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lunes, 26 de diciembre de 2011

Producciones estudiantiles: José Luis Albornoz

  
La desilusión

Era una calle común, sin grandes negocios, solamente con dos o tres almacenes barriales de penosa fachada; muy lejos estaban las lujosas tiendas y el ruido a ciudad.  Esa calle, de corta extensión (para ser preciso esa calle era la mas corta de toda Irlanda con solo seis cuadras), aun conservaba sus sólidos bloques de piedras por donde tantas carretas, en otros tiempos, habían desfilado.  No sé por qué elegí esa calle; seguramente por ese aroma añejo, esa magia y encanto que me transporta a donde yo quiero estar; a una época olvidada, a donde el razonamiento se imponía  a la violencia.  Me refiero a esa gloriosa Inglaterra descripta por Doyle o la encantadora Francia de Poe. ¡Hay Dios!, ¿Cómo puedo tener tanta nostalgia por un pasado que no viví, por un lugar al que nunca fui y por personas a la que nunca conocí?  Explíquenme.  Se habrán dado cuenta que anhelo vivir en un lugar y con personas construidas en una novela, en la mente de un escritor.  Vean ustedes cual es mi grado de locura.  Pero no me importa. 

En esa calle nada extraño se podía encontrar salvo que todas las semanas, desde hace dos meses,  en determinadas esquinas aparecía uno o dos cadáveres.  He perdido la cuenta, no es que  sea descuidado en mi trabajo pero mi memoria suele fallarme.  Si mal no recuerdo, todas las esquinas de esa calle han tenido, a lo largo de estos dos meses, su correspondiente cadáver.  Por demás está decirle la reacción de los vecinos sobre estos hechos, pero me resulta gracioso acordarme de ellos, así que déjenme mencionarlos.

Si esa calle es tranquila y solitaria es por la gente que vive allí; los ancianos irlandeses todos, se apropiaron de esa calle.  La niñez y la juventud pareciesen etapas de la vida inexistentes si se camina por  allí.  No hay lugar para entretenimientos juveniles como canchas de futbol, ni clubes nocturnos.  Nada.  No me malinterpreten, no me estoy quejando del ambiente pero si de la gente.  No quiero mi “antigua Inglaterra” llena de ancianos.  No es lo que se imaginó Doyle al describir la gran ciudad donde se movía Holmes y Watson.  Ya el primer cadáver despertó al enjambre.  Como si un palo hubiese golpeado un avispero (aunque en ese caso las abejas que salieron alborotadas eran viejas y ya sin aguijón).  Las viejitas se amontonaban diariamente en diferentes esquinas de esa calle a rumorear y a lamentarse (como si eso solucionarìa las cosas).  Luego del primer cadáver, vino el segundo y el tercero y el pánico dominó la calle. Era muy gracioso ver a las viejitas llorar en plena calle, abrazarse y pedir al cielo alguna ayuda divina para que se detengan los asesinatos.  Al ver esas escenas dramáticas que tocaban el límite de lo cómico me apiadaba más de los maridos de esas señoras.  Pobres abuelos.  Hasta les hubiese echo un favor si el próximo cadáver que encuentra la policía es el de algunas ellas. Y aquí llega el motivo de mi indignación, de mi angustia y mis pesares: la policía.

¿Pueden existir policías tan estúpidos?  Bueno, lamentablemente si, y semana a semana lo reconfirmo.  Siempre, cuando hay un cadáver, ellos vienen (horas después) con su tropa de patrulleros, cortan la calle, arman su circo, su espectáculo payasesco para tapar su inoperancia.  Sacan sus cintas de “no pasar” para bloquear la cuadra, desfilan con sus instrumentos y utensilios de laboratorio para encontrar las huellas, la sangre, el semen o quien sabe que otras cosas mas del asesino. Hacen de la escena del crimen su laboratorio.  Arman la función y los espectadores comienzan aparecer: vecinos aterrados que movidos por la curiosidad y (sobretodo) por el morbo se apretujan unos a otros para ver si pueden, por esas cosas del destino, reconocer a la nueva victima.  Y el espectador de lujo: la prensa.  La escena armada y los espectadores en sus lugares, entonces arranca la función.  Policías, científicos, médicos forenses, grupos especiales, todo un repertorio de personajes inservibles menos detectives. ¿Por qué entre tanta basura no se ve flotar el humo de la pipa de Holmes o Dupin? ¿Donde han quedado esos personajes?.  No me digan que solo en los cuentos de Poe o Doyle porque estoy seguro que antes esos detectives existieron.  Hoy ya no hay.

