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lunes, 7 de marzo de 2016

García Lorca

Federico, poeta en Buenos Aires

Autor: Felipe Pigna
En medio de debates en su país de origen sobre la conveniencia de la exhumación de su cadáver enterrado por sus asesinos franquistas en una fosa común, la magnitud de su obra no se somete a polémicas sobre exhumaciones, porque está entre nosotros, viva. La vitalidad de Federico, su sana rebeldía estalla en cada verso, en cada diálogo de sus obras que pintan mundiales aldeas de mujeres sometidas y de las otras, de Bernardas Albas y Marianas Pinedas. Los temas de Federico, uno de los mejores exponentes de la generación del 27, eran los de su pueblo andaluz: el amor y la muerte, materia prima de la su “Romancero Gitano” y de sus obras de teatro que quiso llevar con su grupo “La Barraca” por todas las plazas de España para que las vea el pueblo. Le tocó vivir años interesantes, apasionantes. Vivió en aquella residencia universitaria de Madrid junto a Picasso, Dalí y Buñuel, leyó toda la poesía que pudo y a la otra, la del pueblo la escuchó en las calles y en los tablaos, la “conversó” con su gente del “jondo”. Quiso ser intensamente libre y amar como el quería que era como prohibía la doble moral tradicional que lo condenaba y lo llamaba Federico García “Loca”. Estuvo en Nueva York en aquellos meses de 1929 que preanunciaban la crisis y que le hicieron escribir: “El mascarón, ¡mirad el mascarón! Cómo viene del África a Nueva York! El mascarón bailará entre columnas de sangre y números, entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados (desocupados) que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces, ¡Oh salvaje Norteamérica! ¡Oh impúdica! Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos, que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas, que ya la Bolsa será una pirámide de musgo, que ya vendrán lianas después de los fusiles y muy pronto, muy pronto ¡Ay, Wall Street!”. Muy cerca de la mítica calle de la pared, desde el último piso del hasta entonces edificio más alto del mundo, Federico lanzó su desgarrador “Grito a Roma” dirigido al Papa: “Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino, ni quien cultive hierbas en la boca del muerto, ni quien abra los linos del reposo, ni quien llore por las heridas de los elefantes. No hay más que un millón de herreros forjando cadenas para los niños que han de venir. No hay más que un millón de carpinteros que hacen ataúdes sin cruz. No hay más que un gentío de lamentos que se abren las ropas en espera de la bala. El hombre que desprecia la paloma debía hablar, debía gritar desnudo entre las columnas, y ponerse una inyección para adquirir la lepra y llorar un llanto tan terrible que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante. Pero el hombre vestido de blanco ignora el misterio de la espiga, ignora el gemido de la parturienta, ignora que Cristo puede dar agua todavía, ignora que la moneda quema el beso de prodigio y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.”
Cuatro años más tarde, el 13 de octubre de 1933, Federico llegaba a Buenos Aires desde Barcelona a bordo del barco “Conte Grande”. Según uno de sus más destacados biógrafos, Ian Gibson, aquí fue feliz y conoció por primera vez el éxito y el reconocimiento unánime de la crítica y el público que llenó durante meses la sala del Teatro Avenida para disfrutar de “La zapatera prodigiosa”. La había estrenado en 1930 con la notable compañía de Margarita Xirgu, en el Teatro Español de Madrid, pero diría Lorca: “En realidad su verdadero estreno es en Buenos Aires y bailada por la gracia extraordinaria de Lola Membrives con el apoyo de su compañía.” El éxito de la “Zapatera” se sumó al de “Bodas de sangre que motivó esta carta a sus padres: "....ya se celebró el estreno de Bodas, que constituyó por la prensa que os mando por barco un verdadero escandalazo. Yo no he visto en mi vida una cosa igual de entusiasmo y cariño. El gran teatro Avenida es como diez veces el teatro Español de Madrid y estaba totalmente ocupado por una muchedumbre...".
Federico brindó varias conferencias en Buenos Aires, la primera, a poco de llegar en “Amigos del Arte” sobre “Juego y teoría del duende” en la que le regaló al público argentino estas palabras: “El dirigir la palabra esta noche al público no tiene más objeto que dar las gracias bajo al arco de la escena por el calor y la cordialidad y la simpatía con que me ha recibido este hermoso país, que abre sus praderas y sus ríos a todas las razas de la tierra. A los rusos con sus estrellas de nieve, a los gallegos que llegan sonando con ese cuerno de blando metal que es su idioma, a los franceses en su ansia de hogar limpio, al italiano de con su acordeón lleno de cintas, al japonés con su tristeza definitiva. Pero a pesar de esto, cuando subía por las ondas rojizas y ásperas de cómo la melena de un león que tiene el Río de la Plata, no soñaba esperar, por no merecer, esta paloma blanca temblorosa de confianza que la enorme ciudad me ha puesto en las manos; y más que el aplauso, agradece el poeta la sonrisa de viejo amigo que me ofrece el aire luminoso de la Avenida de Mayo. En los comienzos de mi vida de autor dramático yo considero como fuerte espaldarazo esta ayuda atenta de Buenos Aires que correspondo buscando su perfil más agudo entre sus barcos, sus bandoneones, sus finos caballos tendidos al viento, la música dormida de su castellano suave y los hogares lindos del pueblo donde el tango abre en el crepúsculo sus mejores abanicos de lágrimas.”
