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sábado, 22 de junio de 2013

Ernesto Sábato

Acerca del estilo
(Fragmentos)

El estilo es el hombre, el individuo, el único: su manera de ver y sentir el universo, su manera de “pesar” la realidad, o sea esa manera de mezclar sus pensamientos a sus emociones y sentimientos, a su tipo de sensibilidad, a sus prejuicios y manías, a sus tics.
……….
Los retóricos consideran el estilo como ornamento, como un lenguaje festival. Cuando en verdad es la única forma en que un artista puede decir lo que tiene que decir. Y si el resultado es insólito, no es porque el lenguaje lo sea sino porque lo es la manera que tiene ese hombre de ver el mundo. Lo que el lenguaje hace luego es ceñirse a esa visión como las sutiles mallas de las bailarinas a los músculos de su cuerpo.
……….
Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con grandes palabras.
……….
Todos los grandes escritores escriben con sencillez, pero casi siempre a costa de mucho esfuerzo. Ya decía Cicerón que “hay un arte de parecer sin arte”. La sencillez produce la impresión de que no ha costado nada, la impresión de que cualquiera de nosotros podemos escribir como Tolstoi en cuanto nos pongamos delante de una cuartilla.

Ernesto Sábato

Páginas Vivas, Editorial Kapelusz, 1974

lunes, 22 de abril de 2013

Isaac Asimov, una opinión esclarecedora


El indestructible


Algunos de los cambios más espectaculares que hemos presenciado en el siglo actual tienen que ver con los vehículos para el entretenimiento de los seres humanos.
De las pianolas se pasó a los gramófonos; del "vaudeville" al cine; de la radio a la televisión. A las películas se les añadió sonido; a la radio imágenes; y a ambas el color. Y nadie duda que podamos ir más lejos.
Con el láser y la holografía podemos producir imágenes tridimensionales de mayor definición que la que puede ofrecer cualquier fotografía corriente en dos dimensiones. Las modernas técnicas de grabación en cinta nos permiten editar videocassettes sobre cualquier tema, de modo que el cliente puede reproducir en cualquier momento lo que le apetezca en su propio televisor.
Cada nuevo invento desplaza a los antiguos en la medida que el público acude a aquella técnica que le da más. El cine mató al vaudeville, la televisión a la radio y el color al blanco y negro. Las tres dimensiones acabaran sin duda con la bidimensionalidad, y las cassettes puede que maten a la televisión de masas, dirigidas al gran público.
¿Cuál es la tendencia general? ¿A que se llegará en último término? En cierta ocasión asistí a una exhibición de cassettes de TV y me saltó a la vista lo voluminoso y caro que era el equipo auxiliar necesario para descodificar la cinta, llevar el sonido hasta los altavoces y proyectar la imagen sobre la pantalla. No hay duda de que las mejoras vendrán por el lado de la miniaturización y de la mayor complejidad, que es el mismo proceso que en años recientes nos han proporcionado radios, cámaras, computadores y satélites más pequeños y compactos.
Es posible que el equipo auxiliar disminuya de tamaño y acabe por desaparecer. La cassette se convertirá en un objeto autónomo que contenga cinta y todos los mecanismos necesarios para producir el sonido y la imagen.