He dejado pistas varias con la esperanza de que alguna mente brillante, alguien que tenga a la razón como su mejor arma pueda descubrir mi identidad.  Hojas de cuentos policiales que acostumbro leer, direcciones donde me alojaba (cambio de hotel constantemente) escritas en francés, mis padres son franceses, sobre alguna pared.  Migas de pan francés en los bolsillos de las victimas, mas un montón de pistas que seguramente dejo de forma involuntaria que cualquier investigador atento podría descubrir.  Pero nada.  Solo con usar guantes de látex se puede despistar a todo el cuerpo policial irlandés.  Se mata en otro lado y bajo el amparo de la noche se tira el cadáver y nadie lo nota.  Los policías que deberían están patrullando la calle están embriagándose en algún barsucho.  Estoy desilusionado por el mundo en el que vivo. Se habla de mi en los medios como un asesino serial dueño de un inteligencia sobrehumana cuyo accionar meticuloso tiene desorientado a la policía. Pero en verdad, mato de la manera más simple, con métodos nada sofisticados,  soy de lo más común. Solo tomando ciertos recaudos basta para ser un asesino ejemplar, una mente brillante para toda Irlanda.  ¡Hay! Si Holmes o Dupin los viera. Esta es mi historia, la que acabo de contar. Después de tantos asesinatos sigo en libertad, caminando entre ustedes, saludando policías, entrando a un bar a tomar un café, caminando por las plazas o fumando un cigarrillo en esa calle como lo haría cualquiera de ustedes.  En fin, concluyo este relato de la misma manera que empecé: desilusionado de todo. La sociedad Irlandesa aterrada, la policía desorientada y yo continúo con mis asesinatos, esperando encontrar al nuevo Holmes.

José Luís Albornoz

lunes, 5 de diciembre de 2011

Producciones estudiantiles: Lilia Inés Cartagena

Recordar y conocer
 
  ¿Qué recuerdo? ¿Qué olvido? ¿Será que fui construyendo una memoria sobre la memoria de otros?
 Todas son historias, historias de las historias, recuerdos de los recuerdos, efecto multiplicador que converge en un punto para luego desplegarse y formar un holograma de alguien que siento que conozco pero que  no recuerdo. Su voz es la suma de muchas voces y esas voces recuperan sentimientos y pensamientos, entonces me doy cuenta que solo conozco un recuerdo y siento que ni recuerdo y que ni conozco porque quienes conocieron y quienes recuerdan son otros, los mismos que compartieron momentos, pensamientos y sentimientos.
  Esas voces dicen que se parecía a mí o que yo me parezco a él, aunque hoy tengo la edad de ser su padre soy el hijo y me apropio de sus sentimientos, de sus pensamientos y de su voz, porque me parezco a él o porque él se parece a mi y porque su historia es mi historia y su recuerdo mi memoria y me pertenece, y porque su ausencia es mi presencia y su pasado mi presente.
  Entonces construyo mi futuro reconstruyendo el futuro que él quería construir para mí.
  Entonces sé que lo recuerdo y que mi memoria es su memoria atravesada por los recuerdos de las otras voces. Y qué es conocer al otro sino saber lo que piensa y lo que siente, entonces sé que lo conozco, porque yo soy su hijo aunque tenga la edad de ser su padre.

Lilia Inés Cartagena 

lunes, 14 de noviembre de 2011

Producciones estudiantiles: Susana Matteucci

Materia: Literatura II
Texto analizado: Los siete locos de Roberto Arlt
Consigna para el relato: Punto de vista de una mujer y recorrer la ciudad de San Miguel


Leyendas Urbanas
Susana Matteucci


Se sacudió el vestido, más que nada para ver si se había ensuciado. Después de notar que todo estaba en su sitio levantó la vista y le habló:
- ¡Gracias! ¿Te das cuenta que si no fuera por tu intervención ese automovilista loco me hubiera atropellado?
- ¿Estás bien? ¿No estás herida?
- No, estoy bien…. – al ver la duda reflejada en el muchacho, aclaró sonriendo: - de veras, estoy bien...- luego impulsivamente agregó:  Ya que prácticamente me salvaste la vida, creo que debemos presentarnos, me llamo Ayelén… ¿y vos?
- Federico.
-¿De dónde saliste? Estaba sola en la esquina, por eso crucé confiada Rodríguez Peña, me quedé paralizada cuando ese auto dobló desde Perón y se metió de contramano y vino directamente hacia mí…   Hubiese jurado que no había nadie más en ese momento…
Ante el recuerdo de lo que pasó, Ayelén se puso a temblar al imaginar lo que pudo haber ocurrido si Federico no la hubiera tomado por la cintura y llevado rápidamente a la vereda.
Como la notó bastante turbada, Federico se animó a decirle:
- Veo que estás todavía algo shockeada por el incidente  y creo que te haría bien un café. Vayamos a Martínez, que está a una cuadra ¿querés?
Ayelén aceptó y se dejó llevar dulcemente. Había algo en él que le inspiraba confianza, aunque no podía precisar que era. Le costaba un poco relacionarse con las personas de su edad porque era bastante retraída, por eso se asombró de sentirse tan cómoda a su lado. Tenía la extraña sensación de que lo conocía, pero jamás lo había visto. Sonrió para sí, de haberlo conocido no lo hubiera olvidado, era bastante atractivo.
Caminaron en silencio, despacio, esquivaron como pudieron a la gran cantidad de gente que pasaba alrededor. La muchacha se dirigió a Federico con una sonrisa y le dijo: - Hay tanta gente a esta hora, que es toda una aventura avanzar una cuadra.-