Aquí Lorca vibró con el tango y se fascinó con el sonido único del bandoneón en aquellas interminables noches en la Peña del Tortoni, donde se reunía los artistas y poetas de la Bohemia porteña como Raúl González Tuñón . Por aquellos días conoció y escuchó cantar a Gardel, al que le dijo “en la ciudad del tango tengo la fama de un torero”. También compartió largas charlas con el cónsul chileno en Buenos Aires: Pablo Neruda y organizó con él un homenaje al enorme nicaragüense Rubén Darío que se convierte en un libro con dibujos de Lorca. Federico se enamoraba de aquellos aires buenos, de los bolichitos donde prefería el vodka ruso, en uno de ellos les leyó a sus amigos “La casa de Bernarda Alba”, que llevaba el subtítulo de “drama de mujeres en los pueblos de España” y pensaba estrenar en Madrid. En su habitación 704 del Hotel Castelar siguió escribiendo “Yerma” que le tenía prometida a Lola Membrives.
Lorca habló por teléfono a España desde los estudios de Radio Splendid en aquel emocionado saludo, uno de los pocos registros de su voz, puede escucharse: "Nadie sabe, ni se imagina, la emoción simple y profunda que rodea mi corazón como una corona de flores invisibles al saber que en estos instantes mi voz se está oyendo en América y que, sobre todo, está vibrando en Buenos Aires enredada en el gran altavoz del bar o disminuida en la pequeña radio que tienen en su cuarto de estudiante o la muchachita que hace escalas en su piano. ¡Salud, amigos!"
Federico dejó Buenos Aires el 27 de marzo de 1934 extrañándola: “Y es que Buenos Aires –decía- tiene algo vivo y personal; algo lleno de dramático latido, algo inconfundible y original en medio de sus mil razas que atrae al viajero y lo fascina. (…) Me voy con gran tristeza, tanta, que ya tengo ganas de volver.” Le escribía a su padre: "Buenos Aires es una ciudad maravillosa. Es como me gustaría que fuera España: cosmopolita, llena de amigos, desprejuiciada, tumultuosa, desbordante de vida y de cultura. Mientras en Madrid silban y patalean cuando no entienden una obra, en Buenos Aires te agradecen la dificultad, les gusta exigirse. Son un público maravilloso. De Londres, de París y de Nueva York me fui casi disfrutando de la partida, pero sufriré mucho al dejar Buenos Aires. Ahora pienso en los días de nostalgia que voy a pasar en Madrid recordando el barro fresco, olor de búcaro andaluz, que tienen las orillas del río, y el deslumbramiento de la tremenda llanura donde se anega la ciudad, en una melancólica música de hierbas y balidos».
Dos años después la Inquisición española había encontrado en un oscuro oficial de “colonias”, Francisco Franco, el instrumento para volver a incendiar la poesía y a condenar la vida, al grito de “Viva la muerte”. EL “generalísimo” y toda la derecha española se sublevó la noche del 17 de julio de 1936 contra aquella República a la que Federico apoyaba con toda su alma y su poesía. Un mes después fue detenido por los falangistas en su querida Granada. En el expediente levantado por los que vivaban la muerte y mataban la vida, podían leerse que Federico era “un escritor subversivo y un homosexual” . Todo esto lo condenó y bastó para que aquella madrugada del 19 de agosto de 1936 fuera fusilado junto a un maestro y dos toreros anarquistas. Aquel régimen asesino que llegaba para quedarse por 40 años no soportaba tanto arte, tanto duende, les resultaba completamente inaceptable el lugar que Federico había elegido para ver la vida, el entender como pocos que para llegar a la poesía había que llegar a la dignidad, como le había dicho en un reportaje al periodista argentino Pablo Suero: “Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa. Yo lo tengo visto. Van dos hombres por la orilla de un río. Uno es rico, otro es pobre. Uno lleva la barriga llena y el otro pone sucio el aire con sus bostezos. Y el rico le dice: “¡Oh, que barca más linda se ve por el agua! Mire, mire usted, el lirio que florece en la orilla” Y el pobre reza: “Tengo hambre, no veo nada. Tengo hambre, mucha hambre”. Natural, el día que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la Humanidad.”