La miniaturización hará que la cassette sea cada vez más manejable y ligera, hasta poderla llevar casi bojo el brazo. Y su funcionamiento requerir también cada vez menos energía, hasta rozar casi el ideal último de no consumir ninguna.
 Una cassette ordinaria produce sonidos y proyecta luz, porque ese es precisamente su propósito. Pero ¿por qué invadir la esfera de otras personas ajenas a ellos? La cassette ideal sería visible y audible para la persona que la está utilizando, y para nadie más.
Las cassettes que existen hoy necesitan, como es lógico, una serie de mandos: un botón de encendido y apagado y otros para regular el color, el volumen, el brillo, el contraste y demás. La dirección del cambio será, naturalmente, hacia una simplificación de los controles. En último término habrá un solo botón... o quizá ninguno.
Cabría imaginar una cassette que estuviese siempre perfectamente ajustada; que empezar  a funcionar automáticamente cuando uno la mirara; que se parara automáticamente cuando uno dejara de mirarla; que pudiera avanzar o retroceder deprisa o despacio, a saltos o con repeticiones, a placer del usuario.
Qué duda cabe que ése es el aparato de nuestros sueños; una cassette que puede contener información sobre infinitos temas, del mundo de la ficción o del real; que es autónoma, manejable, parsimoniosa en el consumo de energía, perfectamente privada y sometida en gran medida al control de la voluntad.
¿Será sólo un sueño? ¿Tendremos algún día una cassette así?
La respuesta es un sí rotundo. No es que la vayamos a tener algún día, es que la tenemos ya; para ser más exactos: existe desde hace siglos. El ideal que he descrito es la palabra impresa: la revista, el libro, el objeto que tiene Vd. en sus manos; un objeto ligero, privado y manipulable a voluntad.
¿Piensa Vd. que el libro, a diferencia de la cassette que he descrito, no produce sonido e imágenes? Pues se equivoca.
 Es imposible leer sin oír las palabras en la mente y sin ver las imágenes que producen. Y con la ventaja de que son sonidos e imágenes propios, no inventados por otros.
Las imágenes y el sonido que ofrecen todos los demás medios de entretenimiento son "congelados", y tienen un nivel de detalle que mejora con el avance de la tecnología. El resultado es que los medios exigen cada vez menos al usuario. Incluso se insertan cuñas músicas y risa pregrabadas para facilitar determinadas emociones en el cliente sin esfuerzo por su parte. La persona a quien le cuesta leer (y a la mayoría le cuesta) recurrir a esos productos "congelas", y seguir siendo un espectador pasivo.
La palabra impresa, por el contrario, presenta un mínimo de información.
Todo lo demás por encima de ese mínimo tiene que ponerlo el lector: la entonación de las palabras, la expresión de los rostros, la acción y el escenario han de ser extraídos de esas sartas de símbolos en blanco y negro. El libro es una empresa compartida entre el escritor y el lector, como ninguna otra forma de comunicación puede serlo.
Si Ud. pertenece, por tanto, a esa pequeña y afortunada minoría para los que la lectura es fácil y agradable, el libro, en cualquiera de sus manifestaciones, será para usted irremplazable e indestructible, porque exige participación. Por muy agradable que sea el papel de espectador, participar es siempre mejor.