San Miguel a las seis de la tarde es un conglomerado de personas que acuden en tropel con la tácita decisión, pactada en el inconsciente colectivo, de transitar por la avenida Presidente Perón en ese preciso instante del día y lo hacen especialmente en un determinado recorrido que cubre las ocho cuadras que van desde la calle Las Heras, cerca de la plaza Muñiz, hasta Roca (yendo hacia José C. Paz), con  algunos puntos neurálgicos ineludibles para concentrarse: el lugar de comida rápida, los locales de electrodomésticos, las galerías, la plaza, la peatonal de una cuadra en la calle Belgrano. 
Sitios que, junto con la gran cantidad de negocios de distintos rubros, transforman a la Avenida Perón en un gran “Shopping Center”. Los cordones de las veredas están ocupadas por las hileras de usuarios de las diez u once líneas de colectivos que esperan pacientemente la llegada de sus transportes. Grandes cantidades de personas y personajes pululan por esas calles: madres que llevan a rastras a sus hijos mientras  tratan de hacer las compras; jóvenes solas o acompañadas por amigas parándose en cada vidriera de modas para ver “qué se está usando”; estudiantes que salen de los colegios que, en grupos más o menos numerosos y con desprejuiciada alevosía, ocupan las calzadas como si fueran propias; hombres y mujeres que salen de sus respectivos trabajos con la imperante necesidad de llegar rápido a sus variados destinos; solitarios que buscan mezclarse en la muchedumbre para no encontrarse por un rato con la angustiosa realidad vacía de sus pequeños departamentos ubicados en alguna de las tantas torres que emergen de la que, hasta no hace muchos años, era un ciudad residencial de casas y chalets.