martes, 16 de diciembre de 2014

Federico García Lorca.





A mi querida amiga Encarnación López Júlvez.

la sangre derramada


¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.

¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué buen serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.

¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

Federico García Lorca

Parte II de LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS (1935)


sábado, 19 de enero de 2013

Federico García Lorca


La cogida y la muerte

A mi querida amiga Encarnación López Júlvez.


            



A las cinco de la tarde
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones de bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.

¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.

Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde.
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Federico García Lorca

Parte I de LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS (1935)

viernes, 27 de julio de 2012

Simplemente, Federico


Federico García Lorca.
Una noche perfumada de naranjos


Más allá de los “ismos” europeos, la Generación del 27 creó bellas fantasías verbales. Transcendió la lírica gitana de Federico García Lorca, fiel reflejo de la imaginación y del sentimiento andaluz.



En 1920 aparecen en España los primeros síntomas de una completa renovación. Escultores y poetas, músicos y pintores, se dejan sorprender por la inquietud de llevar a la práctica las teorías más revolucionarias y cultivar los estilos más variados. En literatura surge un grupo de poetas que, por participar en la conmemoración del tercer centenario de la muerte de Luis Góngora en 1927, son designados como la generación del 27. aunque con diferentes preocupaciones estéticas, eran amigos, conformaban una especie de comunidad de afanes y gustos. Alrededor de mesas más amistosas que intelectuales, se sentaban Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti. Todos ellos lograron que la poesía española alcanzara en este siglo un florecimiento que no había tenido desde el Siglo de Oro. De los poetas de esta generación, el más reconocido dentro y fuera de España es Federico García Lorca.
“La literatura de España necesita de vez en cuando expresarse de un modo más intenso y más puro. Y entonces se produce en el siglo XIV un Juan Ruiz de Alarcón; en el siglo XVII, un Lope de Vega; en el XX, un García Lorca.” En estos términos el estudioso Dámaso Alonso celebraba la aparición de la lírica lorquiana.