Isaac Asimov
Publicado en ¡Cambio! 71 visiones del Futuro  

viernes, 22 de marzo de 2013

Para tener en cuenta


Expresiones de las que usted, joven escritor, debe huir como de la peste


La alegría reinaba en su rostro, el dolor estaba pintado en su cara, el rubor coloreaba sus mejillas, su boca era encantadora, respiraba honradez.

La tea de la discordia, la voz del honor, la hidra de la anarquía, el Sol del Progreso, el campo de las conjeturas, el arsenal de las leyes, la balanza de la justicia, la aurora de las libertades, las tinieblas de la ignorancia, la espada de la Ley, la tiranía de las pasiones, la moderna Babilonia, una verdadera Torre de Babel, la pérfida de Albión, el Oso Moscovita, el Tío Sam.

Redoblar sus transportes, abrir su corazón, sentir un nudo en la garganta, parársele los pelos de punta, aspirar embelesado, impresionar gratamente, sembrar cizaña.
La madre naturaleza, el rey de los astros, el astro rey, la luna plateada, los pétalos aterciopelados, el vistoso colorido, el jardín engalanado.

El conflicto bélico, el carro de Marte, la nueva tesitura internacional.

El fino ensayista, un fino poeta, un espíritu ático.

Ernesto Sábato
Páginas Vivas, Editorial Kapelusz, 1974

viernes, 21 de diciembre de 2012

Mario Benedetti


EL PORVENIR DE MI PASADO

Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Botella sin mensaje. Menos nada. Nada menos. O tal vez una primavera que avanzaba a destiempo. O un suplicante desde el Más Acá. Ateo de aburridos sermones y supuestos martirios.
Eso fui y muchas cosas más. Un niño que se prometía amaneceres con torres de sol. Y aunque el cielo viniera encapotado, seguía mirando hacia delante, hacia después, a renglón seguido. Eso fui, ya menos niño, esperando la cita reveladora, el parto de las nuevas imágenes, las flechas que transcurren y se pierden, más bien se borran en lo que vendrá. Luego la adolescencia convulsiva, burbuja de esperanzas, hiedra trepadora que quisiera alcanzar la cresta y aún no puede, viento que nos lleva desnudos desde el suelo y quién sabe hasta (y hacia) dónde.
Eso fui. Trabajé como una mula, pero solamente allí, en eso que era presente y desapareció como un despegue, convirtiéndose mágicamente en huella. Aprendí definitivamente los colores, me adueñé del insomnio, lo llené de memoria y puse amor en cada parpadeo.
Eso fui en los umbrales del futuro, inventándolo todo, lustrando los deseos, creyendo que servían, y claro que servían, y me puse a soñar lo que se sueña cuando el olor a lluvia nos limpia la conciencia.
Eso fui, castigado y sin clemencia, laureado y sin excusas, de peor a mejor y viceversa. Desierto sin oasis. Albufera.
Y pensar que todo estaba allí, lo que vendría, lo que se negaba a concurrir, los angustiosos lapsos de la espera, el desengaño en cuotas, la alegría ficticia, el regocijo a prueba, lo que iba a ser verdad, la riqueza virtual de mi pretérito.
Resumiendo: el porvenir de mi pasado tiene mucho a gozar, a sufrir, a corregir, a mejorar, a olvidar, a descifrar, y sobre todo a guardarlo en el alma como reducto de última confianza.

Mario Benedetti

El porvenir de mi pasado, Barcelona, Santillana Ediciones Generales, S.A., 2003

sábado, 10 de noviembre de 2012

Eliette Abecassis



Reflexiones
 
Hoy en día, cuando escucho el concierto para violoncelo de Elgar, vuelvo a revivirlo todo: no hay nada como la música para evocar el pasado, con tanta precisión y tanta profundidad de espíritu. El gusto, el olfato o el tacto proporcionan efluvios intensos pero fugaces; y el esfuerzo, inmenso, para reconquistar el recuerdo es casi un trabajo para el alma. La visión de un sitio en otro tiempo habitado, antaño frecuentado, puede provocar una formidable nostalgia, pero el recuerdo de las épocas pasadas sigue siendo borroso, pues, capturado por la vista, no puede vagar por las zonas más recónditas y alejadas. Con la música, todo se ordena y se dispone como bajo el efecto de una máquina de remontar el tiempo. La música produce un impulso del corazón que dura y se profundiza, igual que una conversación entre dos amigos que rememoran lo mismo. Por eso nada puede entristecer más que un fragmento musical: el pasado es evocado con tal fuerza que uno casi siente que ha retrocedido y luego la caída hasta el presente es aún más vertiginosa.
Si, la música es una gnosis que revela los conocimientos enterrados en lo más hondo de nuestro interior. ¿Quiénes somos? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Dónde estamos? ¿Adónde nos hemos visto arrojados? ¿Adónde vamos? A veces uno reflexiona sobre estas preguntas y otras no se las plantea, simplemente porque es feliz.
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Aún no había cumplido los seis años cuando mi padre me llevó al matadero. Él pretendía curtirme, enseñarme de qué iba la vida. Más tarde, cuando era un adolescente enfrascado en la búsqueda de mi identidad, me escondía para leer el periódico o escuchar la radio, porque me daba vergüenza que mis padres me tildaran de “intelectual”. De muy joven había aprendido a disimular y a mentir para evitar su compañía; para huir de la necedad. Me había construido un mundo reducido a mi alrededor, un universo mágico en el que interpretaba por turnos los papeles de los personajes que más me gustaban: héroes románticos, aventureros, como los de los libros de Alejandro Dumas. Me sedujo la figura de Herodoto porque, a los veinticuatro años, había abandonado su patria para viajar, para tomar notas y consignar historias y leyendas. Su estilo, sobrio y preciso, no desdeñaba las digresiones que e abrían a capricho según por donde discurrieran sus periplos: desde Egipto, donde se interesó por el culto a Hércules, hasta la ciudad de Tiro, en la que prosiguió con sus indagaciones. Llegó hasta la Cólquida donde preveía encontrar a los descendientes de los colonos que había dejado Sesostris. Volvió a embarcarse en Taso para después rodear el cabo y llegar a las costas del Helesponto. Nadie antes que él había viajado tanto para conocer a la humanidad. Nadie supo como él describir su verdadera naturaleza: la barbarie.
…………………………