Cuando por fin llegaron a la esquina de Pte. Perón e Italia y entraron en Café Martínez,  la sensación de haber cruzado a otro mundo o a una dimensión diferente los invadió por un instante. Había una atmósfera tranquilizadora en el local que invitaba a la intimidad y a las confidencias. Se sentaron en la mesita del fondo, al lado del gran ventanal que da a la avenida, y observaron por unos instantes el movimiento de la gente en la calle. Esa gran pared de vidrio los aislaba del caos y de los peligros del exterior que, en ese momento, les eran ajenos. Ahora les pertenecían la paz y la seguridad del interior del Café.
Federico pidió un café para él y un cappuccino para ella. Ayelén volvió a sentirse intrigada. ¿Fue casual que Federico pidiera para ella un cappuccino? Y se lo preguntó:
- Cómo sabías que me gusta el cappuccino?
Federico le dedicó una sonrisa y contestó: - En realidad no lo sabía, sólo lo pedí porque es la especialidad de la casa... Contame algo de vos... ¿naciste aquí en San Miguel?
Ayelén empezó a hablar despacio, tímidamente, porque en general no se sentía cómoda hablando de si misma, pero como percibió que Federico parecía realmente interesado, tomó confianza y le abrió su corazón. Las palabras brotaron solas y sin pensarlas siquiera, le contó que había nacido en San Miguel, que tenía un hermano casado, dos sobrinitos que adoraba, que su mamá había muerto cinco años atrás de cáncer, que vivía con su papá. Le relató su vida, sus sueños y sus esperanzas. Le asombró que le resultara tan fácil comunicarse y sintió una especial empatía con ese muchacho desconocido pero que, de alguna manera, le era familiar. Tuvo nuevamente esa rara sensación de que no estaba conversando con un extraño, sino con alguien conocido de toda la vida pero que no había visto nunca, era como estar con una especie de amigo imaginario, esa clase de amigo que se tiene cuando se es chico, al que se le cuenta todo con la certeza de que sus secretos no van a ser develados porque a ese amigo nadie lo puede ver ni conocer.
Ayelén le contó mucho de su vida y Federico la escuchó atentamente aunque hablaba muy poco de si mismo, sólo le contó que había nacido en Buenos Aires, que trabajaba en las oficinas centrales del Banco Provincia, que hacía un año lo habían trasladado a la sucursal de San Miguel y que vivía solo. Era dulce y gentil, tenía una mirada triste y una sonrisa que, si bien tenía algo de tristeza, le iluminaba la cara. Le trasmitía una especie de seguridad a la que no estaba acostumbrada, junto a él se sentía protegida y a salvo. Era maravillosa esa sensación, y  no quería que terminara. Por eso, cuando se ofreció a acompañarla hasta su casa,  aceptó de inmediato.
Salieron de Café Martínez y caminaron por la avenida Perón, pasaron frente al Banco Nación, que tenía su “habitual” fila de personas que esperaban su turno para utilizar el cajero automático. En la cuadra siguiente, en la esquina con Belgrano se detuvieron un instante mirando la gran cantidad de chicos y chicas que estaban por toda la peatonal. Ayelén se preguntó porqué su acompañante no parecía percatarse del bullicio que había en ese momento, ya que cada vez que levantaba su vista  notaba que él no dejaba de mirarla, como si los demás no existieran. Era curioso, le extrañaba, pero también le gustaba.
Continuaron caminando, cruzaron la avenida hacia la Plaza, la atravesaron mientras observaban a los artesanos que, desparramados sobre las veredas exteriores, exhibían sus productos en el piso al mismo tiempo que algunos de ellos continuaban haciendo sus trabajos manuales y otros charlaban entre sí tomando mate, sin molestar a los caminantes. Ayelén y Federico pasaron al lado de duendes, pulseras, mates cincelados, portarretratos y gorros tejidos.
En la esquina doblaron por la Avenida Balbín, en esa vereda los artesanos están ubicados en pequeños puestos con toldos, que se arman los viernes a la tarde y se desarman los domingos a la noche o el lunes, si es feriado. Pasaron frente a la tradicional Escuela Nro 1, que estuvo “desde siempre” y se saluda con su vieja compañera, la Catedral, ubicada a la misma altura al otro lado de la plaza, en la calle Belgrano. Ambas son las instituciones más viejas de la ciudad. Dejaron atrás la Plaza de San Miguel, con su fuente central  y su estatua de Sarmiento en el medio y donde alrededor de ella unos cinco o seis chicos menores de cuatro años corrían y perseguían a las muchas palomas que se acercaban para comer las miguitas que le tiraban los que estaban sentados en los bancos ubicados en el círculo central.
Caminaron un par de cuadras más casi sin hablar, disfrutando del paseo. En estas cuadras empieza a notarse un cambio en la fisonomía de la ciudad, no hay tanta gente caminando a esa hora porque es aún temprano para las salidas nocturnas, se reanima un poco más en las noches por la presencia de algunos “boliches” bailables o bares nocturnos que conglomera a los jóvenes en busca de diversión.
En ese momento, Ayelén se percata de que van camino a su casa, pero en ningún momento Federico le preguntó dónde vivía.
- ¿Sabés dónde vivo?
- En realidad, te estoy acompañando por dónde vas, imagino que vamos yendo para tu casa.... ¿por qué? ¿dónde vivís?
- Casi frente al Cementerio...  ¿por qué sonreís?
- ¿No te dan miedo los fantasmas?
- ¡Oh, vamos! No me digas que vos creés en fantasmas.... Y Ayelén sonrió divertida.
- Bueno, yo he oído historias.....
- Ya veo.. has oído lo que yo llamo “leyendas urbanas”...
- ¿Por qué “leyendas urbanas”?
- Porque son las que proliferan en las ciudades, sobre todo cerca de los cementerios. En los pueblos rurales surgen otro tipo de apariciones, como la “luz mala”, brujas, duendes, incluso extraterrestres y ovnis. Pero, en estos cementerios... parece que siempre hay alguna “alma en pena” que sale a mezclarse con la gente....