Fue en Granada, pobre Granada

En toda casa familiar existe una disciplina doméstica, entre ellas la de los horarios. La familia García Lorca no era la excepción. Al padre le gustaba ver reunidos a todos sus hijos a la mesa, a la hora de la comida. Pero el joven Federico siempre llegaba, apresurado, a lavarse la cara y a sentarse a la mesa disimuladamente. Según el humor de su padre, enfrentaría el regaño por la tardanza.
Un día sin embargo, el retraso del poeta es excesivo. La madre está alarmada; el padre, enojado. Don Federico estalla cuando el joven se sienta, y le advierte que será la última vez que llegue tarde: “Desde mañana, el que no llegue a la hora no se sienta a la mesa”, sentencia. El poeta se vuelve enojado: “Pues no me sentaré —dice—, ¡No quiero encerrarme en la casa a la hora del crepúsculo!” Se produce un silencio cargado de tensión. Todos callados, sin levantar los ojos del plato, se preguntan qué hará don Federico. De pronto la cocinera pregunta inocentemente: ¿De qué quiere la tortilla el señorito Federico? Antes que el lírico soñador conteste, don Federico grita furioso: “¡De crisantemos!... ¡De violetas!... ¡De crepúsculo!”.
Asombro general. Nadie sabe qué hacer. Súbitamente, el poeta alza los brazos al techo y lanza una estrepitosa carcajada. Su madre no puede aguantar la risa; los hermanos se contagian, y has el propia padre termina riéndose.
A Lorca le gusta Caminar por el barrio del Albaicín, recitarles a los amigos sus poemas, escuchar las leyendas que referían cómo los señores árabes habían escondido sus riquezas en la Sierra Nevada. También se deleitaba con la historia de la mano y la llave grabados en los arcos de la gran puerta de entra al Alcázar de la Alhambra: “cuando la mano alcance a tocar la llave, se encontrará el tesoro del rey moro.”  Amaba de Granada su melancolía, su fisonomía árabe. “Granada huele a misterio —decía—, a cosa de que no puede ser, sin embargo, es.”
Paso a paso, el poeta fue obteniendo una cierta independencia. Don Federico sólo le exigió que ingresara a la facultad de leyes para ser abogado, aunque el título después no le sirviera para nada. Por fortuna para los dos, la familia gozaba de cierto desahogo financiero, lo que permitió al padre despreocuparse del porvenir de su hijo. Don Federico, al inicio de la carrera poética de Lorca, se reía cordialmente de la utilidad de versificar: “¡Madre mía! ¡Vivir haciendo versos!”
Pero a los pocos años el poeta demostraría su utilidad. Un día en Buenos Aires, después de cobrar una importante suma por derechos de autor, Lorca le envió un giro telegráfico de 50.000 pesetas a su padre, “para hacerlo rabiar —comentaba riendo— y que vea que haciendo versos se gana más que vendiendo granos y tierra”.
A los 30 años el autor de Yerma era célebre en toda España, y jamás ningún poeta español conoció un ascenso tan rápido, como tampoco ningún dramaturgo sintió vibrar a su público con mayor pasión. Porque Lorca sumaba a sus múltiples dotes para la poesía, la música, el dibujo y el teatro, un extraordinario poder de seducción personal.
¿Qué poeta puede hoy hablar de las cosas sencillas de la vida: la luna, los olivos, los toros? Lorca lo expresó todo ya en sus romances. Porque ninguno ha sabido, como él, llegar a los últimos estratos del pueblo. Por eso sus poemas y melodías han ingresado en el inmenso tesoro de la poesía popular y andan hoy de boca en boca con igual fuerza de supervivencia que los romances viejos. Las Canciones y las breves composiciones del Poema del Cante Jondo bien poco se diferencian de las improvisaciones que desde hace siglos tienen por escenario las tabernas, las callejuelas y los encalados patios de Andalucía. Las flores de azahar y la tierra rojiza, las noches cálidas, las guitarras, los cuchillos que brillan a la luz de la Luna, la llamarada de pasión, son imágenes arrancadas del alma del pueblo y vueltas a la poesía por Lorca.
Se complacía en recitar sus versos: “Verde que te quiero verde viento, verdes ramas.” Después, tras un silencio, distanciando las cosas hacía la lejanía susurraba: “El barco sobre la mar y el caballo en la montaña.” También en versos quedó inmortalizado su trágico fin:

Muerto cayó Federico
sangre en la frente y plomo en las entrañas
Que fue en Granada el crimen.
Sabed, ¡pobre Granada!, en su Granada

Antonio Machado
 

Escenas inolvidables del siglo XX, Readers Digest


Biografía:

Federico García Lorca (1898-1936), poeta y dramaturgo español; es el escritor de esta nacionalidad más famoso del siglo XX y uno de sus artistas supremos. Su asesinato durante los primeros días de la Guerra Civil española hizo de él una víctima especialmente notable del franquismo, lo que contribuyó a que se conociera su obra. Sin embargo, sesenta años después del crimen, su valoración y su prestigio universal permanecen inalterados.

Nació en Fuente Vaqueros (Granada), en el seno de una familia de posición económica desahogada. Estudió bachillerato y música en su ciudad natal y, entre 1919 y 1928, vivió en la Residencia de Estudiantes, de Madrid, un centro importante de intercambios culturales donde se hizo amigo del pintor Salvador Dalí, del cineasta Luis Buñuel y del también poeta Rafael Alberti, entre otros, a quienes cautivó con sus múltiples talentos. Viajó a Nueva York y Cuba en 1929-30. Volvió a España y escribió obras teatrales que le hicieron muy famoso. Fue director del teatro universitario La Barraca, conferenciante, compositor de canciones y tuvo mucho éxito en Argentina y Uruguay, países a los que viajó en 1933-34. Sus posiciones antifascistas y su fama le convirtieron en una víctima fatal de la Guerra Civil española, en Granada, donde le fusilaron.