Tal vez el Mal sea demasiado fuerte para Él. El Mal radical, el Mal cometido como un fin en sí mismo y no como n medio para llegar a otro fin. El Mal radical como un misterio, como la parte negra de la creación, lo incomprensible, el ser privado de ser, la nada de la nada, el triunfo del caos sobre el orden, la destrucción del espíritu y del cuerpo, la reducción de todo a nada; la nada, el insondable poder de la nada.
El Mal trascendente, ignominioso, el del asesinato individual, el del asesinato en masa, el de la tortura y de la degradación física, el Mal ingenioso y vicioso, servil y dominador, el Mal pensado y calculado, lentamente preparado, concienzudamente ejecutado, el Mal aventajado por el mal, superado, aumentado sin pausa, el Mal en relación al cual la crueldad es un juego de niños, el Mal civilizado, el de las personas instruidas y educadas, el Mal decidido, inquebrantable, al que llamamos barbarie.
Parece loco, insensato, y sin embargo se aplica de forma racional, como una máquina implacable. Supera todos los horrores de la imaginación, todas esas pesadillas que nos despiertan de noche con esa extraña impresión de realidad; pero allí es al revés, allí se vive en un decorado alucinante, de fuego, de carne y de sangre, y el sueño es el único momento de tregua. Ese mal supera la idea que se tiene del infierno, pues el infierno es las llamas que arden de manera indefinida, es la tortura y el suplicio para los hombres que han cometido faltas y eso todavía tiene un sentido.
Incluso cundo se mata a un hombre, no es preciso degradarlo como lo hace el mal radical; incluso cuando se mata a un hombre, no se lleva a cabo esa clase de mal y es posible perdonar a los asesinos de los propios hijos, si se sabe por qué y cómo han actuado, por sufrimiento o por pobreza, por amor o por celos. Esa clase de mal, en cambio no es explicable. Shakespeare no lo comprendió y por eso pintó jorobado a Ricardo III: cualquier hombre tan feo, deforme y repugnante como él haría el mal para vengarse de los hombres que lo detestan por lo que es; ese aborrecimiento es tan insoportable que prefiere ser odiado por lo que hace. Pero el mal radical lo ejecuta el hombre de facciones agraciadas y altivo porte, de estatura elevada y cuerpo recio, el hombre afortunado en el amor, el hombre próspero, el hombre casado que se reúne con su mujer y sus hijos después de haber destruido a una multitud. No, el mal no es repulsivo como Ricardo: es seductor; sugiere, tienta y atrae, arroba los sentidos, cautiva a la razón y, situado en pleno centro del tiempo, engatusa al hombre con el espejismo del Poder.
Manipulador, hábil calculador, refinado estratega, es forzosamente inteligente, tiene una capacidad inventiva genial, es prolífico y nunca le faltan argumentos. Lo propio del mal es engendrar males, propagarse, ser legión. Se extiende como una plaga, como una enfermedad contagiosa, como una peste. Así es como se normaliza, se banaliza y se aburguesa, así se transforma en costumbre, norma y ley. Es erróneo pensar que el mal se reconoce por su caos: lo propio del mal es llevar una existencia respetable.
Es como un carnicero que corta carne todos los días, que la pesa y la vende porque es el acto más natural del mundo, porque ése es su cometido; porque hay que comer y nadie podría poner en tela de juicio tal necesidad. Pero de repente, la carne es la carne del hombre, es la sangre que circula por sus venas, flores del barrizal, renuevos aplastados.
El mal monstruoso, infame, ahuyenta la vida; el mal es la muerte, ese escándalo intolerable, es la muerte que se inmiscuye en el fuego sagrado, es la muerte que entra en la vida a través de la vida, a través de la voluntad del hombre.
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Al principio de la Creación, la tierra estaba desierta y vacía y las tinieblas cubrían el abismo y el espíritu de Dios planeaba sobre la superficie de las aguas, y dijo Dios: “Hágase la luz” y la luz se hizo. Pero la luz no era buena: sirvió para iluminar a los nazis en la ejecución de sus crímenes.
E hizo Dios el firmamento entre las aguas que hay debajo del firmamento y las que hay sobre el firmamento y dijo “reúnanse en un solo lugar las aguas de debajo de los cielos y aparezca lo seco”, y llamó “tierra” a lo seco y a la reunión de las aguas llamó “mar”. Pero los cielos no eran buenos: presenciaron lo que ocurría, sin rugido ni cólera.
Dijo Dios “produzca la tierra vegetación: plantas con semillas, árboles frutales que den sobre la tierra fruto según su especie, con la semilla dentro”, pero en verdad, todo aquello era bastante malo: aquella vegetación crecía sin preocuparse por la composición de sus abonos.
Creó lumbreras en el firmamento de los cielos para separar el día de la noche, como señales para dar luz a la tierra. Hizo la lumbrera mayor y la lumbrera menor, pero éstas se sucedieron sin detenerse para protestar contra lo que ocurría. La oscuridad no fue total y el sol asistió al exterminio de los hombres sin velarse el rostro. La gran lumbrera no dejó de brillar sobre los campos y la pequeña lumbrera apareció puntualmente sobre ellos. Eran los espectadores de ese crimen abominable.
Creó a los animales, a los grandes monstros marinos, a las fieras salvajes según su especie, a los ganados según su especie y a todos los reptiles de la tierra según su especie: pero los monstruos marinos no engulleron a los navíos en el mar y las aves siguieron volando sobre los campos, las fieras salvajes no se abatieron sobre Europa, no protegieron a los judíos en su horno ardiente.
Y después creó al hombre: y éste fue el peor de todos ellos. Y el hombre que Dios hizo a su imagen creó el Mal absoluto conforme a su modelo.
Y la serpiente, que no precisaba de gran astucia para constatar aquello, tentó a la mujer, tentó al hombre, que no se hizo rogar para cometer la falta irremediable, y así fue como abandonaron el Edén.