- ¿Y cómo sabés que no es así?
- Mirá, yo he oído muchas historias.... Sin ir más lejos, la semana pasada viajé en un taxi y el conductor me dijo que cuando pasó al lado del cementerio, después de dejar a un pasajero, se le apareció un perro negro, enorme, con los ojos rojos como la sangre, que no lo dejaba pasar, hasta que de repente, así como vino, desapareció...  
- ¿Y no le creíste?
- Bueno, tal vez sea cierto que se le apareció un perro grande y negro... pero seguramente era de “carne y hueso” y desapareció porque el dueño lo llamó.
En ese momento, llegaron a la Avenida Gaspar Campos y doblaron hacia la derecha, y continuaron caminando. Estaban en una zona netamente residencial con hermosas casas grandes que se estaban construyendo frente a la avenida, con algunas casas quintas en las calles adyacentes, sin edificios tipo torre, sólo casas bajas, chalets o, a lo sumo, casas de dos plantas. Casi no había gente caminando en las calles, solo una buena cantidad de autos y algunos colectivos rompían esa especie de tranquila monotonía que se respiraba. Caminaron por veredas que no están en muy buenas condiciones, pero tienen una gran cantidad de árboles que dan una sombra fresca en las tardes calurosas. Federico retoma la conversación.
- Es curioso..
- ¿Qué?
- Yo tuve un perro parecido al que te describió el remisero. Falleció hace unos años. Adoraba a ese perro, siempre estaba conmigo, me seguía a todas partes, y a pesar de ser muy dócil, si alguien hacía algún intento que pudiera parecer una amenaza, el perro se ponía delante de mí y gruñía y le mostraba los dientes....
Ayelén sonrió y bajando la voz, como si estuviera relatando una novela de misterio dijo: - Tal vez es a tu perro a quien vio el remisero....
- Tal vez.- Ayelén notó un dejo de tristeza en su voz  y como para cambiar de tema preguntó:
- San Miguel no es como Buenos Aires. Yo me encuentro cómoda porque es mi ciudad, pero comprendo que no es igual que la Capital. Una amiga mía dice siempre que San Miguel es un pueblo que se cree ciudad, creo que piensa que tiene como  “delirios de grandeza” ¿Te encontrás a gusto aquí? ¿O tenés ganas de volverte?
- No sé si estoy aclimatado aún, pero seguro que ya no me puedo ir.
-¿Por qué?
Federico la miró largamente y contestó: - Estoy anclado a esta ciudad.
Ayelén sonrió para sí, bajó los ojos, no dijo nada más y por un buen trecho caminaron en silencio.
Pararon un instante en Irigoin, esperaron a que el semáforo se pusiera en verde y prosiguieron su caminata mientras Ayelén le contaba de sus sobrinos, de sus días de colegio secundario, de sus paseos diarios a la plaza de San Miguel, con sus compañeros, a la salida de clases. También le habó de sus sueños de ir a la Universidad cuando,  más adelante, pudiera encontrar un trabajo remunerado, porque ahora tenía que hacerle compañía a su tía María, hermana de su padre, que estaba muy enferma y se encargaba de cuidarla hasta las cinco de la tarde cuando su prima Estela regresaba de su trabajo y la reemplazaba. Por ese motivo, no podía seguir estudiando por el momento, como era su deseo.
Se estaban acercando al Cementerio y Ayelén le señaló su casa y le dijo:
-Ya llegamos, parece mentira...  hemos caminado unas treinta cuadras más o menos, ¿no estás cansado?
Y se paró frente a una casa tipo americana de ventanas y puerta de color verde.
- No, para nada...
- Allí está el Cementerio. ¿ves algún fantasma?- y riéndose le preguntó: - ¿por qué no entrás conmigo así te presento a mi papá? Seguramente va a querer conocer al que me salvó la vida...
Federico giró la cabeza y le dio una larga mirada al Cementerio y a sus tres grandes puertas, a la placita con algunos juegos que está ubicada enfrente, a los habituales puestos de flores, a la florería en la otra esquina y a las marmolerías situadas un poco más lejos, cerca de la calle Rivadavia. Esa calle es el límite, no solamente porque hasta ahí llega el Cementerio sino porque también hasta ahí llega la ciudad. En esa esquina terminan San Miguel y su Cementerio, del otro lado de la calle Rivadavia empieza la ciudad de José C. Paz. Él no había cruzado ese límite, no conocía lo que había más allá.
Una tristeza grande lo embargó. Sabía que no iba a encontrar a Ayelén cuando se diera vuelta. Ayelén llegó a su casa y seguramente se puso a dormir un sueño muy diferente a los habituales, dormiría un año, exactamente un año, y se despertaría en el mismo lugar donde la encontró: a punto de ser atropellada por un auto. Hacía tres años que venía haciendo esta caminata en ese mismo día. Hacía tres años que rescataba a una joven de un accidente que en realidad había ocurrido un año antes. Y también sabía que seguiría salvándola en el futuro, porque se había enamorado de una de esas “leyendas urbanas” que salía el día de su muerte, para completar el recorrido que no pudo hacer cuatro años atrás. Una “leyenda urbana” que no sabía que había muerto, como él no lo supo la primera vez y se enteró por su padre, cuando fue a visitarla a su casa al día siguiente. Recordó su estupor, su dolor, y también su llanto cuando el padre le agradeció el haberla acompañado todo el trayecto hasta allí. Por eso sabía perfectamente lo que iba a pasar, sabía que iba a estar parado frente a su casa durante unos instantes y luego se iría.
Se dio vuelta, se puso a caminar despacio, a desandar lo andado, volvería a esas calles de la ciudad que ella amara y que ahora también eran parte de su vida. Iba a mezclarse con la muchedumbre para no encontrarse por un rato con la angustiosa realidad de su soledad dentro de su pequeño departamento ubicado en una torre del centro de San Miguel.








