo (claro, tuvo que desprenderse de la entera tradición de la novela inglesa decimonónica, tan presente en sus novelas anteriores a Jacob’s Room y Mrs. Dalloway). Faulkner lo hizo, combinando las técnicas de Joyce con la materia de su mundo, y fue así que se convirtió en el autor estadounidense más importante del siglo XX.




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