Eliette Abecassis

El oro y la ceniza (fragmentos)
LRS to LRF parser v.0.9; Mikhail Sharpmpv. 2006; msh-tools.com/ebook/

viernes, 31 de agosto de 2012

Dos caras de la literatura


Una reflexión acerca de la literatura

La literatura (incluida lo que propongo llamar la “pequeña literatura” contenida, como conjunto de hipótesis, escenas y personajes más o menos ficcionales, en el interior de un cuerpo teórico) presenta, respecto a las teorías que se proponen describir o explicar el mundo, dos grandes diferencias. Una es que la literatura no trabaja con situaciones empíricas, sino con estilizaciones que permiten prestar menos atención a los detalles y más a lo fundamental. La otra es que, precisamente por eso, la literatura puede adelantarse a su tiempo y ayudarnos a pensar situaciones que el mundo todavía no presenta. A diferencia de las ciencias sociales, y a diferencia también de la razón filosófica, que levanta vuelo ―según una imagen célebre― sólo después de las cosas ya pasaron, la literatura (incluida, insisto, la que eventualmente habita la teoría) no piensa sobre las cosas hechas, cristalizadas y sedimentadas en la historia, sino sobre las tensiones vivas de su tiempo, del que se desprenden tendencias o posibilidades a las que puede atrapar, antes aun de que se concreten, de que se materialicen, de que se vuelvan realidad social y actualidad histórica, en su ser pura posibilidad.

Eduardo Rinesi
Fragmento de: Las máscaras de Jano: notas sobre el drama de la historia, Buenos Aires, Editorial Gorla, 2009

sábado, 23 de junio de 2012

Galeano y la Memoria




CIERRO LOS OJOS Y ESTOY EN MEDIO DEL MAR

 

Perdí varias cosas en Buenos Aires. Por el apuro o la mala suerte, nadie sabe adonde fueron a parar. Salí con un poco de ropa y un puñado de papeles.
No me quejo. Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor.
Vida gitana. Las cosas me acompañan y se van. Las ten­go de noche, las pierdo de día. No estoy preso de las co­sas; ellas no deciden nada.
Cuando me separé de Graciela, dejé la casa de Monte­video intacta. Allí quedaron los caracoles cubanos y las es­padas chinas, los tapices de Guatemala, los discos y los libros y todo lo demás. Llevarme algo hubiera sido una estafa. Todo eso era de ella, tiempo compartido, tiempo que agradezco; y me lancé al camino, hacia lo no sabido, limpio y sin carga.
La memoria guardará lo que valga la pena. La memo­ria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado.
Fiebre de mis adentros: las ciudades y la gente, despren­didos de la memoria, navegan hacia mí: tierra donde nací, hijos que hice, hombres y mujeres que me aumentaron el alma.
 

Eduardo Galeano




Texto digitalizado de:
Días y Noches de Amor y de Guerra
Eduardo Galeano
Edición Original: Editorial Laia, Barcelona
Primera Edición en Biblioteca Era: 1983
Segunda edición (Corregida): 2000