domingo, 9 de octubre de 2011

Producciones Estudiantiles: Victoria Pirrotta


Apariencias


Cuando paso por los ventanales que dan a la casa de mi vecina siempre espero poder observar qué hay detrás de esas cortinas verdes, luminosas, con esa inexplicable aura que me atrae y mueve mi mirada hacia allí. No sé qué busco, trato de seguir una línea, un camino que recorro casi por inercia, como si mi cuerpo simplemente tendiera a determinado espacio. Freno, espero, sé que puedo optar por cambiar de rumbo, pero no encuentro un fundamento fuerte, un móvil importante para volar o cambiar.

Mi vecina se llama Eugenia, es una mujer adulta, de unos 35 años, sin grandes aspiraciones, al menos eso parece a simple vista. Nunca la veo salir de su casa, ese caserón lúgubre, con moho en las paredes amarillentas, de donde se destacan las cortinas verdes. Cuando paso por su puerta algo me llama a agudizar mis sentidos, me intriga qué puede realizar una mujer sola, al parecer sin trabajo, sin hijos ni marido en un hogar de tales dimensiones. A veces observo su jardín, descuidado, sucio, desprolijo, veo esa continuidad del moho y musgo de las paredes con el suelo, con el pasto, con las plantas resecas y marchitas como las ambiciones de su dueña. En muchas ocasiones fabulo sobre su historia, ya que en los 10 años que vivo junto a su casa jamás la vi salir, a excepción de las veces que saca la basura, todos los días a las 20.15 hs, siempre tiene mucho que desechar, en grandes bolsas negras de residuos.

El martes cumplía años el nietito de mi vecino de enfrente, entonces decidí pasar a saludar. No pude evitar destinar mi mirada a la casa de esa misteriosa mujer, no comprendo cómo a esa edad no se planteó tener una familia, una carrera, un empleo como el mío, a pesar de que no sé nada de ella siento que la conozco en profundidad, cada movimiento, cada instante en que su vacío se manifiesta. Por momentos temo que esa extraña tenga algo oscuro que ocultar, existen muchos misterios alrededor de ella que me intrigan, que me atraen, me deslumbran. Comencé a mirar fijo a su puerta, a tratar de vislumbrar en esa entrada mohosa la clave del aislamiento y la vida extraña que llevaba Eugenia. Creí ver movimientos, creí oír voces, creí participar de esa soledad aparente, de ese brillo que por momentos me repugnaba y por otros me encandilaba.

Un día, luego de largos momentos de preguntarme sobre mi vecina, decidí hacer algo con estos sentimientos mezclados, no sabía con precisión qué, a dónde me dispararían mis fantasías. Con determinación, me dirigí a esa oscura morada que tantas horas ocupó mi mirada. Fui segura, como quien conoce el camino, como por un sendero que ya conocía. Golpeé la puerta varias veces, al ver que nadie salía, comencé de a poco a entrar al domicilio de mi personaje. Luego de atravesar largos pasillos sucios, desordenados, desde donde se despedían olores nauseabundos, me encontré con ella. La miré un momento antes de hablarle, estaba sentada de espaldas a mí, mirando un gran patio trasero, tan intensamente mohoso como el que yo conocía por los exteriores. Decidí hablarle, pero temí que el momento tan esperado de contacto con mi protagonista llegara a un lugar de realidad cotidiana, que desate todos esos nudos que yo había entrelazado. Nos miramos un momento, ella ni se inmutó por mi presencia. No lo dudé ni un segundo, me senté a su lado y comencé a mirar ese bellísimo patio, profundo, resquebrajado, débil, solitario.


FIN

Victoria Analía Pirrotta

viernes, 13 de mayo de 2011

Producciones estudiantiles: Ana María Menghini

       De los temores que impiden los encantamientos del amor

http://www.ucm.es
La mujer restriega sus manos junto al fuego. Está anocheciendo y un frío insidioso penetra en sus huesos. La cocina huele a humo de leña y a sopa de carnero que se reduce en la olla de hierro. Enciende el candil; una luz pacata pinta de anaranjado las paredes. Es hora de cenar. Se sirve un plato de sopa y se sienta a la mesa en su silla de cañas. Con cuidado retira de su falda unas pajitas de trigo que quedaron adheridas a su delantal. Está cansada; ha trabajado de sol a sol en el campo amontonando parvas, también ha tenido que salar los lechones recién carneados. Es una tarea que detesta, pero dicen que es muy buena para eso. Detesta también ver sus manos rudas, curtidas por el sol, y las arrugas que se amontonan alrededor de sus ojos y su boca. La sopa está sabrosa. Mejor sería si pudiera compartirla con alguien más. 


Hoy ha ocurrido algo extraño, un hombre le ha traído una carta. Venía caminando bajo el sol, por un senderito, entre los trigales, y tiraba de las riendas de su burro. Un sombrero de ala ancha sombreaba su cara, por eso no podía verlo bien. Sin embargo, le pareció un buen hombre. Usaba una camisola blanca y una faja negra rodeaba varias veces su abultada barriga. Cuando estuvo cerca de ella, sacó su bota de cuero, bebió algo de vino, se secó la boca con la manga y luego le extendió la carta. Le dijo que la carta se la enviaba otro hombre. Y, además, le dijo que ella estaba siempre presente en la cabeza de ese  hombre. Un hombre que suele decir que sin amores es como un árbol sin hojas y sin fruta y un cuerpo sin alma. Luego se sacó el sombrero, la saludó con una reverencia y se marchó. Ella puso la carta en el bolsillo de su delantal. No se atrevió a abrirla en ese momento. La guardó como quien guarda una golosina para después.

Recelosa, la mujer mete la mano en el bolsillo y la saca rápidamente, con la carta húmeda y arrugada entre sus dedos. La extiende sobre la mesa y, a los trompicones, intenta leerla. No está segura si está entendiendo lo que la carta dice. La letra está muy trabajada y parece de una persona muy letrada. Llega hasta la mitad y reinicia la lectura. Varias veces. Cuando la termina cierra los ojos, se pasa la mano por la frente, se suena ostentosamente la nariz y, lentamente, se pone de pie. El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se debe quejar si se le pasa –piensa. Su camastro la está esperando. Mañana deberá levantarse con el sol para volver al campo. Se acuesta pensando en sus sueños, y se duerme.

 El sol, que dibuja círculos de luz sobre el retrato del caballero que tiene colgado sobre su cama, la despierta. Desayuna un poco de morcilla y pan, y se pone en marcha. Mientras camina, repasa lo que creyó haber leído la noche anterior: amor platónico, doce años que la quiere, manos de marfil, princesa, día de mi noche. Y un reproche: ¡Cómo me agravia tu indiferencia! Por favor, recuerda que este corazón está penando por tu amor. ¡Qué triste es recordar! -piensa la mujer. Los recuerdos se suceden sin darle tregua, lo mismo que su culpa. Culpa por haber dudado, por haber temido, por no creer. Por haber rechazado el encantamiento del amor. Pero, ¿cómo confiar en el amor de aquel para quien ella solo es una idea en su mente?

Ana María Menghini


Producciones estudiantiles: Ana María Menghini

En el corazón del Paco

De pronto siente que los sonidos galopan en su estómago. Sonidos magníficos, puros, esenciales. Sonidos que se elevan hasta su pecho, y se desbocan, salvajes, por brazos y piernas. Sonidos que ascienden vertiginosos y estallan en su cerebro. Entonces, simplemente, dispara…

Es cerca del mediodía. El sol de abril se parece más al del verano que al del otoño. La camioneta de Francisco se zangolotea  bajo el peso de los bidones de agua potable y las gaseosas que el sodero va a dejar en el barrio cerrado que tiene a su derecha, además tiene que ver al tipo que lo llamó anoche y que vive en un caserón impresionante. Pero antes tiene que entrar en la villa para dejar la mercadería. Además quiere  pasar por la parroquia para ver cómo están las cosas con el padre José. ¡Qué personaje ese cura!- piensa Francisco - ¡El chabón está convencido de que con la ayuda de Dios podrá hacer algo por estos pendejos con cara de zombies!
Francisco se siente contento, el negocio marcha bien y si sigue así pronto podrá comprar una camioneta nueva, poner otro repartidor en su lugar y él dedicarse a algo más relajado. Pero antes tiene que entrar en la villa. Siempre se pone nervioso cuando llega  cerca de la entrada, en el cruce de Cruz y Oro. Esconde el celular por si las moscas y luego saluda a los pibes que están merodeando en la esquina. A él lo conocen, así que no hay drama, pero si fuera otro, seguro que tendría que pagar peaje.
-¡Chau, tío! –le grita un flaco que agita una latita de birra vacía.

A Guille le gusta el padre. Es un tipo joven, fachero. Su pelo rubio y largo y su barba de rockero enmarcan una cara de facciones suaves, pero que imponen autoridad. Debe ser por sus ojos, amplios y francos, que miran de frente y que no disimulan lo que  el cura siente cuando está con alguno de ellos. A Guille, su cara le recuerda una imagen de Jesús que tiene pinchada en la pared de su pieza junto a otra del Che. Y no solo le gusta, sino que también lo quiere, casi tanto como a su hermanito, Brian, que ahora está en el Posadas porque un degenerado lo abusó cuando cruzaba el campito, a la salida de la escuela.
A Guille le hubiera gustado ser músico. Pero no se pudo porque se necesita plata para un instrumento y para las clases de bajo. Se acuerda de aquella vez en que el cura lo invitó a su casa y le hizo escuchar música de antes, del flaco Spinetta, de los Beatles  y de un tal Bach que  lo puso del tomate. También recuerda que ese mismo día lo fue a ver porque estaba loco por lo que le pasó a Brian, y el cura le habló como si fuera un amigo, le dijo: “Mirá, cuando te sientas muy mal tratá de pensar en algo lindo, en algo que te guste. Hay bellas palabras que ayudan a vivir. Buscalas adentro, en tu corazón, y después escribilas para no olvidarlas. Un día, agarró un pedazo de tiza que se había robado del colegio y escribió en la pared de su pieza: “Hay tipos que para sobrevivir necesitan bellas palabras. A mí, denme sonidos”.
A Guille también le hubiera gustado ser albañil como su padrastro, ese paraguayo laburador y jodón que le dijo que le iba a enseñar el oficio. Pero no se pudo porque un día se cayó del andamio y se quebró la cadera. Ahora es su vieja la que sale a trabajar como niñera. Consiguió un laburo en una casa del barrio cerrado, dicen que es un caserón impresionante.

El padre José María está preocupado. Hace unos días le hicieron entrevistas que salieron en varios noticieros de televisión y fueron publicadas en los diarios. En ellas relata la comprometida situación por la que atraviesan los curas villeros que intentan hacer algo por los jóvenes que, sin trabajo y sin escuela, pasan sus días a merced de los traficantes de droga y armas. Denuncia que fueron amenazados de muerte por sujetos que suelen frecuentar los barrios, ocupados en ese comercio infame. Pero la mayoría de los que se enriquecen con el narcotráfico no viven en las villas- se empecina el cura.
El padre también está preocupado por Guille. Últimamente lo nota deprimido, turbado. Intentó hablar con él, pero no consiguió que le dijera algo. Es un buen pibe este Guille, es uno de los pocos que están trabajando seriamente para vencer la adicción. Pero ahora…Su mayor ilusión es ser músico, tal vez pueda conseguirle una beca para que aprenda a tocar el bajo. Mientras, sale a dar una vuelta en la bici para ver si lo encuentra.

Francisco está terminando el reparto. Pronto saldrá de la villa. No sería mala idea llamar a su mujer para que se prepare, porque a la noche van a ir a comer un asado a la casa del tipo que vive en el barrio cerrado. Pero antes tiene que ver a la Rosita, necesita hablar con ella. Hay cosas que sólo a ella puede confiar. Además, veremos qué  contesta a su proposición. Más le vale aceptar.

A Guille le gustó escuchar al cura cuando dijo que el noventa por ciento de la gente que vive en la villa es noble y trabajadora. Pero ahora está mal. Su vieja le contó una conversación que escuchó en la casa donde trabaja. Escuchó que llamaban por teléfono y decían: ¡Rajá de la villa o sos boleta!  Le recomendó que se cuidara porque anda por el barrio un tal Pancho o Paco, no sabe bien, que está amenazando al padre José y a los pibes que están con él. Pero peor es la conversación que él escuchó. No lo podía creer: ¿Su vieja y el tal Paco..?

El padre José está encrespado, le dijeron que vieron a Guille con una pipa, dando vueltas por ahí. Sabe que los pibes pierden noción de sus actos cuando están afectados por ese veneno. Se vuelven agresivos, salvajes, capaces de cualquier locura…Dios quiera que pueda encontrarlo pronto.

Ahora, Guille se siente como el Capitán Beto, ese que va por el espacio con una nave hecha en Haedo. Su miedo y su soledad están desapareciendo. Lleva la pipa a su boca. Y bueno, lo necesita para hacer lo que tiene que hacer. No puede permitir que al cura le pase algo. Bastante con lo de Pablo, su amigo del alma. Le pegaron cuatro tiros porque le estaba dando una mano al cura. ¡Y ese tipo que él conoce tan bien, queriendo convencer a su vieja para que entre en el negocio! ¡Y la amenazaba con hacerle algo a su familia!

Un par de días después, el padre José lee en el diario:

GOLPE AL NARCOTRÁFICO

La policía allanó ayer al mediodía una mansión del barrio cerrado “Las acacias”. Como resultado del procedimiento se encontró una gran cantidad de pasta base con la que se elabora el paco, la droga que causa estragos entre los jóvenes de escasos recursos ya que se consigue por muy poco dinero. El dueño de la casa es un conocido de la policía. Los investigadores estaban tras de sus pasos desde hacía tiempo. Se sabe que una  mujer que trabajaba en la casa del presunto traficante fue la denunciante. Se están investigando conexiones posibles entre este caso y un hecho de sangre ocurrido ayer en la villa lindera al barrio y del que damos cuenta en un recuadro aparte. (Ver…).


Ana María Menghini